viernes, 30 de octubre de 2015

Pestes – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Abriéndose paso en medio de la tormenta gracias a su cuerpo descomunal, Garagant cruzó la plaza, encaró la pendiente y alcanzó de un salto a la muchacha de cabello rojo y pecas en los hombros que hasta un instante antes había estado inclinada a la orilla del arroyo, bebiendo las miasmas hediondas que arrojaban las cañerías de la fábrica de mermeladas.
—Vendrás conmigo —dijo el gigante.
Ella sopesó el peligro. ¿Qué podía ser peor que este destino con las pestes? Aceptó moviendo la cabeza mareando de amor al titán.
—¿Quieres sexo conmigo, gigantón? ¿Torturarme?
—Nada de eso—. Necesito que cocines algo. Mi abuelo Gargantúa murió sin dejar ni un recetario, el desgraciado.
—¡A buen puerto vas por leña, titán! Solo cocino huevos y hortalizas.
Garagant meditó y al fin bramó:
—Mejor huevo pasado por agua que barriga tonante.
La fábrica de mermeladas fue su último marco antes de perderse.

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

Indiscreción – Carlos Enrique Saldivar & Ada Inés Lerner


Me hallaba en una discoteca. Vi a una linda chica pedir un trago en la barra. Quise establecer contacto y usé una táctica espontánea:
—Hola, guapa. Una pregunta indiscreta, ¿qué es lo que menos te gusta de ti?
—Pues… las escamas —dijo ella con lentitud. Acto seguido, se abrazó a sí misma y escapó entre la gente. Yo intenté seguirla, pero salió rauda del local. Mi pregunta la había abochornado, eso estaba claro. Pero, ¿por qué? ¿A qué refería con tal respuesta? Decidí regresar a la barra, debía ubicarla, le pregunté al personal: nunca la habían visto. La misma respuesta obtuve de algunas amigas mías. Mi curiosidad se fue exacerbando, se convirtió en una obsesión. Armé una pequeña carpa en la playa y la recorría en las horas en que aparecían las sirenas. Finalmente me interné en el mar y ahí sí, en la profundidad, escuché su canto celestial.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Carlos Enrique Saldivar

Castigo divino - Marcelo Sosa & Héctor García


La noticia corrió como suele correr: a mil por hora. Los rumores y chismes eran ciertos. Le habían puesto los cuernos, lo andaban gorriando, lo pasaban como alambre caído. Era un goyo, un astudo, un venado, un reverendo cornudo consciente. ¿Pero a quién se le ocurrió casar a la mejor hembra del Olimpo con el dios más feo? No hacía falta irse a Delfos a ver al oráculo. Todos sabían cómo iba a terminar esto. Y así como la violencia genera más violencia, las trampas de Afrodita y Ares devinieron en un maquiavélico ardid del marido engañado. Hefesto, dios de la herrería y las cornamentas, tejió una red con hilos invisibles y la tendió sobre el lecho donde los amantes calenturientos saciarían sus irrefrenables instintos. Al cabo de un rato de esperar agazapado, los atrapó cual mojarras mojadas y resbalosas. Así, los infieles, como habían venido al mundo, con sus vergüenzas en la pampa, fueron exhibidos ante los demás dioses como prueba irrefutable de su relación ignominiosa.
Sin embargo, el tiro amenazó con salirse por la culata. Más de uno de los presentes deseó estar en el lugar de Ares. La carne es débil, pero en el Olimpo lo fue aún más. Prueba de ello es la sentencia de Zeus:
—Bueno, bueno, bueno —comenzó, mientras hojeaba unos manuscritos polvorientos y ponía cara de concentrado—, por el artículo ciento cuarenta y seis, inciso d, párrafo segundo, te sentencio, maldito Ares, a sufrir sobre tus lomos la ira de mis truenos y bla bla bla —y acto seguido levantó la vista por sobre la montura de sus lentes y oteó los semblantes de los presentes; por supuesto, nadie presento objeción.
—En cuanto a ti, Afrodita —continuó con voz atronadora el Cronida, y la furia cubrió de rojo su rostro majestuoso—, tu condición de compañera de Hefesto te pone en serios aprietos. Dada la gravedad del asunto, propongo al resto de los olímpicos que apliquemos el castigo a puertas cerradas y en ausencia de la parte interesada.
Ante este fallo, todos asintieron sin chistar, aun el mismo Hefesto, que enseguida rumbeó satisfecho hacia la salida. A sus espaldas, desde el bello Dioniso hasta la vengativa Hera lanzaban miradas y sonrisas lascivas a Afrodita, quien, lejos de asustarse, parecía responder con entusiasmo a sus tácitas invitaciones. Minutos más tarde, los gritos y gemidos de la diosa del amor le daban a entender al viejo herrero que pronto su cabeza se vería libre de adornos óseos.

