lunes, 31 de agosto de 2015

Cerrilidad – Sergio Gaut vel Hartman & Daniel Alcoba


Las criaturas del fango emergieron sacudiendo las patas y atraparon a Valder antes de que el blátido alcanzara la novena casilla del tablero. Valder había prometido hacer de Samsa en una obra escolar, para lo cual intentó conseguir el disfraz correspondiente en una de las grandes tiendas del pantano, pero no tuvo en cuenta que los engendros lovecraftianos toman el té con la puntualidad de los personajes de Wonderland.
—No irás a ninguna parte —dijo Nyarloztharet con una voz tan profunda y pedregosa que Valder se hizo encima. También se le descontrolaron las enzimas.
Seis patas, dos élitros, dos alas, dos antenas como floretes detectando sabores, olores, sonidos, suelen enfangarse macabra —o macabeamente— en la jalea para la última pesadilla.
Las hormigas no perdonaron a Valder ser cucaracha y lo arrojaron a un estanque de miel de azahares y madreselvas, sumiéndolo en un placer donde se enviscó para siempre.

Acerca de los Autores:
Daniel Alcoba
Sergio Gaut vel Hartman

Entre lápidas y tumbas te amarán - Marcelo Sosa & Luciano Doti


Ambos estaban en pareja, pero como siempre ocurre en estos casos, el diablo terminó metiendo la cola. La primera vez que se vieron, sus miradas se enredaron en una maraña de saludos y palabreríos sin sentido. La consigna era devorarse con los ojos. Luego llegarían los disimulados roces de manos, el codo, los pies. Un brusco pisotón fue recibido con tanto beneplácito que ninguno de los dos pudo evitar ruborizarse. Esa acción cargada de libido reprimida expresaba el deseo irrefrenable de hacer contacto físico a cualquier precio. Sus respectivos cónyuges eran de armas tomar. Lo sabían, pero nada importaba ya. Era cuestión de tiempo, un par de llamadas y la intercesión de alguna celestina para consumar el hecho. Sin embargo, el azar quiso acortar el camino y los encontró en el cementerio de los judíos, en el panteón de la familia Garfunkel, cuya puerta estaba sin llave desde hacía mucho tiempo.
Él la arrojó sobre uno de los ataúdes. Al fin había llegado el momento de perpetrar lo planeado durante tanto tiempo. 
Unos adolescentes góticos que paseaban por el lugar los vieron. Muy pronto divulgaron la novedad: con ribetes de leyenda urbana, hablaron de dos vampiros amándose en el camposanto y de un ritual diabólico. 
La leyenda llegó a oídos de los dos amantes. Ella pensó en lo de diabólico y en el diablo con sus cuernos, y al relacionar esos cuernos con los de su marido impotentemente armado, rio con ganas.

Acerca de los autores:

El acto del suicida – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Núñez decidió suicidarse tirándose al mar. Pero el salvavidas lo vio desde su pequeña torre, corrió ante la mirada de todos y nadó hacia él.
—¡Lo rescataré! —dijo el fornido hombre—. ¡No se preocupe!
—¡No, yo me quiero morir! —dijo el otro, escupiendo agua.
El salvavidas lo tomó, pero Núñez logró acertarle un puñetazo en el rostro. El agredido estuvo confuso unos segundos, aunque rápidamente devolvió el golpe.
Nadie prestaba atención a la gresca.
En dos minutos las cosas empeoraron, el suicida enloqueció, mordió en el cuello a su contrincante y consiguió desangrarlo. La víctima alcanzó a soltar una especie de maldición. Finalmente Núñez le hundió la cabeza en el agua.
El asesino caminó hacia la torrecilla, arrepentido por lo que había hecho porque ya no podría morir. Tendría que ocupar el vacío dejado por el salvavidas. Evitar que otros pereciesen hasta que algún idiota desagradecido le asesinara.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Alejandro Bentivoglio

