domingo, 15 de noviembre de 2015

Arte, arte, arte – Alejandro Bentivoglio & José Manuel Ortiz Soto


―Señor Duchamp ―dijo el curador―, algo terrible ha sucedido.
―¿De qué habla? ―preguntó Marcel, que estaba clavando una maceta sobre un pedazo de cemento para crear la obra perfecta.
―Alguien orinó sobre su trabajo. Creyó que era el baño.
―¿Está seguro que no era un happening? ¿Una reacción de un intelectual ante el impacto del ready made?
―No, me parece que se había tomado unas cervezas de más.
Marcel Duchamp continuó clavando la maceta. A cada golpe pensaba en la infinidad de caminos que pueden conducir al arte. Caminos que, no lo dudaba, podrían terminar en laberinto. El detalle estriba, se decía, en la capacidad de diferenciar un orinal de un ready made, sin que importe cuántas cervezas hayas bebido.
Esa misma noche, el velador hizo de la maceta un cenicero y un gato negro cagó en ella. La crítica especializada consideraría más tarde aquellos detalles sublimes y significativos.

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