lunes, 28 de septiembre de 2015

¿Viste la última de George Lucas? – Héctor Ranea & Sergio Gaut Vel Hartman


—¡Está buenísima! Empieza con una voz que narra: érase una vez que se era, un hombre a una nariz pegado... o no... esperá, era así: érase que se era un hombre con la nariz pegada a la borborigmia, la planta que poseen los malditos latimperialistas. Hay que erradicarla de sus planetas para que los buenos no se sigan intoxicando. Después sigue un encuadre bien a la Lucas, mostrando una ciudad del planeta Menguez, donde viven los buenos; se parece a Nueva York, ¡Cool! Y se detiene sobre un par de esterotigmas latimperialistas de seis patas, chupando borborigmia. Me salteo la parte del medio porque es aburrida y aunque no se debe te cuento el final. El hombre de la nariz pegada de borborigmia se enamora de la botánica que está clasificando la flora de Menguez y viceversa. ¿Podés creerlo? Nunca vi algo tan original. ¡No te la pierdas!

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Turismo – Ada Inés Lerner & Luciano Doti


Muchos años después, abordé la nave que me llevaría como turista a Marte. La Tierra y sus conflictos bélicos me habían saturado y ya no sabía cómo se podía arreglar estos zafarranchos armados por los poderes económicos de turno, que además siempre son los mismos. 
Los paisajes celestiales fueron maravillosos aunque empalidecidos por los comentarios sobre el Sol y sus cambios de polaridad y la basura que los terrícolas veníamos enviando desde hacía décadas, la cual ya había empezado a contaminar al planeta rojo. Y no era sólo basura lo que exportábamos, también el fenómeno conocido como globalización había llegado allí. La colonia marciana se parecía cada vez más a una ciudad terrícola. 
Acepté con resignación que los humanos reproducíamos nuestro comportamiento en cualquier lugar que nos tocaba habitar y me fui a comer una hamburguesa en la primera sucursal de McDonald’s en Marte.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Luciano Doti

El jugador del peligro - Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Tomo el veneno y corro hacia el antídoto. Lo hago cuando estoy aburrido. Me gusta probar que estoy en buenas condiciones. Así que cada vez voy dejando el antídoto más y más lejos. Me gusta pensar que quizás podría no llegar la próxima vez. Lo cual hace más emocionante sentir la mortal botella de veneno en mis manos. El calor del líquido y saber que apenas trague, habré de correr. Decido probar el juego en la calle. Dejo el antídoto a tres cuadras; no hay nadie, es de noche. Me tomo el veneno y emprendo la carrera, aunque tropiezo con una piedra. Cojeando, llego al objetivo, pero el frasco no está ahí; un perro lo ha cogido con su hocico y se lo está llevando. Intento darle alcance, mas no puedo. Me desvanezco. El can se acerca y orina sobre mí. He perdido, y de la peor manera.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio

jueves, 24 de septiembre de 2015

Fantasmas en el jardín – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Desde 1714, los alemanes con inquietudes espirituales estudiaban para ser curas en el seminario Joseph Ratzius Aloisinger de Dresde. Llegó el nazismo y el lugar se transformó en liceo, el sitio en el que los jóvenes de la Neue Deutschland se preparaban para perpetuar la raza con eficiencia. En nuestros días, convertido en escuela de primeras letras, los maestros toman precauciones para que los niños no se asomen a las ventanas y vean paseándose por el jardín a los fantasmas de los prisioneros de Auschwitz enfundados en sus trajes a rayas. Una buena sexualidad en la infancia, asegura el director, Arnold Negger-Schwartz, es la base de una futura vida feliz.