Acerca de los autores:

lunes, 26 de octubre de 2015

A la hora de la cena – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


El agujero en la pared se agrandó en los últimos días. Sospecho la inevitable presencia de invasores. Soldados saliendo con sus fusiles por la noche. Seres mutantes agazapados, listos para saltar sobre mí. Pero al poco tiempo emerge un caracol. Me tranquilizo al pensar que fui un tonto al preocuparme tanto. Quizás los gruesos dientes que asoman de la pequeña boca del invasor sean el único detalle fuera de lugar. Y también lo es la capacidad telepática que parece poseer la criatura. Mueve sus antenas y transmite.
—Dejate comer, paparulo. Una vez que incorpore tus conocimientos a mi organismo estaremos preparados para conquistar el planeta Tierra. —Accedo, a pesar de que no tardo en constatar la terrible realidad: el ser no es un caracol sino la avanzada de una invasión extraterrestre en toda la línea. Y yo su involuntario cómplice.

Acerca de los autores:

Fábula de la turritop y el genufiano pegote – Daniel Alcoba & Luciano Doti


La turritopsis nutricola de los mares subglaciares de Europa Jupiterina es una medusa omnívora y hambrienta, de forma ovoidal y unos mil quinientos metros de eje mayor, con una bio masa corporal gelatinosa de ochenta y ocho millones de TM. Es la reina de los mares, pero no habla, se comunica con sus congéneres mediante vibraciones de diversas longitudes de onda que aún no hemos aprendido a traducir al genufiano.
Yo, Puaj, el explorador genufiano del Codo de Orión, de apenas doce quilogramos de biomasa pegajosa, no hago más que hablar y pegarme a los cuerpos o seres interlocutores. Si las voraces turritopsis se lo comen todo, los genufianos lo conversamos todo de las maneras más amables. Por eso nos llaman pegotes, pero son ellos que sucumben a nuestro encanto y nos aman. Tal vez, eso ocurra con la turritop que viene nadando hacia mí a velocidad de crucero.
Desde lejos alcanzo a ver esa enorme cosa viviente que se dirige contra mi cuerpo. Sin embargo, el choque no resulta fatal; es como sumergirme en una gran bola cremosa y de temperatura agradable; su olor que creía fétido, y quizás lo sea, en esta ocasión torna a un aroma perfumado; acaso sea un cambio que se produce para... ¿el amor?
Sí, ella está buscando aparearse. Se ha vuelto más atractiva que lo que acostumbra su especie. No va a matarme y comerme.
Cuando todo acabe, voy a necesitar una ducha.

