viernes, 4 de septiembre de 2015

Mi abuelo - Ana María Caillet Bois & Rolando José Di Lorenzo


Mi abuelo nos llamó un día a todos sus nietos, y nos dijo:
—Esta es la máquina de la felicidad; eso sí, hay que saber usarla: con solo veinte centavos puede transformar el mundo.
Quedamos todos paralizados y llenos de estupor, pero al rato nos abocamos a conocer la tan famosa máquina. Era muy grande, con hierros retorcidos que podían ser una escultura o una masa informe, según como se mirara. Además del tamaño, nos llamó la atención el color azul violáceo de la superficie, con partes de un naranja furioso que se perdían en la estructura entre cables blancos, rojos y amarillos que subían y bajaban. En el centro había  un círculo verde, parecido al ombligo de un mono bebé, con una ranura por donde se insertaban las monedas.
Yo esperaba que los primos y hermanos se fueran, porque tenía una moneda y no quería compartir el suceso con nadie. Me imaginaba las maravillas que haría la maquina con mi moneda. Al rato se fueron todos, no les interesaba mucho el caso y me di cuenta que el abuelo estaba triste, porque ese monstruo de colores no causó el impacto esperado en mis hermanos y primos. Ya se estaba por ir, desilusionado, cuando me vio agachado junto al aparato.
—Coquito, te quedaste, ¿a vos te gusta la máquina de la felicidad?
—Sí, abuelo, me encanta. ¿Es verdaderamente mágica?
—Así es. Si uno cree en ella hace maravillas, pero hay que tener fe.
Yo tenía fe en mi abuelo, es más, lo adoraba, para mí que era el hombre más inteligente del mundo y compartía con mi padre el trono de rey. Me acerqué a la máquina y en puntas de pie, alcancé a meter la moneda en la ranura. Cerré los ojos muy fuerte y le tomé la mano al abuelo y entonces todo sucedió: vi colores que nunca había visto, escuche música maravillosa y sentí que comenzaba a volar, y subí alto, muy alto y desde allí, vi todo el mundo y era distinto, todo era alegría, la gente reía, bailaba y cantaba en las calles; los chicos jugaban juntos y eran negros y blancos y otros y otros… y todo lo que veía siguió y siguió hasta que el abuelo me acarició la cabeza y volvimos a estar en el patio de la gran casa.
—¡Abuelo, tenías razón, tu máquina es mágica, todo lo que vi era maravilloso! —grité y abracé al anciano, y entonces lo vi reír, feliz como nunca y todavía, tantos años después, lo recuerdo así.

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