martes, 29 de diciembre de 2015

Segunda o tercera oportunidad – Sergio Gaut vel Hartman & María Ester Correa Dutari



—Los rumores acerca de mi muerte son una simple exageración —dijo Samuel Mittel extrayendo uno de sus famosos cigarros ficticios del bolsillo del chaleco y encendiéndolo con la punta de la lengua—. Como casi todas las cosas que los mediocres dicen sobre mí, esta contiene solo un treinta por ciento de verdad.
—¿Eso significa que un treinta por ciento de usted está muerto? —Cuggar se acomodó en la silla; no terminaba de aceptar que estaba hablando con un reciclado. Pero si es así, pensó, a este tipo no le queda ni segunda ni tercera oportunidad. Se rehizo y agregó—: ¿Qué busca en esta funeraria?
—¡Usted lo sabe, es mi última oportunidad! —Samuel comenzó a desaparecer.
—¡No puede pasar, los envases están reasignados! —gritó Cuggar interponiéndose entre el reciclado y los féretros—. Ya no le queda ninguna otra oportunidad. ¡Salga de aquí!
—¿Cómo que no? Me queda una.
—La que le queda lo convertiría en un mutante y no tenemos más cadáveres.
Han pasado otros dos minutos. Ahora Samuel solo es contorno, se está quedando vacío. Pero le queda algo que no es ficticio. Rápidamente saca un estilete y lo clava justo en la yugular de Cuggar.
Un rato después, los empleados de la funeraria acompañan el féretro. Del cajón sale un espectro.


Acerca de los autores:
María Ester Correa DutariSergio Gaut vel Hartmank

El motivo - Ada Inés Lerner & Carlos Enrique Saldivar


Aparté la mirada del vaso de cerveza y me encontré con una mujer que tenía la cabeza cubierta con un pañuelo pequeño. La había visto en cuanto entró ella en la taberna. Llevaba un pequeño bolso y en la mano dos o tres pares de medias que ofrecía en cada mesa. No era insólito encontrar una mujer en un boliche de barrio, puesto que entraban cuando les venía en gana sin el peligro de los bares «bien» donde las sacaban a empujones. Decidí comprarle un par de medias, más por altruismo que por necesidad. Pero cuando se las pedí, ella no quiso venderme nada. La llamé varias veces y me ignoró. Se fue del restaurante y la seguí. Le gritaba que se voltease, que no me ignorara. Entonces lo hizo, me observó de frente, su mirada era de rabia, se quitó el pañuelo y vi las aberturas en su cabeza. Era ella. No la había reconocido sin maquillaje. Di media vuelta y corrí a perderme. Recordé aquella noche en el antro, cuando mis amigas y yo golpeamos a aquella bailarina varias veces en el cráneo con botellas. Pienso en regresar, alcanzarla nuevamente, decirle que lo siento, que los seis meses en prisión me hicieron reflexionar acerca de mil cosas. Pero ya se ha ido. Espero encontrarla de nuevo. Espero no verla otra vez. No sé qué quiero. De lo único que tengo certeza es que la ciudad se ha convertido en una trampa. Que cada uno de mis pecados podrían saltar desde tal o cual esquina y recordarme lo perversa que he sido. Atolondrada, me dirijo a casa, a llorar mi fantasmal soledad, producto de una antigua vida de violencia y desenfreno.

Acerca de los autores:

Deseo navideño - Doris Camarena & Ricardo Bernal


Esa navidad, nueve de cada diez niños pidieron su Payasito Parlante Primor, una maravilla de juguete. Cuando era sacudido, el Payasito Parlante Primor decía una palabra nueva en cualquier idioma; según las campañas comerciales, los niños aprenderían otros idiomas, la humanidad entera se hermanaría ya sin barreras de lenguaje. Pero cada vez que el Payasito Parlante Primor decía una palabra, el mundo entero la olvidaba para siempre. Cuando llegó el año nuevo los idiomas habían desaparecido. Fue así como el Payaso Parlante Pavor pudo fundar su reino en un planeta mudo que no profería una sola queja.

Acerca de los autores:

viernes, 25 de diciembre de 2015

Cofradía - Edilberto Aldán & Ricardo Bernal


El azar y una noche lluviosa los reunió. Descubrieron que soñaban lo mismo, también que esos sueños eran resultado de los libros que estaban leyendo.
Establecieron sitio y fecha para los encuentros siguientes. El grupo y su poder crecieron. En un principio seleccionaron los libros que hacían surgir los sueños compartidos. Lentamente aprendieron a domar los sueños, a convertirlos en augurio: lentamente su poder fue creciendo.
Hoy saben que para estar en todos los hombres sólo falta el libro que los transforme en sueños. Hoy saben que el lector de ese libro ha de morir. Este párrafo es el final de la historia.

Acerca de los autores:

Caminata nocturna – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar



El sonámbulo caminaba entre los zombis. Los muertos vivientes no podían notar la diferencia. Sin embargo, ¿qué pasaría cuando despertara? ¿Acaso sobreviviría a esa necesidad de sus compañeros de ruta de devorar todo a su paso? Ahora no podía pensar en las consecuencias de no haberse amarrado a la cama, pero si se despertara quizás no tendría tiempo para pensar al respecto. Estuvo así mucho tiempo, andando entre los muertos; entró en la carretera y fue detectado por un grupo de sobrevivientes. Cuando el sonámbulo se hubo alejado lo suficiente de los zombis, un hombre se le acercó para conducirlo a un búnker salvador; al tomar al dormido del brazo, este lo mordió con salvajismo y lo hirió. En su sueño, el durmiente creía ser un muerto andante. Los vivos, enojados, le dispararon en venganza, a sabiendas de que estaba sano. El sonámbulo despertó, dolorido. Se halló en un suelo frío y durísimo, solo veía la luna brillando en el cielo. Se dijo que ya antes había transitado dormido, que había sido un gran error de su parte no atarse a su camastro, que hay monstruos por todos lados, muertos y vivientes, estos últimos eran los más peligrosos. Sentía un dolor enorme en el costado izquierdo del cráneo, perdía el sentido, deseaba fallecer pronto, pero la muerte tardaba. Rogó por un fenecimiento rápido. Los zombis lo rodearon y acabaron violentamente con él, le hicieron penetrar en un sueño nuevo, una fantasía surrealista donde se ponía de pie otra vez, donde deseaba con todas sus fuerzas comer sesos, donde buscaba a través del bosque a las personas que le habían lastimado; esa ensoñación lo hacía feliz, lo hacía flotar, lo impulsaba a deslizarse en un mundo de placentera perversión…
Un nuevo impacto lo sumió en un sueño aún más oscuro.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Alejandro Bentivoglio