jueves, 27 de agosto de 2015

Encuadre terapéutico – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


El terapeuta contempló a su paciente con ojo agudo.
—En mi enfoque —dijo—, lo que siente el terapeuta es importante. No sólo remite a su historia personal, sino también al sistema en el que emerge ese sentimiento, ¿comprende?
—Más o menos —respondió la paciente—. ¿Puede darme un ejemplo?
Ya en el bar “Te contamos todo”, terapeuta y paciente habían profundizado en sendos vasos de vodka con ron, además de rizar el ejemplo desde varios ángulos.
—¿Cómo se llama este trago?
—“Bikini Open” —respondió la paciente.
—Veamos qué opina su esposo sobre todo esto.
—Yo también voy —exclamó el barman, saltando por encima de la barra.
El esposo de la paciente abrió la puerta y quedó de una pieza al ver al terapeuta y al barman. Pero ella le explicó someramente de qué iba la cosa.
—En el enfoque de Carlos, lo que siente el terapeuta es importante, ¿entendés?—. No sólo remite a su historia personal, sino también al sistema en el que emerge ese sentimiento.
—¿Y qué siente? —dijo el marido.
—La autorreferencia —se apresuró a decir el terapeuta—, es un triunfo para mí, no un handicap, ¿lo capta?
El marido y el barman movieron la cabeza.
—¿Y ahora qué sigue? —dijo la paciente.
—Vayan a la cama. Yo los observo y, eventualmente, intervendré. Tengan en cuenta que he reflexionado larga y profundamente sobre los problemas del observador y el cambio.
—¿No debería hacer venir a mi amante? —preguntó el marido.
—¡Por supuesto! —dijo Carlos—. Siempre que su esposa esté de acuerdo.
—Siempre que sea beneficioso para el encuadre terapéutico —suspiró la paciente—, acepto.
La amante del marido llegó en menos de diez minutos; era la manicura de Hair Fashion Style. Al principio todo fue de maravilla, pero solo porque el terapeuta se limitaba a observar. Cuando no pudo contenerse e hizo sentir el peso de su intervención, la cama se rompió.

Acerca de los autores:

Empatía - Lucila Adela Guzmán & Raquel Sequeiro



El neurocientífico supuso que estas neuronas espejo desempeñaban un importante rol dentro de las capacidades cognitivas ligadas a la vida social del Homosapiens twitero del siglo XXI En sus escritos inconclusos leemos:
1) Comunicando tristeza: Frase lacrimógena. Combinación binaria. Carita triste Dos puntos abro paréntesis .Neurona espejo activa estado melancólico
2) Comunicando alegría: Frase risueña. Combinación binaria. Carita alegre Dos puntos cierro paréntesis. Neurona espejo activa estado feliz
3) Comunicando amor: Frase melosa Combinación binaria Corazoncito Alt. Tres. Neurona espejo activa estado...
Las neuronas espejo se amotinaron, negaron su existencia y borraron el azogue que les quedaba entre las interdimensiones de los dos hemisferios cerebrales. Jugaron a la guerra y perdieron. Asi fueron capturadas.
4) Comunicando… bip, bip, bip… Dos puntos, abro paréntesis.


Acerca de las autoras:
Lucila Adela Guzmán
Raquel Sequeiro

domingo, 23 de agosto de 2015

Disfuncionalismo doméstico - Cristian Cano & Alejandro Bentivoglio


—Te digo que si en alguna oportunidad entro a casa y tengo la más mínima duda, ¡le pego una paliza que lo dejo mormoso! —dijo Selva.
—¡Oh! ¿Así lo tratás a tu pibe? —dijo su amiga.
—¡25! El que sigue... —gritaron.
—¿Pero, vos nunca te fumaste un porro?
—No —dijo Selva. Segundos después llegó su hija.
—Mami, mami. Cristian me retó y está haciendo artesanías en el medio del comedor. Tiene los ojos rojos...
—Ahora me va escuchar, quedate en la fila —dijo Selva.
—No seas bestia, son cosas de chicos.
—¿Mi hijo fumón? ¿Vos me estás cargando? ¿Te parece que si la gente del barrio lo sabe vamos a poder mantener vivir tranquilos? Ya bastante tengo con que se alimente del Banco de Sangre. Ni loca, yo le voy a dar un par de bifes ya mismo.
Sin esperar más, Selva salió del local echa una furia. Apenas vio a los vampiros habituales que se amontonaban en la fila, a la empleada que sacaba una jovencita adolescente rebosante de sangre de una jaula y que entregaba al ansioso número 25.

