jueves, 22 de octubre de 2015

Feliz cumpleaños - Héctor García & Omar Chapi


Cuando los vecinos empezaron a ver que la cuadra se llenaba de autos y de motos, habrán imaginado que algo raro pasaba. La verdad es que yo también pensé lo mismo, sobre todo al notar que la caravana de invitados entraba con más botellas de alcohol que cajas de pizza.
Nunca fui amigo de los grandes festejos; unos mates y un poco de torta con los más cercanos para mí eran cosa más que suficiente, o en todo caso una cena tranquila, con algo de cerveza o vino. «Cambiá esa cara, che, que no todos los días cumplís treinta», me decían mientras me saludaban, y yo —¿qué otra cosa iba a hacer?— me encogía de hombros y les daba paso. A las doce de la noche el departamento estaba colmado de gente. Pero no de cualquier gente. Si uno miraba de qué forma comían y bebían, parecían, no sé, cerdos, o algo peor. La mesa, el piso y los muebles estaban cubiertos del queso que se chorreaba de las pizzas, y cada tanto alguno agarraba un puñado y se lo metía en la boca. Los vasos, llenos de líquidos de todos los colores, circulaban por todos lados, a veces llegando a buen puerto, pero otras aterrizando y desparramando bebida y pedazos de vidrio por todas partes. Además el griterío, sumado a la música a todo trapo, me daba dolores de cabeza y me hacía temer la reacción de los vecinos.
Divagaba en esos pensamientos, cuando de golpe sonó el timbre y al instante se hizo un silencio escalofriante, casi diría que sobrenatural. Preparado para recibir a algún vecino molesto, o incluso a la policía, abrí la puerta y descubrí que no se trataba ni de lo primero ni de lo segundo, sino de un extraterrestre. Al principio creí que se trataba de un androide, de esos que aseguran están ensamblando los países desarrollados, con esa traje de estatua humana, ¿qué otra cosa podía parecer?; tentado estuve a invitarle a pasar a tomarse una tasita de café —como para salir de la duda—, pero él se me adelantó con una afirmación más desconcertante todavía.
—Está invitado al cumpleaños—, el sonido ahuecado de su voz me hizo reír a más no poder.
—¿Qué? —pregunté, mostrando sorpresa una vez recobrada la compostura.
—¿Usted es Flavio Fellini, cierto? —Interrogó, quitándose el casco.
—Si — gagueé, mirando por primera vez su rostro.
Fue el instante en el que me di cuenta que estaba ante un ser del espacio y no lo podía creer, con tanto tiempo mirando esas animaciones televisivas de extraterrestres, hasta me había convencido de que esa era o tenía que ser su apariencia real, pero no; éste era mucho más parecido a nosotros, excepto por la voz, que no dejaba de ser inteligible.
—Venga, lo estamos esperando —aseguró y hasta creo advirtió mi deseo de negarme a acompañarlo. —No nos haga esperar —insistió.
Debe estar loco, pensé; pero ya estábamos camino, aquel ser tenía algo que me quitaba la voluntad y me incitaba a seguirlo. De todas formas: farra es farra. Atravesamos la calle atestada de autos e ingresamos en el salón lleno de extraterrestres que parecían mirarme con hambre, se pusieron de pie en completo silencio, expectantes. Al fondo, sentado a la mesa esperaba el cumpleañero.
—Flavio Fellini—, me saludó poniéndose de pie. Fue el saludo más cálido que recibí de un caníbal antes de la cena.
—Feliz cumpleaños —le deseé.
Luego pasé a formar parte de sus alimentos. Solo espero —como venganza—, causarle por lo menos una buena indigestión.

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