Acerca de los Autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Moco azul – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


—Me siento como un león enjaulado —dijo Reivaj. Era el primer zepol que se pescaba una gripe desde que esos malditos invasores pusieran un pie en la Tierra. Yo sonreí para mis adentros y celebré que la acetilcisteína resultara inocua para el organismo de los depredadores. La primera luz de esperanza acababa de encenderse. Pero mi felicidad duró lo que se tarda en escribir “la primera luz de esperanza acababa de encenderse”. Los zepol son telépatas y mi captor pudo leerme como un libro abierto—. No te pongas tan contento, terráqueo —dijo Reivaj soplando ruidosamente en un gran pañuelo de papel; el moco era azul—. Nosotros también hemos leído las obras de Friedrich Nietzsche. —Y continuando lo dicho con una acción efectiva, extrajo otro litro de sangre de mi cuerpo y se lo inyectó de inmediato. Si hubiera tenido boca, el muy villano, habría sonreído.

Acerca de los autores:
Javier López
Sergio Gaut vel Hartman

No en el infierno – Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio


En mi mente se dibujó una imagen vívida e impresionante. Me encontraba encerrado en un pentágono de fuego, la cárcel final y definitiva.
—Helado de chocolate y crema de almendras —dije, por decir algo.
—Podrías gemir de terror —respondió ella, aunque quizá pensaba que yo era un cobarde. No le respondí y continuamos tendidos uno junto al otro, adormilados, torpes. Estaba listo para dormirme y dejar dormir a Millie para siempre, olvidando mi promesa... pero, en vez de hacerlo, le susurré al oído las tres palabras clave.
—Soy de la CIA —dije.
—Esas son cuatro palabras —dijo Millie—. Encima de infiltrado sos tarado.
No sé si me molestaba el insulto o que ella estuviese leyendo el texto del relato en vez de prestarme atención. Igual, la avanzada para sacar los recursos naturales del infierno, fracasaba por mi incapacidad de pensar con tanto calor y al lado de una diabla de generosa pechuga.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 20 de septiembre de 2015

Desayuno extravagante - Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Sofía soñó que trabajaba en una inmobiliaria y le estaba mostrando una gran casa señorial a Barak Obama, que en el sueño no era el presidente de los Estados Unidos sino un baskebolista de los Lakers a punto de retirarse de la actividad. De pronto, como saliendo de la nada, apareció un Rottweiler albino que saltó a la garganta del potencial comprador y se quedó con las carótidas y yugulares entre los dientes como si fueran tallarines.
Despertó. Mientras desayunaba puso la radio. Su sueño resultó ser tan extraño como premonitorio: Bo, la mascota de Barak, se había cruzado entre sus piernas mientras bajaba las escaleras de la Casa Blanca, produciéndole la caída y un accidente mortal al golpearse la nuca.
Lo que extrañó a Sofía es que los medios le dieran tanta importancia a la noticia. Por lo que sabía, los Lakers ya tenían poco que hacer esa temporada.

