sábado, 7 de noviembre de 2015

La casa está limpia – Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


Fui testigo de un incidente muy desagradable. Tefurkas era humillado por una mujer sin rostro que 
lo ató con una cuerda, le puso un palo en la boca y lo usó para limpiar el piso de la sala. Wycigallo movía la cabeza y nos miraba como diciendo: “Esto es lo que se logra atiborrando con estupideces la sesera de los que van a los servicios todos los domingos”. Pero no dijo nada. Yo sabía lo que estaba pensando porque sé leer la mente, pero ningún tribunal aceptaría una declaración de ese talante. Finalmente, cuando la mujer sin rostro dejó de arrastrar y sacudir al pobre Tefurkas, Fortuny dio un paso hacia adelante y dibujó con carbonilla las facciones de la mujer. 
—Me llamo Rosie —dijo ella cuando pudo hablar.
“Rosie, no te detengas”, sé que pensó Wycigallo, “el canalla de Tefurkas merece un servicio premium”. Como impulsada por un resorte, la chica saltó sobre la espalda de Tefurkas que me imploraba piedad con mirada angustiosa, pero yo no podía hacer nada, salvo admirar la destreza de Rosie con aquellas cuchillas tan afiladas y espantarme por la cantidad de sangre que empezó a salpicarlo todo. Fortuny pareció ausente un buen rato, me miró pensativo y dibujó junto a mi mano un teléfono y una botella de whisky. Después, indolente, como si todo aquello le aburriera, esgrimió una enorme goma de borrar. Yo estaba completamente borracho cuando llegó la policía, pero Rosie les dijo que no había de qué alarmarse, mientras les mostraba la casa en orden. Al pasar junto a mí, pateó con disimulo una mordaza para ocultarla bajo el sofá y me guiñó un ojo.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

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