El domador domado - Diego Alejandro Majluff & Ada Inés Lerner


Un domador se jactaba de ser el único y verdadero artífice del arte de introducirse en las fauces de las fieras. Y no se limitaba únicamente a introducir la cabeza en la boca de los leones. En una época en que escaseaba la visita de espectadores al circo, la única fuente de ingreso de los trabajadores circenses, el domador decidió transgredir las normas del buen gusto. Fue entonces que frente a la pobre platea, tomó con sus dedos pulgar y anular la trompa de un elefante, tan delicadamente como si se tratase de labios femeninos, e hizo el repugnante pero pasional gesto del enamorado que desbordado de pasión, acaso de incontenible voluntad, se funde en la húmeda boca del ser amado. Un murmullo inasible se levantó desde el público, se mezclaban manifestaciones de aversión (la sociedad protectora de animales, las señoras de espíritu conservador, la mona Eugenia), admiración por la proeza (los adolescentes, las mujeres liberales, el malabarista) y de sorpresa (los padres de familia, los enanos, el presentador). El domador notó que la bestia se había erizado, que los pequeños dientecillos que tiene en la trompa para triturar las hojas le provocaban pequeñas heridas en su boca y que luego acariciaba esas lesiones tal como lo haría un humano. No le pasó desapercibida la erección del enorme pene del animal (y a esta altura del relato la sorpresa es también del lector), ni los suaves porrazos que le propinaba buscando su sexo. Esta actitud, normal de la bestia, no había sido prevista por el domador que retrocedía con pequeños pasos como si lo hubiera previsto antes, aunque hubiera preferido no hacerlo. Advirtió que al público no le pasaba inadvertido lo que ocurría aunque la opinión general era que había sido previamente calculado. El domador todavía estaba esperanzado en que el elefante cesara en su empeño y que todo quedara en su propia proeza. El dueño del circo y algunos empleados (un enano luego lo confirmaría) notaron que la situación escapaba al control del domador y se apresuraron a traer a la elefanta más joven para distraer al gran macho, pero éste la registró con un leve movimiento y continuó su erótica lucha con el domador. La boca de éste último ya estaba muy lastimada y sangraba, lo que excitaba más al animal. El domador, al no resistir el dolor, se desmayó y cayó. El público de pie gritaba enardecido, algunos excitados por la escena (el malabarista, la mona Eugenia y una prima del presentador) y otros por compasión (las señoras de espíritu conservador que lucían sus enaguas al público, el público al ver la intimidad de las señoras de espíritu conservador). Los ayudantes del circo, por orden del dueño, castigaron con látigos al paquidermo para que desistiera. Este los ahuyentaba con las patas traseras y la trompa, con los ojos brillantes destellando tonos rojizos mientras que, con todo cuidado, evitaba lastimar con sus patas al domador, aunque seguía empujándolo con su miembro, ahora sí, determinado a consumar el apareamiento a que había sido llevado.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Diego Alejandro Majluff

lunes, 21 de diciembre de 2015

Las víctimas de una gargantuesca fluctuación – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—El universo es como es —dijo Asdrúbal Porcamiseria mirando a Cocoliso Visionette de hito en hito— no como queremos que sea. Si fuera diferente pasarían cosas incomprensibles para nosotros, ¿entendés?
Kocolizo movió la cabeza de arriba abajo y sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Qué no hubiera dado él por un suelo firme, objetos inmutables y nombres permanentes! No lo veo, pero está, supongo —pensó— aunque no se pueden ver cosas que sí existen, es mejor que veamos lo que existe para saber si es, o algo parecido.
Drubalas Miseporcaría se compadeció de su alumno, que un minuto antes había sido su hermano y tres minutos antes su enemigo acérrimo y le tocó la gliba con el gutote. ¡No!, la jumila con el vereno. Tampoco. La mugela con el huyote.
—Compasión —reclamó Bicionette.
—¿Qué es eso? —Balasmise Cariadrupor sacó un arma de su gabardina y despachó al infame. —Esto es por las dudas, aunque por efecto sinergético es un absoluto en el que el todo nunca es igual a la suma de las partes porque es una gargantuesca fluctuación
Minutos después, entropía, inercia y electromagnetismo se pusieron a tomar café, o algo parecido, con el afecto intacto, o algo parecido.

Acerca de los autores: 

Indistinto – Sergio Gaut vel Hartman & Fernando Andrés Puga


Máximo Cabello es la clase de persona que aprecia la naturaleza por lo que ésta es y no prefiere los días soleados a los lluviosos o los calmos a los ventosos. Esta frugalidad en sus inclinaciones se extiende, además, a todos los otros órdenes de la vida. En materia de mujeres, por ejemplo, a Máximo le dan igual las altas o las bajas, jóvenes o maduras, flacas u obesas, rubias, morenas, pelirrojas o canosas.
Así lo definíamos en el barrio cuando un extraño preguntaba, hasta que conoció a Lolita.
Desde entonces, Máximo se dio vuelta como una tortilla. Ya nada ni nadie le viene bien. No hemos podido saber la causa de semejante cambio. Algunos sospechan que se enamoró y el amor lo asustó. Otros, que ella le puso los puntos sobre las íes. ¡Vaya uno a saber! Una cosa no quita la otra ¿no?

Acerca de los autores.

Ominoso – Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Era una estructura horrenda, tenebrosa. Había sido construida en una ligera depresión del terreno, por lo que los arquitectos debieron resolver el problema agregando amplias escalinatas que conectaban el interior con la superficie. Estaba coronada por una cúpula prominente y todas las personas que entraban y salían de allí lucían el mismo tipo de vestimenta, unos ropones que los hacían parecer los sacerdotes de un culto olvidado. Un profundo escalofrío me recorrió la espina dorsal: mi esposa y mi suegra estaban dentro del grupo de seudo-sacerdotisas, haciendo unos ademanes que ya había visto antes en casa, sin lograr encontrarles explicación. Ahora todo parecía aclararse: el extraño sabor de las comidas y bebidas en los últimos meses, el sueño insaciable que me dominaba y, sobre todo, la aparición de esas molestas escamas en distintas partes de mi cuerpo y el rabo incipiente que empezaba a crecer desde mi última vértebra…

Acerca de los autores:
Javier López
Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 17 de diciembre de 2015

Whisky barato – Sergio Gaut vel Hartman & María Ester Correa


Como buen fascista, dogmático y ponzoñoso, Martín no podía hablar de las mujeres sin denigrarlas. Esta vez no fue la excepción. Desagradable hasta las náuseas, no se cansó de repetir que las hembras (siempre llamaba “hembras” a las mujeres) están destinadas a la cópula, eventualmente a la reproducción y nunca a tareas intelectuales.
—Si les das un papel hacen una papirola —dijo saboreando el whisky barato de Roque había disimulado en unos botellones de cristal mezclado con psilocibio, un hongo alucinógeno comprado esa tarde en la farmacia. El empleado le había dicho que era lo mejor si se quería dar un viaje, aunque le advirtió sobre las consecuencias funestas que podía tener el abuso. Si te pasás no contás el cuento, había agregado.
—¡Martín —dijo Roque, socarrón—, esta noche tenemos fiesta, todo lo que tomes es gratis! —Y luego, dirigiéndose a las chicas, estableció las reglas de la juerga—. Entren, cierren las puertas, corran las cortinas, el bar es de nuestros invitados. —Pensó que tendría aseguradas seis o siete horas de diversión, lo que duraba el efecto del alucinógeno, por lo que se frotó las manos, entusiasmado.
Sabía qué resultados podía esperar. Martín, bebiendo, era una esponja; no dominaba su mente, ni su cuerpo. Las prostitutas lo rodearon, sobándolo, y lo desnudaron sin miramientos.
—¡Te vamos a castrar! —dijo una.
—¡No, no, mejor violémoslo! —dijo otra. Todas reían a carcajadas. Empezaron a torturarlo con vibradores, navajas, encendedores y diversos juguetes eróticos. Martín bramaba de miedo, balbuceaba pidiendo ayuda; fueron horas de idas y vueltas en las que terminó arrastrándose por el piso como una babosa.
—¡Roque, por favor, ayudame, esto es un infierno! ¿Qué le pusiste al whisky?
—Le puse psilocibio, un hongo alucinógeno tremendo. ¿Qué te parece? Pega fuerte, ¿no?
—¡Dejame salir! Es como estar preso en la Isla del Diablo. Es como penar en los calabozos de la Inquisición, atendido por los dominicos. ¡Esto es Auswichtz! —Martín corría de una habitación a otra, perseguido por las mujeres que trataban de sodomizarlo con un jarrón de la dinastía Ming, obviamente mucho más caro que el whisky con psilocibio.
—Es cierto —dijo Roque, sonriendo, cínico—; y solo se puede salir de una forma. —Lo detuvo con una mano mientras abría la puerta de su estudio y contenía con un gesto a las prostitutas—. Todavía te quedan algunas horas de locura —agregó—, salvo que tomes un atajo. —Cerró la puerta con llave, dejando a las decepcionadas cazadoras del lado de afuera y puso una Beretta 92 en la mano de Martín—. Podés decir que la culpa la tienen ellas, que hicieron de tu vida un infierno.
—¡Sí, sí! ¡Hijas de puta!
Las chicas escucharon el disparo, pero se perdieron la sonrisa de satisfacción del suicida.