Acerca de los autores:
Javier López
Sergio Gaut vel Hartman

En el baile – Marcelo Sosa & Manuela Fernández Cacao


La banda se llamaba “Richard Valdéz y los Apasionados de Siempre” y para qué les voy a mentir, era lo más granado del género en aquel momento. Entramos con Cristian medio tarde pero fue suficiente para contemplar con asombro semejante fauna reunida en el viejo cine. Apenas ingresamos una veterana, sumida en un discreto estado de ebriedad, encaró a mi amigo para que bailara o lo que fuera con ella. Las ganas de “lo que fuera” se reflejaban en su cara con tanta nitidez y desparpajo que solo nos limitamos a huir de su lado totalmente agallinados. No pasaron ni cinco minutos cuando estalló la primera pelea. Un par de manotazos, empujones, novias ofuscadas que en vez de calmar los ánimos los enardecen aún más, y los policías que actuaron rápidamente. Vuelta la aparente normalidad nos paramos al lado de un flaco delirante, que parecía poseído por el demonio por su manera frenética de bailar ese ritmo sincrético, mezcla de cuarteto cordobés, cumbia, reggaetón con un dejo de rock nacional. Lo llamativo del caso era que el tipo, sin una pizca de sobriedad o vergüenza, bailaba solo y a los saltos frente a una columna dorada como si fuese su compañera. Era curioso como, en todo momento, todos los focos de la sala se dirigían hacia donde acontecía algo peculiar. La sincronía era perfecta. 
Fuimos hasta la barra y pedimos unas copas, el camarero hizo de cuenta que las servía pero de las botellas no salió líquido alguno. 
—Venga tío —dije yo, pero el camarero hizo caso omiso. Fue entonces que advertí que los vasos de la pared eran pintados y también las botellas, incluso las ubicadas en las estanterías. 
Las luces, una vez más enfocaron, otra escena. Esta vez era un hombre que corría entre la gente, y reconocimos quién era. Se trataba de Michael Best, un actor de moda. Todo era muy extraño, tanto que se justificaba que nos marcháramos. Nos dirigimos hacia la puerta de entrada, y cuando la empujamos, en lugar de la calle vimos una vieja máquina de proyecciones que apuntaba en nuestra dirección. Un estruendoso: —Eh, quítense de ahí —se escuchó por toda la sala unido a un montón de silbidos. No sabíamos de dónde venían esas voces. Alguien nos empujó de nuevo hacia el interior y la puerta fue cerrada de un portazo. Una mujer me tomó del brazo; era la ebria que se había lanzado sobre mi amigo, pero ahora estaba totalmente sobria. 
—¿Adónde se supone que van? —susurró acercándose a mi oído—. ¿Acaso han terminado la parte que les corrspondía?
En la sala, las luces continuaban enfocando a Best que ahora se fundía con una mujer en un espectacular beso. 
—Pero ¿qué es todo esto? —dijo Cristian—. Conozco este local desde que era un cine y en la entrada leí que hoy había baile, lo anunciaba en la antigua cartelera; decía exactamente: “El baile”. 
En ese instante los focos empezaron a apagarse y unas letras que aparecieron de la nada, como flotando en el aire, se hicieron cada vez más grandes y legibles, hasta que con total claridad se leyó: The end.

Acerca de los autores:

Como en el principio y siempre - Lucila Adela Guzmán & Carlos Enrique Saldívar


Sin cable, sin pilas, sin piedra naufragará la humanidad desabastecida. ¿Yo?, yo me olvidé. Sí, olvidé cómo y lo que es peor, ni sé para qué sirve la piedra, ¿para hacer fuego?
¿Quedará alguien que sepa amasar el pan sin tener que googlear las instrucciones? Ah... Ya nadie sabe hacer las cosas como eran en un principio; un principio que hace rato que dejó de ser «y siempre»; todas las abuelas se han desvanecido en lo virtual e hipnotizadas por los píxeles se la pasan jugando al candy crush. Yo me desconecté de Internet hace cinco minutos y ya he comenzado a sentir los achaques. He olvidado tantas cosas, cómo leer un libro, cómo besar a alguien, cómo reír, como llorar. Al menos tengo provisiones para sobrevivir por algún tiempo; comer, beber, excretar, dormir y luego la red.
«Esto el principio del fin», pienso, antes de dejar de pensar.

Acerca de los autores:

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Ascensor – Alejandro Bentivoglio & Alejandro Domínguez


El ascensor que va al infierno es inquietantemente lento. Varias veces hemos pedido que lo reparen, pero la administración nos mira con sorna y se ríen entre ellos. Luego nos dicen que lo harán, pero no lo hacen. Algunos sospechan que esta lentitud es parte de los castigos infernales, pero es imposible saber si estamos frente a planes del inframundo o a una administración que quiere ganar dinero con nuestras expensas sin hacer nada a cambio. Por eso le sugerimos tomar las escaleras. A pesar de que por esta ruta tardará una eternidad, evitará la aborrecible musiquilla y la incomodidad de tener que observar el contador para evitar el contacto visual con otros pasajeros hasta que se detengan. Esta opción suena fatigosa, pero después de un par de siglos ya ni sentirá las piernas. Hasta puede llegar a ser una experiencia que le cambie la vida. Ya verá.