Acerca de los autores:
Luciano Doti
Daniel Alcoba

jueves, 22 de octubre de 2015

Feliz cumpleaños - Héctor García & Omar Chapi


Cuando los vecinos empezaron a ver que la cuadra se llenaba de autos y de motos, habrán imaginado que algo raro pasaba. La verdad es que yo también pensé lo mismo, sobre todo al notar que la caravana de invitados entraba con más botellas de alcohol que cajas de pizza.
Nunca fui amigo de los grandes festejos; unos mates y un poco de torta con los más cercanos para mí eran cosa más que suficiente, o en todo caso una cena tranquila, con algo de cerveza o vino. «Cambiá esa cara, che, que no todos los días cumplís treinta», me decían mientras me saludaban, y yo —¿qué otra cosa iba a hacer?— me encogía de hombros y les daba paso. A las doce de la noche el departamento estaba colmado de gente. Pero no de cualquier gente. Si uno miraba de qué forma comían y bebían, parecían, no sé, cerdos, o algo peor. La mesa, el piso y los muebles estaban cubiertos del queso que se chorreaba de las pizzas, y cada tanto alguno agarraba un puñado y se lo metía en la boca. Los vasos, llenos de líquidos de todos los colores, circulaban por todos lados, a veces llegando a buen puerto, pero otras aterrizando y desparramando bebida y pedazos de vidrio por todas partes. Además el griterío, sumado a la música a todo trapo, me daba dolores de cabeza y me hacía temer la reacción de los vecinos.
Divagaba en esos pensamientos, cuando de golpe sonó el timbre y al instante se hizo un silencio escalofriante, casi diría que sobrenatural. Preparado para recibir a algún vecino molesto, o incluso a la policía, abrí la puerta y descubrí que no se trataba ni de lo primero ni de lo segundo, sino de un extraterrestre. Al principio creí que se trataba de un androide, de esos que aseguran están ensamblando los países desarrollados, con esa traje de estatua humana, ¿qué otra cosa podía parecer?; tentado estuve a invitarle a pasar a tomarse una tasita de café —como para salir de la duda—, pero él se me adelantó con una afirmación más desconcertante todavía.
—Está invitado al cumpleaños—, el sonido ahuecado de su voz me hizo reír a más no poder.
—¿Qué? —pregunté, mostrando sorpresa una vez recobrada la compostura.
—¿Usted es Flavio Fellini, cierto? —Interrogó, quitándose el casco.
—Si — gagueé, mirando por primera vez su rostro.
Fue el instante en el que me di cuenta que estaba ante un ser del espacio y no lo podía creer, con tanto tiempo mirando esas animaciones televisivas de extraterrestres, hasta me había convencido de que esa era o tenía que ser su apariencia real, pero no; éste era mucho más parecido a nosotros, excepto por la voz, que no dejaba de ser inteligible.
—Venga, lo estamos esperando —aseguró y hasta creo advirtió mi deseo de negarme a acompañarlo. —No nos haga esperar —insistió.
Debe estar loco, pensé; pero ya estábamos camino, aquel ser tenía algo que me quitaba la voluntad y me incitaba a seguirlo. De todas formas: farra es farra. Atravesamos la calle atestada de autos e ingresamos en el salón lleno de extraterrestres que parecían mirarme con hambre, se pusieron de pie en completo silencio, expectantes. Al fondo, sentado a la mesa esperaba el cumpleañero.
—Flavio Fellini—, me saludó poniéndose de pie. Fue el saludo más cálido que recibí de un caníbal antes de la cena.
—Feliz cumpleaños —le deseé.
Luego pasé a formar parte de sus alimentos. Solo espero —como venganza—, causarle por lo menos una buena indigestión.

Acerca de los autores:

Estrella - Ana Caliyuri & Raquel Sequeiro


Cualquiera puede tocar el cielo con las manos, me había dicho él con cara de entusiasmo; luego se dispuso a hacer sus cálculos infinitesimales, o binarios no lo sé muy bien. Luego, se disfrazó de lobo y lanzó su aullido creador al aire. No pude dormir en toda la noche; no me gusta esto de ignorar de qué se trata. A la mañana siguiente él me dijo que me vio deambular sonámbula… con mi abrigo rojo.
En la sala, crezco a un ritmo vertiginoso, como si los relojes quisieran aumentar mi velocidad y no la suya. ¿Sonámbula?, pregunta. Un sonido fuerte lo extrae de su  solitario mutismo de científico.
Define las estrellas rojas como epicentros de una galaxia desconocida formada en masa, con astros giratorios y millones de asteroides, células de plasma y núcleos de cristales. Hay muchas repeticiones del mismo orbe en la habitación grande.

Acerca de las autoras:
Ana Caliyuri
Raquel Sequeiro

Duelo – Alberto Benza & Carlos Enrique Saldivar


El duelo estaba pactado: los dos vaqueros se encontraron en el pueblo, el más rápido podría quedarse con la bella dama.
—¡Hasta que llegó tu hora! —dijo Kirk.
—¡Veremos quién se queda con Lucy! —replicó Johnny.
A los pocos segundos se escucharon dos tiros: ¡Bang! ¡Bang! Los dos vaqueros yacían en el suelo.
—¡Corten! —gritó el director.
Al lado, el camarógrafo dejó el arma con los brazos levantados.
—¿Pero qué has hecho, maldita bestia?
—Discúlpeme, jefe, pero yo siempre he amado a Lucy.
—¡No existe Lucy! ¡Es un personaje de la ficción!
La muchacha se acercó, luciendo el vestido rojo y meneando las caderas. Dijo:
—Mi héroe —besó la boca del camarógrafo y ambos se perdieron, tomados de la mano, en el fondo de la llanura. El director permaneció de pie, pensativo. ¿Es esto en verdad el Lejano Oeste? Los bandidos que se aproximaron a él despejaron sus dudas.

