domingo, 20 de septiembre de 2015

En el baile – Marcelo Sosa & Manuela Fernández Cacao


La banda se llamaba “Richard Valdéz y los Apasionados de Siempre” y para qué les voy a mentir, era lo más granado del género en aquel momento. Entramos con Cristian medio tarde pero fue suficiente para contemplar con asombro semejante fauna reunida en el viejo cine. Apenas ingresamos una veterana, sumida en un discreto estado de ebriedad, encaró a mi amigo para que bailara o lo que fuera con ella. Las ganas de “lo que fuera” se reflejaban en su cara con tanta nitidez y desparpajo que solo nos limitamos a huir de su lado totalmente agallinados. No pasaron ni cinco minutos cuando estalló la primera pelea. Un par de manotazos, empujones, novias ofuscadas que en vez de calmar los ánimos los enardecen aún más, y los policías que actuaron rápidamente. Vuelta la aparente normalidad nos paramos al lado de un flaco delirante, que parecía poseído por el demonio por su manera frenética de bailar ese ritmo sincrético, mezcla de cuarteto cordobés, cumbia, reggaetón con un dejo de rock nacional. Lo llamativo del caso era que el tipo, sin una pizca de sobriedad o vergüenza, bailaba solo y a los saltos frente a una columna dorada como si fuese su compañera. Era curioso como, en todo momento, todos los focos de la sala se dirigían hacia donde acontecía algo peculiar. La sincronía era perfecta. 
Fuimos hasta la barra y pedimos unas copas, el camarero hizo de cuenta que las servía pero de las botellas no salió líquido alguno. 
—Venga tío —dije yo, pero el camarero hizo caso omiso. Fue entonces que advertí que los vasos de la pared eran pintados y también las botellas, incluso las ubicadas en las estanterías. 
Las luces, una vez más enfocaron, otra escena. Esta vez era un hombre que corría entre la gente, y reconocimos quién era. Se trataba de Michael Best, un actor de moda. Todo era muy extraño, tanto que se justificaba que nos marcháramos. Nos dirigimos hacia la puerta de entrada, y cuando la empujamos, en lugar de la calle vimos una vieja máquina de proyecciones que apuntaba en nuestra dirección. Un estruendoso: —Eh, quítense de ahí —se escuchó por toda la sala unido a un montón de silbidos. No sabíamos de dónde venían esas voces. Alguien nos empujó de nuevo hacia el interior y la puerta fue cerrada de un portazo. Una mujer me tomó del brazo; era la ebria que se había lanzado sobre mi amigo, pero ahora estaba totalmente sobria. 
—¿Adónde se supone que van? —susurró acercándose a mi oído—. ¿Acaso han terminado la parte que les corrspondía?
En la sala, las luces continuaban enfocando a Best que ahora se fundía con una mujer en un espectacular beso. 
—Pero ¿qué es todo esto? —dijo Cristian—. Conozco este local desde que era un cine y en la entrada leí que hoy había baile, lo anunciaba en la antigua cartelera; decía exactamente: “El baile”. 
En ese instante los focos empezaron a apagarse y unas letras que aparecieron de la nada, como flotando en el aire, se hicieron cada vez más grandes y legibles, hasta que con total claridad se leyó: The end.

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