Acerca de los autores:
María Ester Correa Dutari
Sergio Gaut vel Hartman

Puzzle - Javier López & Héctor Ranea


La última pieza del puzzle no encajaba, porque no era la última. Pensó que, con esa incertidumbre a cuestas, era mejor dejar el rompecabezas abandonado. Pero cuando lo hacía, al día siguiente la pieza se había movido al lugar del que había desaparecido en el anterior intento por encajarla. Descartado el siroco como medio de locomoción, sólo quedaba pensar que la pieza desaparecía sin más, como la Luna cuando no la miramos, pasando a formar parte de otro rompecabezas en vaya uno a saber qué otro Universo. Después retornaba. Eternamente retornaba.

Acerca de los autores:

La Chandôn de la Berlinalereui – Raquel Sequeiro & Carlos Enrique Saldivar


En un instante su vista se volvió tan aguda como la de un buitre. Escarbando en la basura encontró un par de sandalias y un llavero nuevecito. Dejó el llavero, se puso las sandalias de tacón alto, caminó tres manzanas, se detuvo frente a una boutique conocida, «La Chandôn de la Berlinalereui». Ya otras veces había sentido la extraña comezón de estar sola. Un chucho pasó a escasos centímetros de sus sandalias caras y brillantes. Se decidió a entrar, aunque fuese únicamente para ver los vestidos, abrigos y sombreros de ensueño. La puerta estaba cerrada, giró la manija, mas no pudo ingresar al establecimiento; sintió que quienes la observaban a través del vidrio se reían de ella. Entonces recordó las llaves. Fue por estas, pero cuando regresó a la boutique no había nada, solo un perro que le orinaba encima. Ella no logró quejarse, pues los maniquís son inamovibles.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Carlos Enrique Saldivar

domingo, 13 de diciembre de 2015

Ruta de escape - Sergio Gaut vel Hartman & Lucila Adela Guzmán


Decidí moverme sin pensar, automáticamente, porque he llegado a la conclusión de que mis enemigos pueden detectar mis emociones y, tal vez, mis pensamientos. Por lo pronto, y para despistarlos, realizo este movimiento inmóvil que puede leerse como si fuera un pequeño cuento, una microficción. Se trata de una maniobra de distracción, por supuesto, y sé que no servirá de mucho, pero tal vez durante el tiempo que demoren en descifrar esto yo encuentre una salida.
¡Dios mío! ¡Qué descuido! No debí haber puesto un punto y aparte ¡No! Son ellos… los abducidores de pretextos y ahora me quedaré sin excusas… Sí, los que se quejan de mi frialdad, los que se quejan de mis ausencias lo sabrán, yo escribo para que nadie sepa en donde estoy. Me han descubierto agazapado en esta, mi última ficción.

Acerca de los autores:
Lucila Adela Guzmán
Sergio Gaut vel Hartman

Joven con tapado rojo – Héctor Ranea & Javier López


Atesoro en mi ordenador una colección de arte que es maravillosa. Y justifico. Ya había notado una tendencia exagerada al parpadeo del monitor. A pesar de tanto cuidado en cuestiones técnicas, eso me dejaba una imagen remanente que se parecía al joven con capa roja de Pontormo, que sólo porque el ceño parecía el del Papa Inocencio no reconocí de antemano.
Esa mirada me taladraba; revisé todo lo que pude, pero antes de terminar la máquina empezó a ratear y el disco a despedir olores sulfurosos de mal presagio.
La última vez que pude reiniciar el ordenador, la mirada del joven mutó a la del Papa y no pude evitar que saliera un clamor parecido a la carcajada de un loco y en el monitor, al compás de una pieza de Satie en forma de pera, se dibujara con sorna el: “Ceci n’est pas une pipe” de Magritte.

Acerca de los autores: 



Diálogos - Doris Camarena & Ricardo Bernal


Deberías conocer bien a todos aquellos con quienes dialogas. Primero fueron los telégrafos, luego los teléfonos y ahora la Internet. Nunca sabes quién está ante la otra pantalla. Así que recibes un correo, o algún conocido te invita a chatear; no sabes de él hace tiempo y el placer del reencuentro te entusiasma. Le notas extraño pero con el tiempo la gente cambia. Durante meses conversas, juegas, haces confidencias, recuperas la cercanía hasta que alguien, inadvertidamente, pregunta si supiste de lo ocurrido al pobre de X, y te cuenta que su muerte, hace ya algunos años, fue algo muy trágico.
Ahora imagina que es un desconocido, durante meses conversan, juegan, hacen confidencias… y nunca te enterarás.

Acerca de los autores:

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Amanecer rumboso – Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Domínguez


Me desperté sobresaltado un minuto antes del amanecer y levanté los ojos hacia el intruso que me apuntaba con una Glock. Después de todas esas semanas de amenazas indefinidas, el tipo por fin había aparecido y casi me alegré de concretar el encuentro. Era demasiado grande para luchar cuerpo a cuerpo, especialmente porque el arma compensaba mi inteligencia. Y lo peor era que la reciente pesadilla todavía me pesaba en la mente por lo que traté de imaginarme al tipo desnudo, boca abajo y con un hierro puntiagudo clavado en la espalda. Cerré con fuerza los ojos. Cuando los abrí todo estaba borroso. Al percibir con claridad, la imagen fue reconfortante. Estaba sobre mi cama, como lo había imaginado, el tipo desnudo, boca abajo y con un hierro puntiagudo clavado en la espalda. Volví a cerrar fuertemente los ojos e imaginé que despertaba sobresaltado un minuto antes del amanecer.

Acerca de los autores:
Alejandro Domínguez

Cas, ca, ri, tas — Cristian Cano & Ana Caliyuri


Miro la gragea. Me enfoco en esa cascarita y pienso en azúcar inexplorada. La concentración dulce casi veneno. Pero, no pasa nada de nada. La idea crece y agoniza en mi imaginación. Temo por la gragea, porque tengo miedo a que una correntada de aire se la lleve. Si se mueve las ideas se me destrozan. Derrumbo como un gigante vacío. El universo de la gominola y todo lo otro que no es la cascarita azucarada me tienen sin cuidado. Hay un ínfimo universo encapsulado allí. No es mi anhelo: juro que no. Es el insospechado sabor lo que evapora mi mundo de rutina y me aproxima a otro con deleite. Un breve universo gira en mis pensamientos hasta que yo soy esa cascarita; y no sólo eso: mis amigos, mi barrio y mi historia tienen cara de cascaritas. El mundo es dulce o amargo por una gragea fortuita.

Acerca de los autores:
Cristian Cano
Ana Caliyuri

¡Sorpresa! – Fernando Andrés Puga & Carlos Enrique Saldivar


Volví tarde. Hice tiempo en el bar de la esquina hasta estar seguro. No quería correr ningún riesgo. Antes de entrar me saqué los zapatos y en puntillas subí la escalera. Conteniendo la respiración, atravesé el cuarto después de asomarme para corroborar que dormías y, cuando llegué al vestidor, abrí la caja fuerte oculta detrás del botinero. Cogí el paquete. Listo, pensé. Ahora a esperar. Me senté a un extremo de la habitación. Deduje que te despertarías de madrugada para beber agua y así lo hiciste.
Te daría la sorpresa en la cocina. Me dirigí hacia allí, deshaciendo el envoltorio.
Nunca olvidaré la expresión de tu rostro al verme. ¡Creí que estabas muerto!, dijiste.
Entonces me puse la Máscara del Vampiro.
Te chupé toda la sangre.
Me traicionaste, nena, y lo pagaste.
Me quité el arma homicida y esta se deshizo en mis manos.
Este crimen nunca se resolvería.