Acerca de los autores:

domingo, 18 de octubre de 2015

Éter y materia – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


—Créame, Liliana; yo me he inspirado en los Upanishads para construir mi propia vida y durante mi apostolado verifiqué su bondad y utilidad, como si esas enseñanzas hubiesen estado animadas por una manifestación particular, como también lo estuvieron para otros seres, ¿me comprende?
—Sí, Evaristo, lo comprendo, pero cuando usted me invitó a cenar yo imaginaba otra cosa, algo menos… espiritual, no sé si soy clara y explícita.
—Siéntese —pidió él—. Según las lecturas místicas de Oguinanda Ramasandova, seremos iluminados abajo. Simple como un Teorema de Euclides, profundo como el Tao.
—¿Tiene solución esta cena? Mire que solo leí en Wikipedia poco de los Upanishads.
—¿Abusar? ¡Mi querida amiga!: ¿Acaso la energía no es equivalente a la materia? ¿Qué es el éter sino una forma de vacío que solo llenaría un bocado de materia oscura? Recemos un Brahmasutra.
—¿Pero cómo recemos? ¿Esto no es el Kamasutra?
Evaristo, desconcertado.

Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman
Héctor Ranea

El final - Nélida Magdalena González & Cristian Cano


Luego de una tempestad que duró dos semanas, escampó. Los lugareños salieron de sus casas a observar el cielo: temían por la siembra y era probable que se hubiese perdido todo.
Don Héctor, un anciano del lugar, estaba quieto. Parecía inmovilizado.
—¿Qué pasa abuelo? —le dijo su nieto—. La lluvia calmó, no cae una gota
—Demasiada calma —respondió preocupado.
El aire denso inquietaba a todos. Las miradas cómplices daban a entender que esperaban algo raro. No sabían lo que podía ser y tampoco era una sensación familiar.
Menos los niños, que jugaban en los charcos, estaban todos en vilo.
—¿Por qué no vas con esos chicos? ¿No te gusta embarrarte?
—No —respondió su nieto—. Quiero estar con vos. Hace mucho que no hablamos.
—No es un buen momento para hablar. Mañana, si querés.
—No mirés más el piso, abuelo. —Héctor lo miró—. Me da miedo.

Acerca de los autores:
Nélida Magdalena González
Cristian Cano

Metafísica del pez – Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner


Los peces no saben de la existencia de un mundo por encima de sus pequeñas cabezas. Probablemente sospechen que el océano es infinito y que, incluso, ellos son inmortales. Siempre yendo con los ojos abiertos, flotando a la deriva de pensamientos quizás no tan profundos como las aguas que los ven pasar. Sabiendo que tarde o temprano llegará la tentación de un anzuelo y la decisión de ir tras él o negarse. —¿Podríamos deducir que los peces han leído a Sartre? “Somos libres de elegir y estamos obligados a elegir” —resumió el Delfín— no por nada dicen que somos los más inteligentes entre los habitantes del mar. Yo elijo ser inmortal o por lo menos no morir entre las fauces de ningún pez ni por el arpón de un humano ignorante de las leyes de la naturaleza ni en la jaula transparente de un acuario.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Ada Inés Lerner

miércoles, 14 de octubre de 2015

El desarmador de bombas - Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman


El reloj digital de la bomba indica los últimos segundos. Ocho, siete, seis. El hombre se dispone a cortar el cable rojo. Cinco, cuatro, tres. Cambia de idea a último momento y con un rápido movimiento corta el verde. Dos, uno, cero. La explosión rompe los vidrios de las ventanas ubicadas a más de veinte cuadras a la redonda. Los forenses solo encuentran un incisivo y un dedo del pie del hombre. O al menos creen que eran suyos.
—De acuerdo, Wilson —dice el productor pasando el habano de cien dólares de una comisura a la otra—; usted no quiere que sea una película pochoclera y desea que su guión sea reconocido como el mejor de los últimos tiempos. Pero ahora explíqueme, ¿cómo hacemos para que el tipo se quede con la chica y, esto es lo más importante, para filmar El desarmador de bombas dos?