Acerca de los autores:
Alejandro Domínguez
Alejandro Bentivoglio

Inimputable – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Maldito Huang He, me las va a pagar! —exclamó Serguei Bernardovich Gautmanov estrellando el vaso de vodka contra la mayólica.
—¿Huang He, el psicópata sexual? —Aquiles Ayax Sandovalipautas no salía de su asombro.
—El mismo hijo de puta y de Ging Sen y Ginko Bilova, una rusa que supo bailar desnuda en el Bolshoi secreto, ese que creó Lenin para los jerarcas del Partido allá por el 19.
—¿Tenía tres padres? Es decir, ¿un padre y dos madres, ambas putas? Porque a Gingko Bilova la conocí; era la hija putativa de Boris Godunov y Mala Bulova, una relojera de Samarkanda amante de Igor Stepanovich Katcheturia.
—¡Eso es imposible! —se impacientó Serguei—. Katcheturia era sobrino de Bashiel Popovna, jugadora de ajedrez disléxica y lesbiana que una vez le ganó a Alexandre Alexandrovic, un patán de carta mayor, hijo de Xavier Golomonosov.
—¡No te creo! Yo mismo asesiné a Alexandrovic en Sarajevo, un terrible reaccionario, una tarde de mayo del 22, por orden de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili. Jamás lo hubiera hecho de haber sabido que era hijo de Golomonosov. Xavier era mi amigo. Comimos hojas de remolacha hervida en la misma escudilla durante la hambruna del 21.
—No es ese Golomonosov. El que yo menciono provenía de una caravana perdida en Ulaan Bataar y nació en el odre de un camello de la virgen cachuba Myrian Bologonosovna, emigrada por sus afectos hacia Proserpion Balajirnov abogaducho de cuarta en el bufete del conde Rajaminov, hijo de Valentina Procnopirovna y su padre.
—¡Estás inventando! Todos esos son personajes de una novela de Fudor Duzdoieshki que tuve ocasión de leer cuando todavía era un manuscrito. Fudor permanece inédito porque los editores descreen que alguien con ese nombre y ese apellido pueda vender un libro.
—Ekaterina Bolgurova existe; fue mi amante —replicó Serguei enardecido—. Nació en el bufete Rajaminov pero era hija de Iektekila Mexicovna y Sebastian Pastrenajov. Ella pulía los bronces de Pavel Ignatievich Restrenovic, un mujik tuerto por la cornada de un jak, Jack el destripador, le decían a ese jak, aunque su especialidad eran los ojos. Y era tan especializado que sólo pinchaba ojos derechos. Es que había sido educado por los próceres de la Revolución.
—¡Honra a los próceres de la Revolución! —exclamó el lituano descorchando otra botella de vodka y sirviendo en nuevas copas.
—¡Honra! —respondió el kazajo olvidando todos los agravios y perdonando a todos sus enemigos gracias al proverbial sentimentalismo ruso. Ese fue el momento elegido por Huang He para entrar a la buhardilla que compartían Serguei y Aquiles.
—¡Hola, pedazo de bufarrones! ¿Cómo están? ¿Hacemos una orgía?

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Raza peligrosa – Ada Inés Lerner & Luciano Doti


Una numerosa y pacífica raza de extraterrestres se ha mezclado entre nosotros. Algunos han tenido que emigrar a otros puntos del planeta más tolerantes con su color de piel o sus rituales religiosos. Por eso varios viven en mi barrio. Su programación es muy rudimentaria: parecen venir especialmente a reproducirse y por eso andan detrás de cada humano que pasa. Nos hemos visto obligados a proteger a nuestros ejemplares con cinturones de castidad. Esto no los arredró porque poseen un probóscide flexible y finito. A menudo tuvieron que apañárselas lo mejor que pudieron con situaciones bastante peligrosas. Hembras humanas han reaccionado violentamente cuando al pasar frente a los extraterrestres recibieron miradas lascivas. Esto ha hecho que seamos considerados “raza peligrosa” y que el operativo de mestizaje interplanetario esté condenado al fracaso; salvo que aparezca una humana despechada y decida aparearse con cualquier espécimen que se cruce en su camino.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Luciano Doti