Acerca de los autores:
Cristian Cano
Alejandro Bentivoglio

Mucho cariño - Ada Inés Lerner & Carlos Enrique Saldivar


Un empresario de Titán firmó hoy un contrato con nuestros gobiernos para estudiar la instalación, en el futuro, de una industria de pequeños robots cariñosos. El Ministro del área afirmó que este tipo de máquinas hacen sonreír a la gente y esto es bueno para la salud pública. La Directora de RRHH dijo que el «Noni» saldrá a la venta en febrero en Titán. «Noni» brinda cariñitos suaves con las manos y emite susurros y otros ruidos. El producto resulta un éxito en todos los mundos, sobre todo en la Tierra. Los Nonis se venden por millones. Casi todos los hogares del sistema tienen, al menos, un Noni. Surgen ciertas complicaciones: los nonis son excesivamente cariñosos, los individuos abusan de aquello hasta límites perversos, argumentan ser correspondidos por los robots. Hace unos meses se autorizaron los matrimonios entre humanos y nonis. Hoy se apreciará el nacimiento del primer bio-noni.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Entes - Raquel Sequeiro & Sergio Gaut vel Hartman


Cuantas veces escapó a su destino, otras tantas le persiguieron por zócalos y ventanas. Por momentos creo que estoy loco, pero es la brevedad de mi ser agotado y perseguido, quien se transforma en un demente. Juego con la luz, con la intermitencia de cada túbulo engendrado en el Vacío y los pequeños átomos cosquillean entre las homeomerías de las cosas. La torre está cerca y los buitres escrutan el aire, las águilas sobrevuelan en vuelo rasante. Todo lo que queda del castillo es una torre y unas cuantas piedras amontonadas (bastantes, diría yo). Por el aire cruza una saeta. Mi cuerpo alternativo es alcanzado y muere. Yo logro fugarme, desencarnado. Doblo la apuesta y cierro el juego. La luz se apaga y los túmulos languidecen hasta ser menos que fláccidas lombrices de tierra. Vivo el resto de la eternidad entre las ruinas. A veces soy buitre o águila.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Sergio Gaut vel Hartman

Aquella chica – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


La chica muerta es hermosa. Por eso nadie ha objetado que la desenterremos y nos dediquemos a los actos de necrofilia más indescriptibles. La chica fallecida nos dice, además, que todo está bien, que en la muerte solo se siente frío y el amor es desconocido. Que la tierra late, pero no hay nada cálido en ella, solo huesos y seres inmundos, que los cuerpos son más necesarios ahora que incluso en vida. Sus palabras nos conmueven, nos miramos entre todos, dudando, no obstante, decidimos seguir con lo nuestro. La tocamos, la acariciamos, la besamos; yo, siendo el líder, me bajo los pantalones primero e intento hacerle el amor… pero me detengo. Ella me dice que no importa, que cuando vivía padeció todo tipo de sufrimientos, que ya no le duele, que me aproxime y la posea sin temor. Nos sentimos tristes; muy arrepentidos, la abrazamos, nos enamoramos todos a la vez de esa gélida muchacha. Con mucho cariño la acomodamos de nuevo en el cajón. Después uno a uno nos despedimos de ella. Luego la ponemos otra vez bajo tierra y le deseamos lo mejor.
Ahora cada día visitamos su tumba. Le dedicamos canciones, relatos, poemas. Las lágrimas siempre nos acompañan en cada visita. Algunas personas, conmovidas, nos preguntan si era la novia, la hermana, la amiga de uno de nosotros. Les respondemos que nada de eso, que simplemente es la mujer más dulce y tierna que hayamos conocido jamás.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Alejandro Bentivoglio

sábado, 15 de agosto de 2015

Platero y nosotros - Juan Ramón Jiménez & Daniel Frini


Platero es pequeño, peludo, suave. Hace doscientos años llegó de Antares y no sabemos si aún vive. Desconocemos su química basada en el azufre, tan diferente a la nuestra.