Acerca de los autores:
Daniel Frini,
Sergio Gaut vel Hartman

Orejas sordas – Lucila Adela Guzmán & Luciano Doti


En verano, las orejas de elefante inundan el follaje de mi jardín, pero la ubicación geográfica de tales plantas, 34º Latitud Sur, es inapropiada para mostrarlas en invierno. Las heladas matinales convierten a las bellas y frondosas orejas de paquidermo, en algo que describiría, para que usted lo imagine a la perfección, en manojos de acelga hervida. Pero algo inusitado debe de estar ocurriendo, pues ya entramos al agosto y desde mi ventana las veo aumentar día a día, tanto en diámetro como en verdor y vitalidad.
Esto puede deberse a los cambios climáticos que atraviesa nuestro planeta. Es posible que las plantas perciban la llegada de la primavera con una mayor antelación.
Comentan por ahí que es bueno hablarles. Y yo les hablo. Les digo que aún estamos en invierno. Pero ellas, a pesar de sus enormes orejas, hacen oídos sordos a mi información.

Acerca de los autores:

Despertar en alto – Carlos Enrique Saldivar & Raquel Sequeiro


No me gusta despertar, porque cada vez que lo hago me encuentro flotando a una altura considerable. Cuando me desperezo, puedo tocar las nubes y alguna vez casi me atropella un avión. Lo soluciono dejándome ir, mi cuerpo solito retorna a mi casa, entra por la ventana y se acomoda en mi cama. Siento miedo, tal vez un día podría despertar cayendo en picada hacia el suelo. Esa noche duermo atado, pero de nada ha servido pues he amanecido suspendido entre dos cerros. Dos cerros oscuros y odiosos. Intento quitarme las cuerdas, mis brazos se extienden; nada más puedo hacer que cerrar los ojos, así estoy completammente seguro de estar despierto y que los de Sueños dejarán de venderme los absurdos por tres chelines el resto de mi vida. La agencia de la esquina me promete atropellos sangrientos, empalamientos y otras atrocidades sólo como espectador. Firmo arrriba: La Muerte.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Carlos Enrique Saldivar

sábado, 10 de octubre de 2015

La niña del ático - Alejandro Bentivoglio & Maru Alzugaray


Hemos intentado de todo, pero nada ha funcionado. Las averiguaciones acerca de la casa no han dado mayor resultado. En ningún lugar se menciona algo sobre la muerte de una niña o algo similar. Sin embargo, todas las noches mi mujer y yo escuchamos a la niña del ático llorar. Cuando subimos no hay nadie.
Hace dos noches, sin embargo, encontramos un antiguo oso de peluche en el suelo.
Luciana lo levantó. Increíblemente, no estaba apelmazado ni cubierto de polvo o telarañas. Con la linterna en la mano (todavía no arreglamos la instalación eléctrica del ático), me adelanté unos pasos para ver si había algo más, pero no…Protestando, me di vuelta y Luciana ya no estaba. Supuse que habría vuelto al dormitorio, cerré la puerta y bajé. Ahora tampoco duermo, al llanto del ático se le suma la voz de mi mujer pidiéndome que la vaya a buscar.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Maru Alzugaray

Concertango – Ana Caliyuri & Javier López


De tanto en vez quedaba demudado por la emoción. Luego, ya pasado el instante, él retornaba apresurado a su mundo de cerrojos y pocas palabras. Todas las puertas que conducían al centro mismo de su timidez permanecían en estado de alerta ante cualquier roce con el mundo urbano. El caso es que Frederick esa noche debía enfrentar su propio yo ante el gran público. El concierto estaba pactado para las veintidós horas, momento a partir del cuál todo pareció cambiar. Superó su timidez ante el auditorio y su violín sonó conmovedor. No hubo fémina asistente que no deseara pasar por su camerino para tener su audición privada y mostrarle sus muslos de tanguera. 
—¡Señor Frederick, despierte! —una voz grave resonó en su interior—. Son las diez menos cinco, tiene que salir a escena. Frederick despertó, vomitando una rápida, inacabable, sucesión de semicorcheas. Hubo que suspender el concierto.