Acerca de los autores:
Fernando Andrés Puga
Carlos Enrique Saldívar

domingo, 6 de diciembre de 2015

Incinerante – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—El efecto giroscópico de los chuteos de bola —dijo el profesor Crima— incide sobre los resfríos de las adolescentes vírgenes de un modo directamente proporcional a la vectorización de eme acelerada a la trigésima potencia. El efecto colateral de este fenómeno es que los orgasmos resultantes superan la velocidad de la luz por un kilo y tres pancitos.
—Ay, profesor —interpoló Graciela Bitmithe—, usted sabe tanto… ¿Puedo abrasarlo?
—¡Por supuesto, m’hijita.
Dicho y hecho: la alumna abrasó al profesor y lo redujo a cenizas, que luego usó para pagar su inscripción en una iglesia dedicada a ritos tántrico-sincréticos.

Acerca de los autores:

Espectadora - Raquel Sequeiro & Carlos Enrique Saldívar


Las antenas sobresalían por los límites del muro. Le encantaba espiar a su vecino, cómo sacaba la basura por la noche, cuando se iba al cine con su novia Rebecca o cuando se tiró del ático con ánimo de suicidarse.
Todos en la ciudad sabían que era un contable venido a menos que había perdido la juventud jugueteando con la música de las esferas, transformadas estas en significativos y gigantescos números grotescos. Hacía tiempo que había renunciado a su carrera para dedicarse a la Literatura; escribió algunos cuentos y los envió a revistas. Ninguno fue aceptado. Esto lo deprimió.
Por eso yace ahora, ensangrentado, sobre su jardín.
Ella lo observa atentamente, cada mueca de dolor, cada rastro de sangre. Sabe que en cuanto él muera, se acabará el espectáculo.
La hormiga se retira, sin conocer el destino del personaje. La debilidad humana, piensa, es ya una película muy repetida.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Carlos Saldívar

martes, 1 de diciembre de 2015

El depravado perezoso – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


La culpa me agobia todos los días. Sea por actos que cometí o por los que pienso cometer. Por lo general permanezco encerrado en mi departamento sin hacer nada, pero no creo que eso me exima de los terribles e insospechados castigos que puedan caer sobre mi persona. Temo que mis pensamientos más viles salgan a la luz y se comprenda el horror de todo lo que aún no he hecho y probablemente no haga nunca. Hoy, ejemplo, calculé que tardaría unos cuatro meses en matar a siete mujeres, si voy acortando a la mitad el tiempo entre cada asesinato. ¿Por qué no paso a la acción? Seguramente porque además de la pereza, me produce un profundo disgusto ser tan previsible. Es horroroso. Por este camino terminaré siendo el peor monstruo potencial de la historia de la humanidad.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

No llama – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Angélica no llama. No sé por qué habría de hacerlo. Solo nos hemos visto una vez. Sin embargo, espero esa llamada como si fuera lo único importante del mundo. Hace días que no como, ni duermo. Permanezco en el sofá, mirando el silencioso teléfono. Cada tanto, compruebo que haya tono, que la línea no esté cortada. No entiendo por qué Angélica no llama. ¡Suena ahora!, grito, pero el aparato no hace el más mínimo ruido. Desesperado, cojo un cuchillo de la cocina, hinco mi cuerpo con este, coloco el arma en mi cuello, siento el agudo dolorcillo, la punta casi penetrando en mi garganta…
Suena el teléfono.
¿Será ella? Me faltan piernas para correr a contestar.
—¿Marcos?
¡Es Angélica!
—Sí, soy yo…
—¡Quiero decirte que eres un idiota asqueroso y patético, no me verás nunca más!
Clic.
¡Me ha llamado! ¡Qué alegría! Sabía que iba a quedar impresionada conmigo.

Acerca de los autores:

Ecos de la luna - Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio


              La luna grita
heridas que duelen
con el color de una serpiente
y vos
en el centr
de una geometría distinta.
Ivana Szac


La luna grita heridas que duelen con el color de una serpiente y vos en el centro de una geometría distinta, trazando círculos que culminan y figuras que nos dibujan como forasteros de estos labios que se inclinan sobre las dunas de una noche, de estos dientes que muerden la carne que se abre, floreciendo al deseo de rectas que conectan los planos por los que caemos, víctimas de este delicioso veneno. En este juego de afilados colmillos que nos hacen manada en la distancia de los páramos donde permanecemos juntos creando los nuevos astros.

Acerca de los autores:
Ivana Szac 
Alejandro Bentivoglio

viernes, 27 de noviembre de 2015

Heroína espacial - Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Las imágenes flotaron sobre Margarita y trazaron arcos de luz intensa, algunas de ellas de colores muy vivos, otras como trazos descoloridos que evocaban paisajes en sepia, bajorrelieves de marfil y terracota. Pero finalmente puso los pies en Marte y supo que ya no desearía regresar a su planeta de origen. O por lo menos sostuvo eso con fuerte convicción hasta que un grupo de seres raídos y macilentos emergieron de unas cuevas y la rodearon. No eran criaturas agraciadas, aunque no lucían amenazantes; denotaban una inocente curiosidad. La condujeron a una ciudad rojiza hecha de piedra y la introdujeron en un cuarto amplio. Margarita se mantuvo cuidadosa, se dijo que debía esperar lo peor y aguardó preocupada. Los marcianos la llevaron con su líder, este decidió que era importante conocerla a ella y su cultura. Todo salía de acuerdo al plan. La mujer grababa todo lo que acontecía a escondidas narrando sus experiencias, tras lo cual transmitía esos informes a la Tierra. La meta era que enviaran pronto un equipo de exploración para estudiar con mayor detalle a la civilización marciana y confraternizar. Sin embargo, los años pasaban. Margarita se dijo que había sido un error viajar sola; a veces tenía relaciones sexuales con el rey marciano y quedaba satisfecha físicamente, pero sentía un gran vacío en su interior: la soledad. Sus acompañantes, a pesar de ser muy solícitos, eran de otra especie, nunca se entenderían. Jamás procrearía, aunque no le interesaba la maternidad; deseaba una persona a su lado. «Tal vez la crisis terrestre impidió nuevos viajes al planeta rojo», pensó. «Moriré sola en este mundo».
En su planeta de origen la consideraban una heroína espacial, por la invaluable información enciclopédica que había brindado, empero, debido a las guerras entre países ningún otro ser humano volvería a surcar el cosmos.

Acerca de los autores: 
Sergio Gaut vel Hartman 
Carlos Enrique Saldivar

Cosas que salieron de la nada – Carlos Enrique Saldivar & Luciano Doti


Veo cosas rodeándome. Son de todo tipo: organismos vivos, figuras informes, objetos contundentes. Se interponen en mi camino a casa, construyen murallas a mis lados, sus formas comienzan a jalarme hacia atrás, a empujarme desde adelante, a aplastarme desde arriba. Intento avanzar, aunque nada más lo consigo a duras penas. Es extraño, no he tomado licor en esa fiesta, ni me he drogado. ¿Qué rayos pasa aquí? Las cosas se tornan más agresivas.
Entonces despierto. Junto a mí está la especialista en vidas pasadas. Me da su interpretación de lo que acabo de narrar bajo hipnosis: mezclé mi fiesta de casamiento y el trayecto a casa con elementos de una vida anterior en otro planeta.
Luego ella se va y me deja inmerso en un mar de dudas.
Esa noche miro al cielo y me pregunto cuál de todas esas estrellas habrá sido el sol que me alumbraba.