Para la posteridad – Ana Caliyuri & José Luis Velarde


La sala resplandecía por su esmerada limpieza. Los pisos de hielo enrocado permitían avizorar mi propia silueta a medida que caminaba. Uno, dos, diez, cien pasos, da lo mismo al momento del vacío que sentía justo en el vientre. El corazón aceleró su marcha y los pensamientos se tornaron claros. No había ido hasta allí para doblegar mi dignidad. ¡Muy por el contrario! Si así no hubiese sido, no sería yo hoy, esta escultura de Hapkeita erigida en el centro del cráter.
Una y otra vez repito en la memoria lo ocurrido el día que avancé por la sala espejeante para traicionar a mis congéneres ante las tropas arribadas del otro lado de la Luna. Mi exoesqueleto de hierro y silicio me brinda toda información relacionada con la conquista de la Tierra.
La sala resplandece más allá de mis aullidos condenados a estrellarse en las paredes del cráter Leibniz.

Acerca de los autores:
Ana María Caliyuri
José Luis Velarde

sábado, 12 de septiembre de 2015

El códice secreto – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


—Hoy día cualquier lengua puede aprenderse en una academia —aseguró mi interlocutor.
—No esté tan seguro —lo contradije. Y sacando mi lengua de cincuenta y dos centímetros en la que había hecho tatuar el antiguo Códice Hamkuraki, un manual de masturbación nepalés del siglo II, lo desafié—. Apréndase mi lengua.

Sobre los autores:  
Javier López 
Sergio Gaut vel Hartman

Olimpíada Alien - Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner


Ahora me levanto y termino de escalar el Everest. Sí, tengo sueño y estoy cansado. Pero un esfuercito más puedo hacer. De última me traje un par de cohetes para atarme. La bandera la tengo bien agarrada. Eso y las barras de humano concentradas. Seguro que llego. Aunque recién estoy en la base de la montaña y no hice ni dos pasos. Pero llego. Son 8844,43 metros. Comienzo el ascenso, los humanos también lo llaman “Madre del Universo”, ¿qué saben los humanos sobre la orografía del Universo? Voy ascendiendo por la pared más escarpada. Hago 243 metros y me encuentro un GPS para guiarme y pagar el peaje. Voy hacia la otra pared, ¡minga!, otra máquina y no da cambio, sacrifico una moneda y asciendo 242 metros y recurro a las barras de humano; hmmm están agrias. Con este planeta es imposible. Llamo a mi nave. Pasarán a buscarme.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner

Cadáveres mimosos – Daniel Alcoba & Carlos Enrique Saldivar


Los embalsamadores profesionales siempre han sido los mayores necrófilos. De viejos, suelen coleccionar novias y esposas disecadas que ocultan tras una doble pared de su alcoba, dentro de una heladera con dimensiones de ataúd refrigerado. Esta tecnología nos sitúa en el siglo XX y en la actualidad de grandes frigoríficos y de posibilidades de ocultar amantes muertas y toda clase de fetiches al socaire de los falsos tabiques de pladur; en esta época vive el más importante embalsamador necrófilo de la historia: Amador Secada, de origen argentino-peruano, que radica en Berlín. Tiene una casa enorme repleta de cadáveres. Sus familiares fallecidos (más de un centenar) descansan ahí, también una treintena de hijos adoptivos y una veintena de esposas. Sus vecinos y parientes vivos sostienen que Amador está loco. Pero los paseantes ocasionales dicen que escuchan múltiples risas desde el interior de la vivienda, como de una gran familia pasándola bonito.