Acerca de los autores
Juan Ramón Jiménez

El perro de Arnaldo - Rolando José di Lorenzo & Patricio G. Bazán


El perro miraba todo lo que hacía el viejo Arnaldo, seguía sus pasos como podía, porque los dos eran antiquísimos, nadie imaginaba cual era más viejo. Parecía que el viejo estaba cumpliendo una misión y no de los últimos tiempos, eso le venía de lejos, aunque nadie sabía de dónde ni qué era. Solo el perro parecía saberlo, pero no decía nada, o no le entendían. Josito, un niño que vivía en la casa de al lado, era el único que parecía entender al perro, de tanto jugar con él, o tal vez por las condiciones especiales que el niño tenía. Una tarde, a pedido de su padre, se sentó en la vereda e interrogó al perro:
—¿Qué hacen ustedes dos?
El perró lo miró a los ojos antes de contestar. —El viejo purga sus penas, aunque le quedan pocas.
Josito entendió —en ese idioma que solo emplean los puros— que Arnaldo debía enmendarse antes de partir.
—¿Y vos?
—Lo cuido, para eso vinimos a este mundo. Vos y yo.
Josito asintió. Lo mismo pensaba de su padre: todo el día con la botella, repitiendo: “¿por qué a mí?”.
—Los seres como nosotros tampoco duramos mucho, así que volvé con tu padre y abrazalo fuerte. ¿Entendiste? 
Desde entonces, Josito cuidó a su papá, apartándole la ginebra y mirándolo con ojos de perro, hasta que dejó de beber y lo aceptó como hijo.
Quiso contárselo al perro, pero este había desaparecido cuando murió Arnaldo.

Acerca de los autores:

Más Sandunga que Fandango – Héctor Ranea & Lucila Adela Guzmán


—Si el baile tuviera pelos sería una peluquita de porcelana —dije a mi compañero de baile, poco afecto a llevarme como la gente.
—Si usted supiera bailar tendría menos labia y mejores zapatos, señorita —me contestó zahiriendo con mal talante.
A partir de ahí los acontecimientos se desarrollaron con la violencia de menaje en plena caída libre. Sus pelos de loza se dieron contra mis rodillas de cristal de roca y entre cortes, quebradas y suaves ochos sensuales terminamos deseándonos buenas noches en el fregadero.
A la niña infierno que jugaba a hacernos bailar se le había dado por inventarnos un amor, se le había dado por endilgarnos estúpidas voces dichas en falsete y no satisfecha aún, imaginaría esta coreografía intempestiva entre nuestros cuerpos de miniatura. ¡Maldita niña! En cuanto su abuelo murió, dejando caer de sus manos las llaves de la vitrina, nosotros dejamos de ser colección intocable.