Acerca de los autores:

Cruce nocturno – Carlos Enrique Saldivar & María Ester Correa Dutari


Maneja por una zona accidentada; la carretera se muestra hostil, al igual que el clima. Le preocupa la posibilidad de accidentarse, pero necesita llegar pronto a Lima. Su esposa ha dado a luz gemelos y Walter quiere estar cerca de ellos; no debe detenerse por ninguna razón, ni siquiera por esa enorme masa metálica y luminosa que le cierra el paso en medio de la pista y que se divisa a cientos de metros.
—¡Si tomo un atajo no llego! —grita. Mira el reloj, ya es la hora, está encima. La velocidad y la cercanía dan pie al impacto, que será brutal. No le queda otra opción, atravesar el ovni. Cree en los universos paralelos. Cambia la hora del reloj a unos minutos antes y encara a 200 km. La imagen se evapora. El vehículo está intacto, mira la hora, es la misma de antes del choque. El espejo retrovisor le devuelve una mirada roja.

Acerca de los autores:
María Ester Correa Dutari
Carlos Enrique Saldivar

lunes, 23 de noviembre de 2015

Encuentro - Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


Era el 3 de agosto de 1492. Cristóbal Colón había partido con sus naves desde el puerto de Palos de la Frontera y las naves apenas se habían alejado cien millas de la costa cuando, como una visión fantasmagórica, surgiendo entre la niebla que se había formado durante la mañana de ese lado del Atlántico, apareció una flotilla de embarcaciones. El vigía de la Santa María, encaramado a lo más alto del mástil gritó: “¡vikingos!”. Hacía más de cuatrocientos años que se los consideraba desaparecidos. Y siguieron estándolo, a los ojos de la civilizada Europa del siglo XV. Los nórdicos, fieles a su estilo, abordaron las naves de Castilla, pasaron a cuchillo a los tripulantes y usurparon la identidad del almirante y sus hombres. Por ese motivo el continente recién descubierto recibió el poco feliz nombre de Am Eric, celebrando la identidad del caudillo vikingo, Eric de Am.

Acerca de los autores:

Resaca - Fabián Eduardo Rafael & Sergio Gaut vel Hartman


Me despierto con un dolor insoportable; parece que me están pegando con un martillo en la cabeza. Escucho el ruido del motor de una moto con caño de escape libre, y aunque pasa lejos, el dolor se incrementa. De pronto, me acuerdo de mi auto; doy un salto en la cama, me levanto y es peor; ahora también estoy mareado. Voy apoyándome en las paredes hasta el garaje: veo al auto; ya es un alivio. Ahora tengo que revisarlo; giro alrededor para ver cómo está y advierto que por lo menos no tiene ningún choque o raspón. Me siento más aliviado; busco en el botiquín un antiácido pero no lo encuentro. Tendré que vestirme e ir a comprar uno; también una Coca Cola, es lo mejor para esta resaca. El sol de la calle hace estragos en mi cuerpo; por suerte el negocio está cerca. Tomo el antiácido con agua gasificada, para que sea más efervescente y también un vaso grande de Coca con hielo, y dos porciones de pizza que encuentro en la heladera; se podría decir que me siento un poco mejor. ¿Qué pasó anoche? No recuerdo nada. Estaba comiendo asado con los muchachos; espero que me llame alguno para contarme lo que pasó, si hice algo malo. Me recuesto en el sillón con el televisor bien bajito, pero no me duermo. Me despierta el teléfono. ¿Cómo es posible? No estaba durmiendo. ¿Entonces todo fue un sueño? La resaca, el sonido del escape de la moto, la inspección del auto, la salida para comprar el antiácido y la Coca, las dos porciones de pizza... Atiendo el teléfono.
—¿Waldo?
—¿Qué Waldo? —replico, de mal humor—. Acá no vive ningún Waldo. El único habitante de esta casa soy yo, y me llamo Aníbal.
—Dale, Waldo; no hagas chistes. Soy Andrés, tu hermano. Te conozco la voz.
—Soy hijo único, idiota; no tengo hermanos.
—Tenés una mancha marrón junto al ombligo; una mancha que parece un conejo.
Eso me inquieta; es cierto. Esa mancha existe, pero todo lo demás es falso. ¿Falso?
—¿Qué día nací?
—El 8 de marzo de 1968. Faltan doce días para tu cumpleaños. Mamá va a venir de Tartagal...
—¡Un momento! Esto es parte del sueño. Sigo soñando. —Río entre dientes, pero la situación me perturba.
—¿De qué estás hablando?
—Anoche, en el asado, tomé de más... y me desperté con una terrible resaca.
—¿Asado? ¿Estás loco? ¿Cómo te atevés a comer carne? El ruug se va a enfurecer.
—¿El ruug? ¿Qué es eso? —Ahora estoy pasando de la inquietud al temor y la siguiente frase de mi interlocutor me precipita directamente en el terror.
—Los ruugs vinieron de Aldebarán y se proponen cambiar nuestras bárbaras costumbres alimentarias...
Parece que, finalmente, es un hecho cierto que no estoy soñando. El ruug entra a la habitación. Está furioso.

Acerca de los autores:

Guiso de letras - Lucila Adela Guzmán & Sergio Gaut vel Hartman


Al nacer, había sido anotado como Gualter porque su padre, el eminente filólogo Bernardo van Math, sostenía que la doble ve era una letra intrusa en el idioma castellano y había que combatirla con toda energía.  Gualter creció cercado por el dogmatismo del viejo y privado de afecto materno por la prematura muerte de la inocente Cándida Sandia, deceso ocurrido durante el parto de Gualter. No obstante, el dogmatismo de Bernardo no fue el único inconveniente que debió enfrentar Gualter. Desde su más temprana adolescencia, el maldito rasgo paterno afloró en él. Trastornado por la adulteración de su nombre, ideó su propio dogma: Toda palabra que enarbolará la letra prohibida sería mil veces recitada constituyendo un rosario de vocablos sagrados.
Un día, al son de una alegre melodía interpretada por Los Wawancó, (músicos preferidos de mamá Cándida) balbuceó... Waffles... whisky... Gual... Walt... er. La muerte lo encontró así... Rezando.

Acerca de los autores:
Lucila Adela Guzmán
Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 19 de noviembre de 2015

La defensa Kirkorian – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea



A mitad de camino entre la playa y la carretera había una cabaña en la que se alojaba cuando Felicia consideraba que sus ronquidos eran insoportables. Pero pocas veces permanecía demasiado tiempo en aquella vivienda precaria y húmeda. Prefería caminar hasta la orilla del lago recorriendo el angosto sendero desde el que se veían las torres de observación de un antiguo aeródromo. Al divisar los cobertizos metálicos y los hangares de techo bajo, recordaba la época en la que al pasar de una a otra parcela se sentía un peón de ajedrez movido por fuerzas inexplicables y ella observaba sus caminatas apoyada en la torre más blanca, flanqueada de un hermoso bayo de cabos negros.
Los hilos invisibles lo llevaron a la orilla, hicieron un lazo, el bayo dio el tirón que rompió su cuello. Peón por caballo muy lateralizado, fondo de tablero, defensa pobre, sacrificio inútil. Kirkorian colgado.