Acerca de los autores:
Ana María Caliyuri
Javier López

Tango en el mar – Héctor Ranea & Fernando Andrés Puga


El nudo en la garganta del monaguillo apretaba más que el de la cuerda del ahorcado que se mecía suavemente empujado por el viento maestral que venía del Sur, trayendo gaviotas, pelícanos, aves de lomo pardo y un súbito aire frío que levantó una ola fresca que mojó el cuerpo de Mireya, las piernas de Mireya, los senos de Mireya, los labios de Mireya y las manos de Mireya que tomaban amorosamente las manos de Millán quien, serio, apenas se balanceaba con el compás de las olas. Bailar así un tango no cuenta si es el viento, finalmente.
El monaguillo, urgido, corrió presuroso. En el apuro, tiró un gran velón sobre la manta que cubría el altar. Llegó a tiempo, antes de que Mireya terminara de apretar la cuerda. Lo que no pudo evitar fue el incendio del templo. No se apagó ni con todas las olas del mar.

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Fernando Puga

martes, 6 de octubre de 2015

El desaparecido - Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman


Helmut von Stahl llegó a América con un pasaporte francés a nombre de Anastase Venier, y se radicó en una pequeña ciudad del sur argentino. Nunca entendió por qué había tenido que abandonar Dresde, en su amada Sajonia, de apuro y sin desearlo. ¡Él no era un vulgar criminal! ¿Acaso el hecho de haberse encargado de los archivos lo hacía un asesino? ¡No señor! Pero ahora, su alma estaba alegre: por casualidad, casi sin querer, lo había encontrado a Él en una casita de un campo cercano a la ruta. ¡No podía creerlo! Después de tantos años y luego de que las noticias lo dieran por muerto. No hay que creer en rumores, se dijo Helmut, solo hay que aceptar lo que tus sentidos le informan a tu intelecto. Sin embargo, encontrar en la Patagonia al mismísimo Adolf Schnitzer, su compañero de banco en la escuela, era demasiado.

Acerca de los autores:
Daniel Frini,
Sergio Gaut vel Hartman

Obsesión - Marcelo Sosa & Lucila Adela Guzmán


Luego de que Kutina le hiciera frente por primera vez a Canejo, se desató una ola de violencia que terminaría en tragedia. No era para menos. Lo había mandado de bruces al suelo con un palo medio encendido y no solo le hizo perder el conocimiento sino que también lo quemó como si fuera un sapo. A él, a Canejo, que tan bueno era a la hora de repartir piñas, de voltear contrincantes, de gritar a los cuatro vientos cuán macho vino al mundo. Sus récords se diluyeron aquella vez y de la noche a la mañana se convirtió en el hazmerreír del pueblo. No hubo restricción judicial que aplacara sus ansias de vengarse de su ahora indómita esposa. En realidad, nunca entendió —no estaba en su esencia— que Kutina ya no le tenía miedo. Y así fue que cada vez que lo soltaban del obraje volvía a la casa como toro embravecido exigiendo un respeto que había quedado en el pasado. Y así fue que Kutina lo esperaba para molerlo a palos, sacudirlo a azotes o simplemente trompearlo y patearlo como otrora él lo había hecho con ella. Las cosas se pusieron peores cuando Canejo creyó controlar la situación matando a su suegro con un machete. Don Anselmo era un viejo medio ciego y del todo sordo que pasaba sus tardes recordando viejos tiempos, tiempos en donde él era amo y señor indiscutido de la casa. Ah... Si el viejo hubiese perdido el olfato junto con sus otros sentidos tal vez seguiría respirando como hacen los vivos, pero a los siete días de muerta, el cuerpo descompuesto de Kutina se había hecho notar en el aire y reclamaba lo básico: un entierro cristiano. Canejo no tuvo más remedio que matar a su suegro para evitar así otra denuncia, esta vez una denuncia más seria y grave. Ya no sería el histérico reclamo de otra mujer golpeada que esgrime entre llantos sus desdichas para convencer al juez de elevar una orden de restricción. Pobre Canejo, macho incurable si los hay. Ahora son dos los que esperan con ansias la hora de su regreso al hogar, y son dos los que se ensañan con su cuerpo maltrecho. Ni aún así el hombre se ha dado por enterado. Aún después de años de golpizas y flagelos los espíritus de Anselmo y Kutina no han logrado doblegar al obsesivo Canejo que sigue volviendo a casa con todos sus bríos, abriendo la puerta a los golpes, entrando como toro embravecido exigiendo el respeto hacia su hombría que parece ser una cualidad inexistente en el mundo de los muertos.