Acerca de los autores:
Lucila Adela Guzmán
Héctor Ranea


martes, 11 de agosto de 2015

Avatares eventuales - Manuela Fernández Cacao & Sergio Gaut vel Hartman



Etelvina Luzuriaga Menezes, ochenta años, viuda y virgen, conoció a Jürgen Kruchuzov en uno de esos lugares de Internet para solas y solos. Por cierto la anciana que se presentó como Vanesa Del Río, de diecinueve años, y puso la foto de una modelo sueca que encontró en un sitio de rubias espectaculares. Y también hay que resaltar que Jürgen no era el verdadero nombre del estibador correntino Indalecio Soto, depredador serial de damiselas un poco perturbadas. No obstante, merece destacarse que dos falsedades pueden hacer una verdad. Vanesa y Jürgen se enamoraron perdidamente, dejando a Etelvina e Indalecio relegados a un segundo plano, dotándolos de una suerte de inexistencia.
Pero el amor siempre pide más y el ciberespacio ya no les era suficiente. Ciegos por el deseo decidieron quedar una noche. La cita sería en un hotel, ella aguardaría en la habitación dejando entornada la puerta, él entraría en silencio y entre sábanas fundirían su amor.
Esa noche llegó y en la penumbra, con la complicidad de las sombras, Indalecio se dirigió al lecho donde entre cojines y dosel intuía reposar su amada. Sus pasos retumbaban en los oídos de Etelvina que sin verle iba notando su presencia cada vez más cerca. Cuando llegó junto a ella, muy suavemente, se inclinó hasta apenas rozar los labios, después unieron las manos, y las caderas más tarde, y comenzaron a tocarse y a besarse desenfrenadamente y sus latidos se hicieron uno, sin hablar, en la connivencia de la noche. Sus cuerpos sudaban y respiraban a un ritmo como jamás antes. Se sentían etéreos, espíritus sin cuerpo. Se oyó: “Jürgen, he esperado toda mi vida a alguien como tú, vayámonos lejos”. Y tomados de la mano, desnudos, irguieron sus cuerpos y muy pausadamente fueron desapareciendo en la bruma que entraba por la ventana hasta que solo se divisó el destello de una melena larga y rubia disolviéndose en la nada.

A la mañana siguiente, el forense certificó la muerte de dos ancianos en la habitación de un hotel. Paro cardíaco, ambos, señaló moviendo la cabeza extrañado. 

Acerca de los autores:
Manuela Fernández Cacao
Sergio Gaut vel Hartman

Los desclasados - Claudia Isabel Lonfat & Marcelo Sosa


Martiniano A. B. destapaba la penúltima botella de whisky etiqueta negra, mientras se acomodaba los tres pelos que le quedaban y que estratégicamente formaban un jopo aristocrático. Sus hijas, Catalina y Dolores, vareaban a sus yeguas pura sangre por el campo, ajenas a los problemas que se avecinaban.
—Es hora de casar a las chicas —dijo Martiniano a su mujer que ojeaba distraída una revista, la cual soltó para clavarle los ojos.
—Son demasiado jóvenes para casarse —contestó Eugenia, tratando de contenerse.
—Bueno, entonces nos vamos a hundir en la más absoluta miseria, ¿estás preparada?
Eugenia se revolvió en el sillón de cuero Chesterfield, traído de Inglaterra en el siglo pasado por su bisabuelo Charles D.
—He sido preparada para enfrentar avatares como este —respondió ella con tono extraño—. Ya he tomado los recaudos del caso. No permitiré que mis niñas terminen arruinadas. Haberme casado contigo fue un error, lo sabes, pero no hubo opción. Siempre supe que los caballos y el whisky acabarían con todo lo que heredaste porque como tu padre decía eres un inútil incurable.
Eugenia se levantó decidida y tomó las valijas que preparara la noche anterior. Se detuvo en el pórtico de la vieja casona y llamó a las niñas:
¡Nos vamos a casa del señor Anchorena!
Adentro, Martiniano A. B., se retorcía con estoica aflicción esperando que el arsénico descargara sobre su cuerpo tembloroso la última dosis de muerte.

Acerca de los autores:

La soledad y sus conflictos - Carlos Enrique Saldívar & Alejandro Bentivoglio


Cuando me siento abatido, medito en mi sala. La soledad se presenta desnuda frente a mí; luce hermosa, aunque triste. Me enamoro de ella rápidamente, no dejo de contemplar sus formas perfectas, su mirada perdida que no observa a ninguna parte, excepto, quizá, hacia el interior de sí misma. Corro a decirle palabras bonitas, la beso, la tiendo en mi cama, le hago el amor, pero no obtengo ninguna reacción de su parte. Esto podría ser un problema, pienso. Me detengo un momento. La soledad permanece expectante. Al diablo, me digo y sigo con mis ejercicios amatorios, ya he sido pareja de la tristeza y la desesperación, bien puedo arreglármelas con la soledad.


Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Alejandro Bentivoglio

viernes, 7 de agosto de 2015

Invisible - Ada Inés Lerner & Ana María Caillet Bois


Cuando él estaba, mi marido, hablaba solo; era el hombre. Luego se fue yendo de viejo y seco nomás. A mí me empezó a ser difícil obtener las palabras de mi pecho, y de soplones ajados, de tanto silencio que habían guardado, desaparecieron. También volaron los recuerdos y la memoria quedó maltrecha y vacía, lo mismo que los hijos, que dejaron de venir. Los adornos antiguos desaparecieron o se fueron rompiendo. Y hasta yo me fui borrando, como un dibujo ajado por el tiempo y el abandono. Nadie se percató, porque los viejos se van perdiendo o quedan en un rincón, invisibles; así quedé yo, sorda e inaudible. De vez en cuando sentía cosas, el viento que me rozaba, el calor del sol que calentaba mis frágiles huesos, la lluvia que me mojaba, pero solía pensar que soñaba. Si estaba adentro de la casa no me podía rozar el viento, ni calentar el sol ni mojar la lluvia. La vivienda, y todo el parque que la rodeaba, se volvieron invisibles, como yo; desapareció el cerco de entrada, ese que estaba rodeado de plantas para no ver el afuera, y los rosales que yo misma había plantado para dar un toque de color a aquella casa, siempre tan oscura como si nadie hubiera vivido en ella, se desdibujaron. Finalmente solo quedó un espacio vacío.

Acerca de las autoras:

Se busca cuerpo calloso - Lucila Adela Guzmán & Cristian Cano


¡Desgraciados! Es este perverso chip que me han implantado para desintegrar todas mis certezas. ¡Malditos! Ellos han atrofiado mi capacidad resolutiva y contaminado mi hemisferio derecho con chispazos de lógica y practicidad, mientras que al izquierdo lo han inundado con una exasperante capacidad de crear e imaginar sin límites.
Es desde aquél día que puedo entender al esquizofrénico, al psicópata y al paranoico; incluso podría actuar como ellos, si no fuera por la indecisión, la duda y un manojo de planteamientos absurdos, como este de creerme humano. Después de despotricar contra la pertenencia la boca se me secó: los labios frenaron deshidratados trabándose como la cubierta vieja de un coche abandonado. Me vi herrumbre en los dientes. Salí del baño y subí al primer deslizador que encontré. Directo al hospital municipal, le dije. Descubrí que no hay tiempo que perder. Eso creo.

Acerca de los autores:
Lucila Adela Guzmán
Cristian Cano

Horas extras - Ana Caliyuri & Raquel Sequeiro


Era una noche de otoño, Juan había decidido quedarse unas horas más, trabajando en la oficina. Su jefe no había conseguido que le pagasen horas extras por ello, pero al menos podría tomarse un viernes libre a cambio de los servicios prestados. Ya pasada la medianoche, una tormenta eléctrica se desató sobre la ciudad. Los truenos comenzaron a sonar fuertemente. Apagó las computadoras, tomó su abrigo, llamó al ascensor. Con celeridad se subió a él, apretó el botón de planta baja y luego todo fue quietud, oscuridad y silencio… Saltó tres constelaciones, un muro de hormigón y cuatro dimensiones. Se quedó atrapado entre un viernes y un lunes. Apretó el botón de emergencias.
No podemos atenderle, entre las 4 y las 6 el ascensor no funciona.