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

El cuerpo – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Lo encuentran en el medio de la calle y nadie sabe si está vivo o no. Llaman al hospital, pero la ambulancia no viene. La policía se niega a tener participación en el asunto. Los vecinos se van desentendiendo. El cuerpo del desconocido queda allí, en una postura un tanto llamativa que con el tiempo pasa a ser cotidiana. Los días corren y nos terminamos acostumbrando a su presencia. El cuerpo forma parte del paisaje. Cierto día de primavera, unos niños que juegan a la pelota cerca del cuerpo reparan en un detalle que hasta entonces había pasado inadvertido: la cabeza ha girado algunos centímetros hacia la izquierda. Pasan las semanas y la medición del lento movimiento se convierte en un deporte practicado por todo el pueblo. Tardamos casi un año en comprobar que la cabeza, completado el ciclo hacia la izquierda, ha empezado a moverse hacia la derecha. Ya anciano, en mi lecho de muerte, uno de mis nietos me comunica algo que yo siempre había sospechado: el cuerpo está diciendo que no.

Acerca de los autores:  
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

El día de la patada final – Carlos Enrique Saldivar & Carmen Belzún


De niño me gustaba mucho el fútbol, lo que desarrolló en mí una extraña manía. Cada vez que veía una pelota en el suelo, la pateaba. Esto me acarreó serios problemas, casi me rompí el pie una vez y tuvieron que ponerme un yeso; tenía diez años. Mis padres decían que esta mala costumbre acabaría por traerme problemas mayores; yo no hacía caso. El día que cumplí dieciocho años encontré una esfera brillante en la calle. Decidí darle un puntapié y se produjo un estallido. Sentí que caía en un abismo. Instintivamente, cubrí mi cara con el brazo flexionado porque las luces me encandilaban. Los ruidos se transformaron en un silencio monstruoso. Y quedé suspendido dentro de la gran esfera. No sé si han pasado segundos o siglos. Solo sé que espero, espero...

Acerca de los autores: 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Corazón de vinilo - Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Por razones que no entendía, y que no le interesaba detectar, se tragó las cinco pastillas de golpe, empujándolas con un trago de vino, sin esbozar la menor protesta. Las grageas se mantuvieron adheridas por un momento a su garganta y parecieron quedarse a vivir allí, aunque luego pasaron más allá del punto en que se puede toser y expulsar un cuerpo intruso. Asimiló la droga y supo que la sustancia proporcionada por Yugg le cambiaría la vida, pero no en el sentido que quería; una pena.
La tercera pastilla cambió su sexo y el cambio fue placentero. Lo peor fue que no le gustaba más el vino: Yugg era un traidor. Fue a buscar al dealer maldito pero encontró a Hugo del Carril cantándole desde el vinilo: “Late un corazón porque he de verte nuevamente…” y se arrojó a los brazos del recio Hugo sin pensarlo dos veces.

Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman

Arte, arte, arte – Alejandro Bentivoglio & José Manuel Ortiz Soto


―Señor Duchamp ―dijo el curador―, algo terrible ha sucedido.
―¿De qué habla? ―preguntó Marcel, que estaba clavando una maceta sobre un pedazo de cemento para crear la obra perfecta.
―Alguien orinó sobre su trabajo. Creyó que era el baño.
―¿Está seguro que no era un happening? ¿Una reacción de un intelectual ante el impacto del ready made?
―No, me parece que se había tomado unas cervezas de más.
Marcel Duchamp continuó clavando la maceta. A cada golpe pensaba en la infinidad de caminos que pueden conducir al arte. Caminos que, no lo dudaba, podrían terminar en laberinto. El detalle estriba, se decía, en la capacidad de diferenciar un orinal de un ready made, sin que importe cuántas cervezas hayas bebido.
Esa misma noche, el velador hizo de la maceta un cenicero y un gato negro cagó en ella. La crítica especializada consideraría más tarde aquellos detalles sublimes y significativos.

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Nada en la cabeza - Fernando Andrés Puga & José Luis Velarde


—¿Están viendo lo mismo que yo? —preguntó el cirujano a sus ayudantes cuando terminó de abrir el parietal de la paciente.
—Yo no veo nada —dijo la enfermera, temiendo acotar algo impropio.
—¡Exactamente! ¡Nada! —ratificó el doctor—. ¿No les resulta sorprendente?
—¿Por qué, doctor? — preguntó la instrumentadora—. ¿Qué es lo que esperaba encontrar?
El doctor retiró el hueso y alumbró la bóveda vacía para que todos pudieran mirar sin estorbos.
—Algún pensamiento, por lo menos una maldita neurona. Es imposible trepanar cráneos y encontrar solo aire. Bien sabemos que se trata de una estrella de cine, pero este hueco escandaliza. Además las tomografías de la paciente indicaban un tumor maligno entre la masa encefálica.
—¿Qué haremos doctor?
—Ya suturo. Es imposible que despierte. Nunca supe de un tumor disolvente de cerebros.
En eso la paciente abrió los ojos y sonrió tan artificial como la noche anterior.

Acerca de los autores:
Fernando Puga
José Luis Velarde

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El elixir – Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


En una callejuela que serpentea por los aledaños de la judería de Amberes tenía Jacob van Keerberghen su botica, en cuya trastienda muy pocos pueden contar que hayan estado. Sin embargo, cuando el forastero le detalló su pedido, cerró la puerta principal y con gesto reflexivo hizo seña de que le siguiera. Al visitante se le hacía difícil moverse por aquella estancia repleta. No así al viejo Jacob, que aun arrastrando los pies se desplazaba con destreza, sorteando vasijas esparcidas por el suelo, para alcanzar los anaqueles donde almacenaba cientos de frascos de vidrio con enigmáticos mejunjes. El polvo expelido por su peculiar patinaje ascendía en remolinos por un cono de luz cenital y se colaba en las gargantas, provocando una persistente carraspera. Tan distraído estaba el extranjero contabilizando cubetas, redomas y botellas con los más diversos potingues que la abrupta pregunta de su anfitrión lo tomó por sorpresa.
—¿Está seguro de que lo quiere?
—No estaría aquí si no fuera porque me garantizaron que funciona.
—Funciona, le doy mi palabra —dijo el boticario—. Pero mi pregunta fue otra.
—¿Cómo no voy a querer? —El gesto de estupefacción del extranjero fue por demás elocuente. Pero Jacob insistió.
—El precio, el asunto es el precio.
—Tengo todo el dinero que se necesita, por mucho que usted pida.
—No me refiero a ese precio sino al otro. Yo no estoy seguro de haber hecho lo correcto aquel 24 de septiembre de 1541, cuando Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, en su lecho de muerte, renunció lúcidamente a beber su pócima y me obsequió la fórmula de la inmortalidad.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

Olvidando cosas de importancia – Carlos Enrique Saldivar & Raquel Sequeiro


Como cualquier día de la semana me dirijo a la universidad, me siento muy estresado por los exámenes y comienzo a divagar pensando en mi bajo promedio y en aquella chica que tanto me gusta y ni me mira. Me percato de que no tengo mi maletín en la mano, lo he olvidado; de hecho, noto que también olvidé mi ropa… y mi cabeza. Mi tórax, abdomen y extremidades transitan solos por una avenida concurrida. Espero que nadie me vea… Mi cabeza sigue en el armario, en esa posición supina en que babea… No, está en esa otra, ahora lo recuerdo, del ser o no ser, mirando fijamente a la puerta del armario cerrada. Veo oscuro, siento arcadas, en el banco me preguntan si me pasa algo, pero no contesto.

