jueves, 30 de julio de 2015

Me parece que no – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Oh! ¿De nuevo usted por acá? Creí que con su nuevo sueño podría estar tranquilo por un tiempo más largo. ¿Pasó algo? A decir verdad, lo veo pálido, hombre. Muy pálido, si me permite.
—Siempre tan obsequioso, usted. Pero nunca tan falso como ahora, le digo. Usted sabía que vendría, y pronto.
—No sé a qué se refiere. ¿El sueño no funcionó, acaso?
—¿Su sueño? ¡Puro humo, nada! No funcionó para nada.
—Mire que le ofrecí sueños. Podría soñar con ser un gran escalador de montañas, o con nadar más lejos que los arenques, no escribir los poemas de Shakespeare y que nadie se diera cuenta. Pero usted quiso soñar...
—Sí, ni me lo recuerde. Quise soñar con visitar los lugares de Dublin narrados en el Ulysses y me perdí en la quinta página.
—Al menos conoció a la lechera, diga. Mis sueños no son como los ríos. Perdón... quise decir los sueños que le vendo, entiéndame.
—Sí, lo entiendo, pero igual, creo que sus sueños son chatarra, son inservibles. ¿Cómo pude perderme en Dublin en la quinta página, hombre! Un fiasco, eso es lo que fue. Menudo papelón con mi amante.
—Le puedo ofrecer un sueño reparador, si con eso se calma. No le cargo nada a su cuenta, pero le recuerdo que...
—Ya sé, le debo tres. ¿Nunca le dije que plagiar a Borges me salió perfecto? Me pagaron bien: dos revólveres y un cuchillo alemán auténtico. Si quiere, saldo mi deuda en especies.
—¿Sueño con cuchillos? ¿No le dieron cocodrilos para las lágrimas?
—¡Qué va! Con el sueño de la llorona me dieron una gema en forma de puñal, que nunca me sirvió, a decir verdad. ¿Por qué pagan siempre con armas en este negocio? ¿Sabe lo que me cuesta canjearlas por huevos y otras cosas que necesito?
—Me extraña que diga algo así. Las armas son vehículos que conducen a cualquier parte. ¿Quién se resiste al poder de un arma? Con un cuchillo bien pasado se puede desviar un avión...
—Y con un misil se puede desviar un Sputnik. ¡Pobre Laika! ¿Puede dejar de decir estupideces? Por un rato, digo.
—De acuerdo; concretemos. ¿Quiere soñar con su amante, en medio de la trama modificada de Finnegans Wake? Le ofrezco dos polvos gloriosos y un despertar tan vívido que no solo creerá haber estado allí sino que, al abrir la página 24 de la novela, se encontrará haciendo lo mismo que hizo en el sueño.
—Espere, no me tome el pelo. Una cosa es que venda sueños chamuscados y otra que logre modificar la realidad escrita y consolidada por Joyce.
—De Joyce, de Murakami, de Laiseca, de Bradbury. Elija la que quiera. ¿Se acuerda de la página 302 de El Evangelio Según Jesucristo de Saramago, cuando dice “Tú eres el Señor, siempre estás llevándote de nosotros las vidas que nos das”. Bien. El Señor ese soy yo. Antes de que lo soñara decía otra cosa.
—¿Habla en serio?
—Que me muera acá mismo, como decía mi abuela Guillerma.
—Entonces démelo. Dijo que era sin cargo, ¿no?
—Absolutamente.

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

1 comentario:

  1. Muy buena la tecnica de dialogo. Estilo los asesinos de Hemingway. Historia que transporta al surrealismo.

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