viernes, 30 de octubre de 2015

Castigo divino - Marcelo Sosa & Héctor García


La noticia corrió como suele correr: a mil por hora. Los rumores y chismes eran ciertos. Le habían puesto los cuernos, lo andaban gorriando, lo pasaban como alambre caído. Era un goyo, un astudo, un venado, un reverendo cornudo consciente. ¿Pero a quién se le ocurrió casar a la mejor hembra del Olimpo con el dios más feo? No hacía falta irse a Delfos a ver al oráculo. Todos sabían cómo iba a terminar esto. Y así como la violencia genera más violencia, las trampas de Afrodita y Ares devinieron en un maquiavélico ardid del marido engañado. Hefesto, dios de la herrería y las cornamentas, tejió una red con hilos invisibles y la tendió sobre el lecho donde los amantes calenturientos saciarían sus irrefrenables instintos. Al cabo de un rato de esperar agazapado, los atrapó cual mojarras mojadas y resbalosas. Así, los infieles, como habían venido al mundo, con sus vergüenzas en la pampa, fueron exhibidos ante los demás dioses como prueba irrefutable de su relación ignominiosa.
Sin embargo, el tiro amenazó con salirse por la culata. Más de uno de los presentes deseó estar en el lugar de Ares. La carne es débil, pero en el Olimpo lo fue aún más. Prueba de ello es la sentencia de Zeus:
—Bueno, bueno, bueno —comenzó, mientras hojeaba unos manuscritos polvorientos y ponía cara de concentrado—, por el artículo ciento cuarenta y seis, inciso d, párrafo segundo, te sentencio, maldito Ares, a sufrir sobre tus lomos la ira de mis truenos y bla bla bla —y acto seguido levantó la vista por sobre la montura de sus lentes y oteó los semblantes de los presentes; por supuesto, nadie presento objeción.
—En cuanto a ti, Afrodita —continuó con voz atronadora el Cronida, y la furia cubrió de rojo su rostro majestuoso—, tu condición de compañera de Hefesto te pone en serios aprietos. Dada la gravedad del asunto, propongo al resto de los olímpicos que apliquemos el castigo a puertas cerradas y en ausencia de la parte interesada.
Ante este fallo, todos asintieron sin chistar, aun el mismo Hefesto, que enseguida rumbeó satisfecho hacia la salida. A sus espaldas, desde el bello Dioniso hasta la vengativa Hera lanzaban miradas y sonrisas lascivas a Afrodita, quien, lejos de asustarse, parecía responder con entusiasmo a sus tácitas invitaciones. Minutos más tarde, los gritos y gemidos de la diosa del amor le daban a entender al viejo herrero que pronto su cabeza se vería libre de adornos óseos.

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