Hola y hasta nunca – Carlos Enrique Saldivar & Luciano Doti


Ingreso a mi casa, saludo como siempre a la sala vacía, lo cual me alegra y me deprime a la vez, no es común que un hombre de ochenta y dos años viva solo, aunque sí resulta normal que esta situación sea un poco triste. Dejo mis documentos sobre la mesa y encuentro encima una hoja de papel, la palabra «Hola» está escrita allí, con sangre. ¿De quién será esa sangre? Voy a lavarme la cara con agua fría, a ver si recuerdo. Al hacerlo, miro mi rostro en el espejo, está demacrado, no luce bien. Detrás de mí aparece La Parca, viste capucha negra y porta guadaña. Me doy vuelta y no la veo, aunque percibo que merodea cerca. Entonces dice: «La sangre es vida, soy dueña de toda la sangre y, por lo tanto, de todas las vidas». Siento el filo de la guadaña sobre mi yugular.


Acerca de los autores:
Luciano Doti
Carlos Enrique Saldivar

sábado, 7 de noviembre de 2015

La casa está limpia – Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


Fui testigo de un incidente muy desagradable. Tefurkas era humillado por una mujer sin rostro que 
lo ató con una cuerda, le puso un palo en la boca y lo usó para limpiar el piso de la sala. Wycigallo movía la cabeza y nos miraba como diciendo: “Esto es lo que se logra atiborrando con estupideces la sesera de los que van a los servicios todos los domingos”. Pero no dijo nada. Yo sabía lo que estaba pensando porque sé leer la mente, pero ningún tribunal aceptaría una declaración de ese talante. Finalmente, cuando la mujer sin rostro dejó de arrastrar y sacudir al pobre Tefurkas, Fortuny dio un paso hacia adelante y dibujó con carbonilla las facciones de la mujer. 
—Me llamo Rosie —dijo ella cuando pudo hablar.
“Rosie, no te detengas”, sé que pensó Wycigallo, “el canalla de Tefurkas merece un servicio premium”. Como impulsada por un resorte, la chica saltó sobre la espalda de Tefurkas que me imploraba piedad con mirada angustiosa, pero yo no podía hacer nada, salvo admirar la destreza de Rosie con aquellas cuchillas tan afiladas y espantarme por la cantidad de sangre que empezó a salpicarlo todo. Fortuny pareció ausente un buen rato, me miró pensativo y dibujó junto a mi mano un teléfono y una botella de whisky. Después, indolente, como si todo aquello le aburriera, esgrimió una enorme goma de borrar. Yo estaba completamente borracho cuando llegó la policía, pero Rosie les dijo que no había de qué alarmarse, mientras les mostraba la casa en orden. Al pasar junto a mí, pateó con disimulo una mordaza para ocultarla bajo el sofá y me guiñó un ojo.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

Metamorfosis encadenadas - Javier López & Héctor Ranea


Recuerdo que fue con 28 años cuando comenzaron a asaltarme las dudas sobre mi propia identidad. ¿Quién era yo y qué tenía en esta vida? Un puesto de trabajo insatisfactorio, novias de fin de semana y una casa en régimen de alquiler. No era eso lo que tenía previsto para mi futuro.
He de confesar que siempre he sido un poco extremo en mis determinaciones. Así que decidí cambiar de género y dejar de ser Luis para convertirme en Luisa. Y no piensen que fue por una inclinación hacia lo femenino. Fue por puro aburrimiento.
Quizá influyó en mi decisión una visita al Museo unas semanas antes. Contemplar el Nacimiento de Venus iba a llevar mi destino por otros derroteros durante un tiempo. La diosa, engendrada por los genitales de Urano, que habían sido cortados por su hijo Cronos y echados al mar —aunque algunos aseguran que nació de una nube de esperma arrojada directamente a las aguas por el mismísimo Zeus, en la que alguna deidad se dio un baño de espuma— estaba ahí, delante de mí, y quise ser como ella. Y lo conseguí.
No iba a tardar mucho en darme cuenta de mi error. Con mi nuevo género no acababa de encontrarme a mí mismo (aunque, recordando ese tiempo, debería decir "a mí misma"). No me terminaba de adaptar al hecho de que lo que antes era saliente ahora fuera entrante. Y mucho menos a que los hombres me piropearan por la calle.
Así que este episodio solo duró unos meses, pero quedé trastornado por las operaciones y tuve que comenzar con las sesiones de psicoanálisis. Y eso no hizo más que agravar el problema. El psiquiatra me hacía dudar incluso de mi propia existencia, y en poco tiempo, en lugar de recuperarme, comencé a oír voces.
De manera que, tras haber vivido un cambio de género, ahora experimentaba un cambio de número. De nuevo no era Luis. También era Alfonso, y Antonio, y José... Adquirí varias personalidades diferentes. E iba a ser el sexo, una vez más, lo que se convertiría en un verdadero problema. Éramos demasiados hombres para buscar pareja y pronto surgieron los celos entre nosotros.
Para tratar de solucionarlo, tuve la idea de poner un anuncio en una revista de contactos, buscando siamesas y quintillizas. Afortunadamente respondieron en cuatro ocasiones al anuncio: una pareja de siamesas y tres quintillizas. Como yo estaba en una fase en la que escuchaba hasta once voces diferentes, parecería que sobraban seis de ellas. Nada más lejos de nuestras apetencias. Alguna de mis personalidades gustaba de las orgías. Así que no solo no sobraban, sino que tuve que volver a poner más anuncios.
Después de eso lo único difícil fue buscar habitaciones con el tamaño requerido. Por suerte, no faltaron patrocinadores que querían retransmitir en directo el lamentable espectáculo... Ellos ponían la casa y las cámaras y además nos pagaban. Mi vida se convirtió en un programa de televisión de veinticuatro horas al día y yo era un hombre plural con quienes me habitaban completamente liberados.
Durante un tiempo me fue bien así, pero ya les digo... me canso de todo. Entonces busqué el cambio definitivo. No era el género, ni el número. Lo que yo realmente siempre había deseado era cambiar de especie, ahora me daba cuenta.
Consulté con mi médico para ver si era posible hacerme una operación de agallas para convertirme en pez y tirarme al mar, que es lo que siempre me ha gustado. Ahora pienso que fue eso lo que me llamó la atención en el cuadro del Nacimiento de Venus, aunque confundí las señales y he perdido doce años de mi vida en los cambios infructuosos que les he narrado.
El cirujano me dijo que lo que pretendía era una barbaridad, una ignominia y una locura. Debía hacerme unas incisiones en el cuello para que tuviera mis agallas, por lo que la consideró una intervención de alto riesgo. Así que se negó a operarme. Por eso tuve que buscar un estudio de tatuajes, en un Puerto de cuyo nombre solo mencionaré en mi testamento, donde había un hombre de aspecto bastante salvaje que hacía modificaciones corporales radicales. Concretamos por un precio razonable y al fin tuve mis agallas.
Hoy estoy preparado para ser pez. Escribo, pues, esta historia antes de arrojarme definitivamente al océano y compartir mi vida con morsas y quién sabe si con sirenas.
De todos mis cambios, creo que éste será con el que alcance la verdadera plenitud. Sé que voy a poder sentirme, al fin, realizado. Y es que ya se me había hecho urgente convertirme en pez. Los humanos siempre me han parecido muy raros.

