martes, 26 de mayo de 2015

El borrico cojo – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Caramba! —exclamó el señor Quijano Llepe mientras roía su queso manchego añejado en un baúl de cuero—. Parece que tengo visitas. —Y así fue, de hecho, pues apareció un borrico con signos de maltrato, aliento a perro mojado y una pata más corta que el resto—. Y eso, sin contar la oreja caída —completó Quijano.
El borrico rengo se acercó como para recibir comida de él. Quijano le alcanzó una zanahoria y una rama de apio.
—¿No querrá el queso, este borrico desfachatado! —exclamó cuando el asno le tiró un tarascón a su almuerzo—. ¡Ni se te ocurra, bestia del Infierno! El único lugar en el que los borricos comen queso es en los cuentos.
—Esto es un cuento, manchego estúpido —espetó el animal—; ¿crees que en otro sitio frecuentaría a un viejo maloliente como tú?

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