Acerca de los autores:
Daniel Alcoba
Carlos Enrique Saldivar

martes, 8 de septiembre de 2015

Héroes olvidados - Sergio Gaut vel Hartman & Fernando Andrés Puga


El tipo se acercó tambaleándose, como si se tratara de un aparición fantasmal, un espectro drogado hasta las orejas. Estaba vestido con los harapos de un uniforme militar, unos trapos sin color que le colgaban fláccidos sobre el cuerpo y se aproximó a Hermes con lentitud. Permaneció con los ojos en blanco durante unos segundos y luego se acomodó junto al médico haciendo tintinear una campanilla que le colgaba del cuello.
¡Vaya sujeto!, se dijo Hermes . ¿Quién le habrá permitido salirse de la fila?
Haciendo caso omiso de su presencia, continuó con el trabajo, respetando los turnos.
El tipo, sin pestañear, se interpuso entre el médico y el paciente que seguía en la fila.
—Tiene que esperar su turno, caballero —le aclaró Hermes, algo nervioso—. ¿No ve la cola?
El tipo se le vino encima, gritando: —¡Soy un héroe olvidado, soy un héroe olvidado!
Hubo que recurrir a la fuerza pública.

Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman
Fernando Andrés Puga

Vida ciega – Héctor Ranea y Javier López


En el fondo del pozo, los niños jugaban al tejo, la rayuela; los más callados, dominó. Habían pedido un ajedrez pero le tiraron cortaplumas y madera de álamo para que hicieran los trebejos y cartón para los escaques. Había unos que intentaron fabricar nafta con lo que salía de las paredes, pero enfermaron con el olor a unas chicas.
Un día fueron a cegar el pozo porque las emanaciones ya resultaban molestas a los vecinos.
—¿Pero cómo van a hacer eso? —preguntó la única mujer a la que parecía quedar algo de corazón en el barrio.
—No se preocupe, señora —le contestó un operario—. ¿No se da cuenta de que cuando nadie los vea, será como si ya no existieran?

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Javier López


El cuento de los cinco minutos finales - Carlos Enrique Saldivar & Alejandro Bentivoglio


Frente a la computadora me decido a escribir un cuento. No es que me falten ideas pues estas se aglomeran en mi mente, el problema es que no me decido sobre qué trabajar. Me apresto a meditarlo cuando, de pronto, mis manos comienzan a redactar palabras, como impulsadas por magia. ¿Pero sobre qué estoy escribiendo? Leo mis propias frases, estas dicen: «Un hombre cuenta una historia, sabe que morirá si no la termina en cinco minutos. “Aquel” ha penetrado en su casa». Me detengo. No está mal.
Escucho ruido de teclas. Alguien está tipeando. Presto atención. Escucho que murmura mientras escribe: Frente a la computadora me decido a escribir un cuento, menciona.
Maldición, me digo. Las reflexiones metaliterarias son otro lugar común, grito. Y haciéndome un bollo me arrojo a la papelera.

Acerca de los autores: 
Carlos Enrique Saldívar
Alejandro Bentivoglio

viernes, 4 de septiembre de 2015

El vago - Claudia Isabel Lonfat & Laura Olivera


Ayer lo vi acomodando el viejo colchón raído y las frazadas agujereadas que se le habían mojado con la lluvia. Lo había agarrado desprevenido, por la madrugada, mientras estaba perdido en sus vagos sueños, en ese lugar sombrío y extraño que había elegido para pasar sus días, apenas a unos metros de la estación. Lo acompañaban algunos perros de la calle, con quienes compartía la libertad y la desgracia de ser despreciado. Todos pasamos a su lado y apenas lo miramos, ¿Será la vergüenza o la impotencia lo que nos hace esquivos a su mirada, o quizás el miedo, como si fuera una enfermedad contagiosa, algo que se nos puede pegar?
Hoy lo vi tirado al costado de las vías. Parecía un pez grande encallado. Estaba muerto de miedo, el pobre. Y no es para menos: anoche, el matacirujas se cobró una nueva víctima. Del misterioso asesino solo había trascendido que era delgado y calvo, que una cicatriz le surcaba la frente y que despedazaba a los infortunados con un cuchillo de carnicero. Llegué a mi casa con el corazón comprimido ante la visión del indefenso ciruja. En un impulso, salí a la calle, resuelta a pasar la noche junto a él. Caminé rápido hasta la estación y me le acerqué: por primera vez noté que era calvo y que una cicatriz le surcaba la frente. Entonces vi la sangre. Me clavó una mirada de vidrio y me dijo: —Corra. Estoy completamente loco.