Acerca de los autores:
Javier López
Héctor Ranea

Ascensor al miedo – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Cuando Hikato entró al ascensor, vio una niña que permanecía de espaldas en una de las esquinas. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que las puertas se cerraran y el artefacto arrancase. No había ningún piso marcado. La niña tenía el pelo largo, profundamente negro. Su vestimenta de colegiala no era nada tranquilizadora.
Hikato se asustó, golpeó las puertas del ascensor y trató de marcar el botón de la alarma, pero no sucedió nada. Ningún número aparecía reflejado en el visor del panel. Recordó la siniestra leyenda de aquel edificio, allí nadie usaba el elevador. Lamentó mucho el haberlo olvidado. Noto que subían; al menos no iba al infierno, pensó. La pequeña volteó su pálido rostro y le dijo:
—¿A dónde quieres ir?
—A casa.
—De acuerdo.
El ascensor se detuvo de golpe. La chiquilla se despidió haciendo un gesto con la mano. Hikato salió corriendo y se encontró en su hogar. Al mirar hacia atrás se percató de que había salido del baño. Suspiró, aliviado, pero todo se trastocó en un horror intolerable porque encontró a su familia en la sala… muerta. Habían sido cruelmente asesinados.
Ese es el motivo por el cual nunca subo a un elevador. ¿No me crees? Ve a ese edificio donde vive gente extraña y entra al ascensor. Te llevará a cualquier lugar del mundo.
Eso sí, cuando llegues, habrá una sorpresa esperándote.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Carlos Enrique Saldivar

martes, 3 de noviembre de 2015

Better to explode than fade out - Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio


Decidió que lo sagrado no podía encarnarse y que entonces había que pensar otra religión. Algo más etéreo que nunca pudiera solidificarse. Se entregó por completo al arte del aire puro, de los estados abstractos y de los gestos.
Corrió por todos lados, acelerando y desacelerando, trazando todos los caminos imposibles. 
El nirvana le llegó bajo la forma de una combustión espontánea. Sus cenizas quedaron esparcidas en la nada.
Hubo escépticos, pero el silencio posterior a cualquier risa, a cualquier ruido, era la consumación de su doctrina.

El tour del tiempo - Javier López & Héctor Ranea


Estuve con Ann Boleyn en el momento de su último suspiro en forma de chorro de sangre de dos metros de longitud. No me salpicó de suerte, nomás. Algunas cabezas dicen cosas una vez extraídas violentamente de los torsos. La de ella dijo apenas un suspiro en el que podíamos adivinar la palabra Henry, solo porque sabíamos la historia que la había llevado allí. Sin embargo, sus manos ligadas no dijeron nada. Como muchos viajeros del tiempo, lloramos su triste final, pero seguimos viaje. El tour del tiempo no perdona retrasos. El castigo era la guillotina anónima, el retorno imposible.

Acerca de los autores: 

viernes, 30 de octubre de 2015

Pestes – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Abriéndose paso en medio de la tormenta gracias a su cuerpo descomunal, Garagant cruzó la plaza, encaró la pendiente y alcanzó de un salto a la muchacha de cabello rojo y pecas en los hombros que hasta un instante antes había estado inclinada a la orilla del arroyo, bebiendo las miasmas hediondas que arrojaban las cañerías de la fábrica de mermeladas.
—Vendrás conmigo —dijo el gigante.
Ella sopesó el peligro. ¿Qué podía ser peor que este destino con las pestes? Aceptó moviendo la cabeza mareando de amor al titán.
—¿Quieres sexo conmigo, gigantón? ¿Torturarme?
—Nada de eso—. Necesito que cocines algo. Mi abuelo Gargantúa murió sin dejar ni un recetario, el desgraciado.
—¡A buen puerto vas por leña, titán! Solo cocino huevos y hortalizas.
Garagant meditó y al fin bramó:
—Mejor huevo pasado por agua que barriga tonante.
La fábrica de mermeladas fue su último marco antes de perderse.

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Indiscreción – Carlos Enrique Saldivar & Ada Inés Lerner


Me hallaba en una discoteca. Vi a una linda chica pedir un trago en la barra. Quise establecer contacto y usé una táctica espontánea:
—Hola, guapa. Una pregunta indiscreta, ¿qué es lo que menos te gusta de ti?
—Pues… las escamas —dijo ella con lentitud. Acto seguido, se abrazó a sí misma y escapó entre la gente. Yo intenté seguirla, pero salió rauda del local. Mi pregunta la había abochornado, eso estaba claro. Pero, ¿por qué? ¿A qué refería con tal respuesta? Decidí regresar a la barra, debía ubicarla, le pregunté al personal: nunca la habían visto. La misma respuesta obtuve de algunas amigas mías. Mi curiosidad se fue exacerbando, se convirtió en una obsesión. Armé una pequeña carpa en la playa y la recorría en las horas en que aparecían las sirenas. Finalmente me interné en el mar y ahí sí, en la profundidad, escuché su canto celestial.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Carlos Enrique Saldivar

Castigo divino - Marcelo Sosa & Héctor García


La noticia corrió como suele correr: a mil por hora. Los rumores y chismes eran ciertos. Le habían puesto los cuernos, lo andaban gorriando, lo pasaban como alambre caído. Era un goyo, un astudo, un venado, un reverendo cornudo consciente. ¿Pero a quién se le ocurrió casar a la mejor hembra del Olimpo con el dios más feo? No hacía falta irse a Delfos a ver al oráculo. Todos sabían cómo iba a terminar esto. Y así como la violencia genera más violencia, las trampas de Afrodita y Ares devinieron en un maquiavélico ardid del marido engañado. Hefesto, dios de la herrería y las cornamentas, tejió una red con hilos invisibles y la tendió sobre el lecho donde los amantes calenturientos saciarían sus irrefrenables instintos. Al cabo de un rato de esperar agazapado, los atrapó cual mojarras mojadas y resbalosas. Así, los infieles, como habían venido al mundo, con sus vergüenzas en la pampa, fueron exhibidos ante los demás dioses como prueba irrefutable de su relación ignominiosa.
Sin embargo, el tiro amenazó con salirse por la culata. Más de uno de los presentes deseó estar en el lugar de Ares. La carne es débil, pero en el Olimpo lo fue aún más. Prueba de ello es la sentencia de Zeus:
—Bueno, bueno, bueno —comenzó, mientras hojeaba unos manuscritos polvorientos y ponía cara de concentrado—, por el artículo ciento cuarenta y seis, inciso d, párrafo segundo, te sentencio, maldito Ares, a sufrir sobre tus lomos la ira de mis truenos y bla bla bla —y acto seguido levantó la vista por sobre la montura de sus lentes y oteó los semblantes de los presentes; por supuesto, nadie presento objeción.
—En cuanto a ti, Afrodita —continuó con voz atronadora el Cronida, y la furia cubrió de rojo su rostro majestuoso—, tu condición de compañera de Hefesto te pone en serios aprietos. Dada la gravedad del asunto, propongo al resto de los olímpicos que apliquemos el castigo a puertas cerradas y en ausencia de la parte interesada.
Ante este fallo, todos asintieron sin chistar, aun el mismo Hefesto, que enseguida rumbeó satisfecho hacia la salida. A sus espaldas, desde el bello Dioniso hasta la vengativa Hera lanzaban miradas y sonrisas lascivas a Afrodita, quien, lejos de asustarse, parecía responder con entusiasmo a sus tácitas invitaciones. Minutos más tarde, los gritos y gemidos de la diosa del amor le daban a entender al viejo herrero que pronto su cabeza se vería libre de adornos óseos.

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lunes, 26 de octubre de 2015

A la hora de la cena – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


El agujero en la pared se agrandó en los últimos días. Sospecho la inevitable presencia de invasores. Soldados saliendo con sus fusiles por la noche. Seres mutantes agazapados, listos para saltar sobre mí. Pero al poco tiempo emerge un caracol. Me tranquilizo al pensar que fui un tonto al preocuparme tanto. Quizás los gruesos dientes que asoman de la pequeña boca del invasor sean el único detalle fuera de lugar. Y también lo es la capacidad telepática que parece poseer la criatura. Mueve sus antenas y transmite.
—Dejate comer, paparulo. Una vez que incorpore tus conocimientos a mi organismo estaremos preparados para conquistar el planeta Tierra. —Accedo, a pesar de que no tardo en constatar la terrible realidad: el ser no es un caracol sino la avanzada de una invasión extraterrestre en toda la línea. Y yo su involuntario cómplice.

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