Acerca de los autores:
Marcelo Sosa
Lucila Adela Guzmán

Máscaras de Halloween – Carlos Enrique Saldivar & Luciano Doti


Magda se puso de pie, se percató de que no estaba en su cama, sino en plena avenida. Se asustó, no padecía de sonambulismo ni de nada parecido y, en definitiva, estaba despierta. Aún era de noche, no había niños y adultos atiborrando las calles como se acostumbraba en Halloween. La joven decidió retornar a su casa, mas no sabía dónde se encontraba ni qué ruta tomar.
En ese momento surgieron varios hombres enmascarados armados con cuchillos.
Mientras corría para alejarse, se preguntó de qué lugar habrían salido.
Los hombres eran ágiles y le dieron alcance.
Ahora forcejeaba con ellos. Decidió que al menos le arrancaría la máscara a uno, para verle la cara. Pero nada cubría aquel rostro, la máscara no era tal; se trataba de demonios, no de hombres.
Un rato antes, mediante un ritual celebrado entre amigos como un juego de Halloween, Magda había ingresado a otra dimensión.

Acerca de los autores:
Luciano Doti
Carlos Enrique Saldivar

viernes, 2 de octubre de 2015

Ferromaníaco – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Vi los vagones aplastados como si fuesen de papel y me eché a llorar. No me importaban los muertos, por cierto; lo que me hacía hervir la sangre en las venas era mi afición al ferromodelismo. Pero el asceta que meditaba sobre el obelisco de lajas no conocía mi afición.
—El dolor es inevitable —dijo el santo varón—; el sufrimiento es optativo —agregó descendiendo de las alturas.
—¿Le parece? A mí me gustaría tener superpoderes para detener las formaciones como Superman, ¿entiende?
—Aunque nunca podamos evitar el dolor —replicó el santón sin hacerse cargo de mis palabras—; debemos aprender a mantenernos positivos y ser agradecidos.
—Sí, supongo que tiene razón –acepté, sabiendo que quizás ya nunca podría ver los trenes de la misma manera.
—Ve, ya ha comprendido. Todo en este mundo son pruebas y cada uno tiene su misión. La suya es aprender, la mía es enseñar con los métodos a mano. —Al finalizar su discurso, el recto varón arrojó lejos la palanca de cambio de vía que había arrancado de cuajo para facilitar el choque de las formaciones. Luego levantó vuelo, dejando ondear su extraña capa y su aureola, hasta perderse en el horizonte.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

El final - Nélida Magdalena González & Ana Caliyuri


Luego de una tempestad de dos semanas, escampó. Los lugareños salieron de sus casas a observar el cielo. Temían por la siembra, era probable que se hubiese perdido todo. Don Héctor, un anciano del lugar, estaba quieto, parecía inmovilizado.
—¿Qué pasa abuelo? La lluvia calmó, no cae una gota —le dijo su nieto.
—Demasiada calma. ¡Demasiada! —respondió preocupado.
El aire denso, inquietaba a todos. Miradas cómplices, daban a entender que algo raro esperaban. No sabían lo que podía ser, pero no era algo común.
Menos los niños que jugaban en los charcos, estaban todos en vilo. Siempre hubo culturas más afortunadas que otras. Vencedores y vencidos. Don Héctor era un antiguo chamán que sabía acerca de finales. Miró el horizonte esperando la noche, aún siendo de día. Su nieto y los pobladores enmudecieron. La cultura Rem murió en manos del olvido. Los conquistadores solo necesitaron sembrar el miedo.

Acerca de las autoras:
Nélida Magdalena González
Ana Caliyuri