Acerca de las autoras:

domingo, 2 de agosto de 2015

El paquete completo - Sergio Gaut vel Hartman & Omar Chapi


Por pura casualidad había encontrado un oroset blanco y negro en el ropero de su dormitorio, lo que significaba que un aliano ki lo había elegido para ser un sujeto experimental. Corrían mil leyendas acerca del oroset, los alianos ki y los experimentos que hacían con los seres humanos, pero nadie había visto jamás a ninguno de ellos fuera del campo creado por la sustancia W, y que hubieran puesto los ojos en él era algo inesperado. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Se decía que los seleccionados viajaban al mundo de los alianos ki y allí eran felices para siempre, ya que en el paquete venía incluida la inmortalidad. Se colocó el oroset y esperó; sin embargo, nada sucedía. Algo impaciente, se acercó a la ventana sorbiendo una copa de Pájaro Azul; de pronto, sintió que su cuerpo adquiría una liviandad exquisita que, no sabía distinguir, si se debía a los efectos del licor ingerido o si había entrado en el territorio de los alianos. Solo había una manera de averiguarlo. Se decidió. Terminó la copa y abrió la ventana. Miró la ciudad interminable. Casi se sentía volar; ahora, creía que estaba en otra dimensión y que, sin duda, era inmortal. Veinte pisos más abajo pasaba la avenida llena de tráfico vehicular vertiginoso; sin titubear, tomó impulso y saltó al vacío, en el preciso instante en el que el aliano ki entraba en la habitación, gritando, justo a tiempo:
—¡Tienes que encenderlo!

Acerca de los autores:

Cierta paranoia – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Sospecho que nadie me sigue. Esto me tiene bastante inquieto. Todo el tiempo me doy vuelta, pero no veo a nadie. Nunca escucho pasos a mis espaldas, ni me acechan por las ventanas. Tampoco recibo cartas anónimas e insultantes o llamadas con terribles amenazas de muerte. Permanezco alerta, mas nadie parece interesado en hacerme daño, lo cual me preocupa muchísimo. Comienzo a estresarme, aunque mi cuerpo no se resiente, ¿cómo es posible que nadie quiera atentar contra mi persona? Camino por las calles, como un chiflado, pidiéndole a la gente que se compadezca de mí, que necesito recibir algún daño. Pero todos me desoyen. Intento cortarme las venas, sin embargo, llegado el momento, desisto de mi propósito. Mi salud se torna excelente, me siento demasiado bien; esto acrecienta mi temor. Finalmente el taumatúrgico bienestar me invade tanto que me hace reventar y perezco, con una mueca de absurda complacencia.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Carlos Enrique Saldivar

El último día - Laura Olivera & Köller


Había una ventana pequeña, en lo alto: se estiró tanto como pudo y, en puntas de pie, alcanzó a ver un pedazo de cielo pálido, apenas anaranjado: sabía que aquel era su último amanecer. Ensimismado y triste, con un llanto apretado en la garganta, Silverio contempló el débil reflejo del sol en las nubes; el aire tibio de la mañana le llenó el pecho de nostalgia. Se sentó en la cama y esperó, pensativo.
La llave traqueteó en la cerradura con la puntualidad de siempre y Armando entró con un sigilo particular: le entregó el jarrito y salió rápido, como si se escondiera. Se veían todos los días, como todo preso a su carcelero, y habían llegado a ser amigos.
Se tomó el té intentando saborear cada gotita; focalizó en cada respiración y observó la celda contemplando hasta el más mínimo detalle. Sin embargo, no pudo evitar que el recuerdo de aquella fatídica noche le atrapara la mente: los gemidos de Ruth, aquel monstruo roñoso que se balanceaba sobre ella, el estallido seco seguido del calor de la explosión en su mano derecha y la mancha de sangre sobre la pared. Si al menos la vida le diera una chance para redimirse, pensó mientras se secaba las lágrimas.
Armando lo miró contemplativo desde la puerta de la celda, como si pudiese leerle el pensamiento.
—Ya sé lo que estás pensando —dijo con voz firme—, que merecías otra oportunidad. Sin embargo, a veces… —Silverio alzó la mano para que hiciera silencio.
—Yo no la maté —interrumpió.

Acerca de los autores:
Köller