martes, 6 de octubre de 2015

Obsesión - Marcelo Sosa & Lucila Adela Guzmán


Luego de que Kutina le hiciera frente por primera vez a Canejo, se desató una ola de violencia que terminaría en tragedia. No era para menos. Lo había mandado de bruces al suelo con un palo medio encendido y no solo le hizo perder el conocimiento sino que también lo quemó como si fuera un sapo. A él, a Canejo, que tan bueno era a la hora de repartir piñas, de voltear contrincantes, de gritar a los cuatro vientos cuán macho vino al mundo. Sus récords se diluyeron aquella vez y de la noche a la mañana se convirtió en el hazmerreír del pueblo. No hubo restricción judicial que aplacara sus ansias de vengarse de su ahora indómita esposa. En realidad, nunca entendió —no estaba en su esencia— que Kutina ya no le tenía miedo. Y así fue que cada vez que lo soltaban del obraje volvía a la casa como toro embravecido exigiendo un respeto que había quedado en el pasado. Y así fue que Kutina lo esperaba para molerlo a palos, sacudirlo a azotes o simplemente trompearlo y patearlo como otrora él lo había hecho con ella. Las cosas se pusieron peores cuando Canejo creyó controlar la situación matando a su suegro con un machete. Don Anselmo era un viejo medio ciego y del todo sordo que pasaba sus tardes recordando viejos tiempos, tiempos en donde él era amo y señor indiscutido de la casa. Ah... Si el viejo hubiese perdido el olfato junto con sus otros sentidos tal vez seguiría respirando como hacen los vivos, pero a los siete días de muerta, el cuerpo descompuesto de Kutina se había hecho notar en el aire y reclamaba lo básico: un entierro cristiano. Canejo no tuvo más remedio que matar a su suegro para evitar así otra denuncia, esta vez una denuncia más seria y grave. Ya no sería el histérico reclamo de otra mujer golpeada que esgrime entre llantos sus desdichas para convencer al juez de elevar una orden de restricción. Pobre Canejo, macho incurable si los hay. Ahora son dos los que esperan con ansias la hora de su regreso al hogar, y son dos los que se ensañan con su cuerpo maltrecho. Ni aún así el hombre se ha dado por enterado. Aún después de años de golpizas y flagelos los espíritus de Anselmo y Kutina no han logrado doblegar al obsesivo Canejo que sigue volviendo a casa con todos sus bríos, abriendo la puerta a los golpes, entrando como toro embravecido exigiendo el respeto hacia su hombría que parece ser una cualidad inexistente en el mundo de los muertos.

Acerca de los autores:
Marcelo Sosa
Lucila Adela Guzmán

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