Acerca de las autoras:

Mi abuelo - Ana María Caillet Bois & Rolando José Di Lorenzo


Mi abuelo nos llamó un día a todos sus nietos, y nos dijo:
—Esta es la máquina de la felicidad; eso sí, hay que saber usarla: con solo veinte centavos puede transformar el mundo.
Quedamos todos paralizados y llenos de estupor, pero al rato nos abocamos a conocer la tan famosa máquina. Era muy grande, con hierros retorcidos que podían ser una escultura o una masa informe, según como se mirara. Además del tamaño, nos llamó la atención el color azul violáceo de la superficie, con partes de un naranja furioso que se perdían en la estructura entre cables blancos, rojos y amarillos que subían y bajaban. En el centro había  un círculo verde, parecido al ombligo de un mono bebé, con una ranura por donde se insertaban las monedas.
Yo esperaba que los primos y hermanos se fueran, porque tenía una moneda y no quería compartir el suceso con nadie. Me imaginaba las maravillas que haría la maquina con mi moneda. Al rato se fueron todos, no les interesaba mucho el caso y me di cuenta que el abuelo estaba triste, porque ese monstruo de colores no causó el impacto esperado en mis hermanos y primos. Ya se estaba por ir, desilusionado, cuando me vio agachado junto al aparato.
—Coquito, te quedaste, ¿a vos te gusta la máquina de la felicidad?
—Sí, abuelo, me encanta. ¿Es verdaderamente mágica?
—Así es. Si uno cree en ella hace maravillas, pero hay que tener fe.
Yo tenía fe en mi abuelo, es más, lo adoraba, para mí que era el hombre más inteligente del mundo y compartía con mi padre el trono de rey. Me acerqué a la máquina y en puntas de pie, alcancé a meter la moneda en la ranura. Cerré los ojos muy fuerte y le tomé la mano al abuelo y entonces todo sucedió: vi colores que nunca había visto, escuche música maravillosa y sentí que comenzaba a volar, y subí alto, muy alto y desde allí, vi todo el mundo y era distinto, todo era alegría, la gente reía, bailaba y cantaba en las calles; los chicos jugaban juntos y eran negros y blancos y otros y otros… y todo lo que veía siguió y siguió hasta que el abuelo me acarició la cabeza y volvimos a estar en el patio de la gran casa.
—¡Abuelo, tenías razón, tu máquina es mágica, todo lo que vi era maravilloso! —grité y abracé al anciano, y entonces lo vi reír, feliz como nunca y todavía, tantos años después, lo recuerdo así.

Acerca de los autores:

The machinist - Raquel Sequeiro & Cristian Cano


Abrí la ventana. El aire tierno de la tarde lograba encrespar los árboles, sus largas cabelleras amarillas y sediciosas, ululantes, brillantes de sol y de lluvia. La gigantesca mole de mi padre estaba en el jardín, medía tres metros por veinte y dejaba un espacio a la imaginación, un horror, porque yo no puedo imaginar y me falta un trozo de gigantesco bicho –máquina colosal, exactamente el trozo pegado al muro de la casa–, al que me acerqué esta mañana, donde intuí que no era un insecto sino una máquina extraña: al entrar en su cercanía lloré desconsolada porque una nueva realidad me abrazó. Acaricié y contemplé durante horas el elemento nuevo. Mi padre observó distante cómo me transformaba en una carne mecánica y vertiginosos los sentimientos claudicaron. La mole desapareció. Desde otras realidades, él es solo un mineral.

Acerca de los autores: