viernes, 27 de noviembre de 2015

Heroína espacial - Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Las imágenes flotaron sobre Margarita y trazaron arcos de luz intensa, algunas de ellas de colores muy vivos, otras como trazos descoloridos que evocaban paisajes en sepia, bajorrelieves de marfil y terracota. Pero finalmente puso los pies en Marte y supo que ya no desearía regresar a su planeta de origen. O por lo menos sostuvo eso con fuerte convicción hasta que un grupo de seres raídos y macilentos emergieron de unas cuevas y la rodearon. No eran criaturas agraciadas, aunque no lucían amenazantes; denotaban una inocente curiosidad. La condujeron a una ciudad rojiza hecha de piedra y la introdujeron en un cuarto amplio. Margarita se mantuvo cuidadosa, se dijo que debía esperar lo peor y aguardó preocupada. Los marcianos la llevaron con su líder, este decidió que era importante conocerla a ella y su cultura. Todo salía de acuerdo al plan. La mujer grababa todo lo que acontecía a escondidas narrando sus experiencias, tras lo cual transmitía esos informes a la Tierra. La meta era que enviaran pronto un equipo de exploración para estudiar con mayor detalle a la civilización marciana y confraternizar. Sin embargo, los años pasaban. Margarita se dijo que había sido un error viajar sola; a veces tenía relaciones sexuales con el rey marciano y quedaba satisfecha físicamente, pero sentía un gran vacío en su interior: la soledad. Sus acompañantes, a pesar de ser muy solícitos, eran de otra especie, nunca se entenderían. Jamás procrearía, aunque no le interesaba la maternidad; deseaba una persona a su lado. «Tal vez la crisis terrestre impidió nuevos viajes al planeta rojo», pensó. «Moriré sola en este mundo».
En su planeta de origen la consideraban una heroína espacial, por la invaluable información enciclopédica que había brindado, empero, debido a las guerras entre países ningún otro ser humano volvería a surcar el cosmos.

Acerca de los autores: 
Sergio Gaut vel Hartman 
Carlos Enrique Saldivar

Cosas que salieron de la nada – Carlos Enrique Saldivar & Luciano Doti


Veo cosas rodeándome. Son de todo tipo: organismos vivos, figuras informes, objetos contundentes. Se interponen en mi camino a casa, construyen murallas a mis lados, sus formas comienzan a jalarme hacia atrás, a empujarme desde adelante, a aplastarme desde arriba. Intento avanzar, aunque nada más lo consigo a duras penas. Es extraño, no he tomado licor en esa fiesta, ni me he drogado. ¿Qué rayos pasa aquí? Las cosas se tornan más agresivas.
Entonces despierto. Junto a mí está la especialista en vidas pasadas. Me da su interpretación de lo que acabo de narrar bajo hipnosis: mezclé mi fiesta de casamiento y el trayecto a casa con elementos de una vida anterior en otro planeta.
Luego ella se va y me deja inmerso en un mar de dudas.
Esa noche miro al cielo y me pregunto cuál de todas esas estrellas habrá sido el sol que me alumbraba.

Acerca de los autores:

Cruce nocturno – Carlos Enrique Saldivar & María Ester Correa Dutari


Maneja por una zona accidentada; la carretera se muestra hostil, al igual que el clima. Le preocupa la posibilidad de accidentarse, pero necesita llegar pronto a Lima. Su esposa ha dado a luz gemelos y Walter quiere estar cerca de ellos; no debe detenerse por ninguna razón, ni siquiera por esa enorme masa metálica y luminosa que le cierra el paso en medio de la pista y que se divisa a cientos de metros.
—¡Si tomo un atajo no llego! —grita. Mira el reloj, ya es la hora, está encima. La velocidad y la cercanía dan pie al impacto, que será brutal. No le queda otra opción, atravesar el ovni. Cree en los universos paralelos. Cambia la hora del reloj a unos minutos antes y encara a 200 km. La imagen se evapora. El vehículo está intacto, mira la hora, es la misma de antes del choque. El espejo retrovisor le devuelve una mirada roja.

Acerca de los autores:
María Ester Correa Dutari
Carlos Enrique Saldivar

lunes, 23 de noviembre de 2015

Encuentro - Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


Era el 3 de agosto de 1492. Cristóbal Colón había partido con sus naves desde el puerto de Palos de la Frontera y las naves apenas se habían alejado cien millas de la costa cuando, como una visión fantasmagórica, surgiendo entre la niebla que se había formado durante la mañana de ese lado del Atlántico, apareció una flotilla de embarcaciones. El vigía de la Santa María, encaramado a lo más alto del mástil gritó: “¡vikingos!”. Hacía más de cuatrocientos años que se los consideraba desaparecidos. Y siguieron estándolo, a los ojos de la civilizada Europa del siglo XV. Los nórdicos, fieles a su estilo, abordaron las naves de Castilla, pasaron a cuchillo a los tripulantes y usurparon la identidad del almirante y sus hombres. Por ese motivo el continente recién descubierto recibió el poco feliz nombre de Am Eric, celebrando la identidad del caudillo vikingo, Eric de Am.

Acerca de los autores:

Resaca - Fabián Eduardo Rafael & Sergio Gaut vel Hartman


Me despierto con un dolor insoportable; parece que me están pegando con un martillo en la cabeza. Escucho el ruido del motor de una moto con caño de escape libre, y aunque pasa lejos, el dolor se incrementa. De pronto, me acuerdo de mi auto; doy un salto en la cama, me levanto y es peor; ahora también estoy mareado. Voy apoyándome en las paredes hasta el garaje: veo al auto; ya es un alivio. Ahora tengo que revisarlo; giro alrededor para ver cómo está y advierto que por lo menos no tiene ningún choque o raspón. Me siento más aliviado; busco en el botiquín un antiácido pero no lo encuentro. Tendré que vestirme e ir a comprar uno; también una Coca Cola, es lo mejor para esta resaca. El sol de la calle hace estragos en mi cuerpo; por suerte el negocio está cerca. Tomo el antiácido con agua gasificada, para que sea más efervescente y también un vaso grande de Coca con hielo, y dos porciones de pizza que encuentro en la heladera; se podría decir que me siento un poco mejor. ¿Qué pasó anoche? No recuerdo nada. Estaba comiendo asado con los muchachos; espero que me llame alguno para contarme lo que pasó, si hice algo malo. Me recuesto en el sillón con el televisor bien bajito, pero no me duermo. Me despierta el teléfono. ¿Cómo es posible? No estaba durmiendo. ¿Entonces todo fue un sueño? La resaca, el sonido del escape de la moto, la inspección del auto, la salida para comprar el antiácido y la Coca, las dos porciones de pizza... Atiendo el teléfono.
—¿Waldo?
—¿Qué Waldo? —replico, de mal humor—. Acá no vive ningún Waldo. El único habitante de esta casa soy yo, y me llamo Aníbal.
—Dale, Waldo; no hagas chistes. Soy Andrés, tu hermano. Te conozco la voz.
—Soy hijo único, idiota; no tengo hermanos.
—Tenés una mancha marrón junto al ombligo; una mancha que parece un conejo.
Eso me inquieta; es cierto. Esa mancha existe, pero todo lo demás es falso. ¿Falso?
—¿Qué día nací?
—El 8 de marzo de 1968. Faltan doce días para tu cumpleaños. Mamá va a venir de Tartagal...
—¡Un momento! Esto es parte del sueño. Sigo soñando. —Río entre dientes, pero la situación me perturba.
—¿De qué estás hablando?
—Anoche, en el asado, tomé de más... y me desperté con una terrible resaca.
—¿Asado? ¿Estás loco? ¿Cómo te atevés a comer carne? El ruug se va a enfurecer.
—¿El ruug? ¿Qué es eso? —Ahora estoy pasando de la inquietud al temor y la siguiente frase de mi interlocutor me precipita directamente en el terror.
—Los ruugs vinieron de Aldebarán y se proponen cambiar nuestras bárbaras costumbres alimentarias...
Parece que, finalmente, es un hecho cierto que no estoy soñando. El ruug entra a la habitación. Está furioso.

Acerca de los autores:

Guiso de letras - Lucila Adela Guzmán & Sergio Gaut vel Hartman


Al nacer, había sido anotado como Gualter porque su padre, el eminente filólogo Bernardo van Math, sostenía que la doble ve era una letra intrusa en el idioma castellano y había que combatirla con toda energía.  Gualter creció cercado por el dogmatismo del viejo y privado de afecto materno por la prematura muerte de la inocente Cándida Sandia, deceso ocurrido durante el parto de Gualter. No obstante, el dogmatismo de Bernardo no fue el único inconveniente que debió enfrentar Gualter. Desde su más temprana adolescencia, el maldito rasgo paterno afloró en él. Trastornado por la adulteración de su nombre, ideó su propio dogma: Toda palabra que enarbolará la letra prohibida sería mil veces recitada constituyendo un rosario de vocablos sagrados.
Un día, al son de una alegre melodía interpretada por Los Wawancó, (músicos preferidos de mamá Cándida) balbuceó... Waffles... whisky... Gual... Walt... er. La muerte lo encontró así... Rezando.

Acerca de los autores:
Lucila Adela Guzmán
Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 19 de noviembre de 2015

La defensa Kirkorian – Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea



A mitad de camino entre la playa y la carretera había una cabaña en la que se alojaba cuando Felicia consideraba que sus ronquidos eran insoportables. Pero pocas veces permanecía demasiado tiempo en aquella vivienda precaria y húmeda. Prefería caminar hasta la orilla del lago recorriendo el angosto sendero desde el que se veían las torres de observación de un antiguo aeródromo. Al divisar los cobertizos metálicos y los hangares de techo bajo, recordaba la época en la que al pasar de una a otra parcela se sentía un peón de ajedrez movido por fuerzas inexplicables y ella observaba sus caminatas apoyada en la torre más blanca, flanqueada de un hermoso bayo de cabos negros.
Los hilos invisibles lo llevaron a la orilla, hicieron un lazo, el bayo dio el tirón que rompió su cuello. Peón por caballo muy lateralizado, fondo de tablero, defensa pobre, sacrificio inútil. Kirkorian colgado.

Acerca de los autores:
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

El cuerpo – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Lo encuentran en el medio de la calle y nadie sabe si está vivo o no. Llaman al hospital, pero la ambulancia no viene. La policía se niega a tener participación en el asunto. Los vecinos se van desentendiendo. El cuerpo del desconocido queda allí, en una postura un tanto llamativa que con el tiempo pasa a ser cotidiana. Los días corren y nos terminamos acostumbrando a su presencia. El cuerpo forma parte del paisaje. Cierto día de primavera, unos niños que juegan a la pelota cerca del cuerpo reparan en un detalle que hasta entonces había pasado inadvertido: la cabeza ha girado algunos centímetros hacia la izquierda. Pasan las semanas y la medición del lento movimiento se convierte en un deporte practicado por todo el pueblo. Tardamos casi un año en comprobar que la cabeza, completado el ciclo hacia la izquierda, ha empezado a moverse hacia la derecha. Ya anciano, en mi lecho de muerte, uno de mis nietos me comunica algo que yo siempre había sospechado: el cuerpo está diciendo que no.

Acerca de los autores:  
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

El día de la patada final – Carlos Enrique Saldivar & Carmen Belzún


De niño me gustaba mucho el fútbol, lo que desarrolló en mí una extraña manía. Cada vez que veía una pelota en el suelo, la pateaba. Esto me acarreó serios problemas, casi me rompí el pie una vez y tuvieron que ponerme un yeso; tenía diez años. Mis padres decían que esta mala costumbre acabaría por traerme problemas mayores; yo no hacía caso. El día que cumplí dieciocho años encontré una esfera brillante en la calle. Decidí darle un puntapié y se produjo un estallido. Sentí que caía en un abismo. Instintivamente, cubrí mi cara con el brazo flexionado porque las luces me encandilaban. Los ruidos se transformaron en un silencio monstruoso. Y quedé suspendido dentro de la gran esfera. No sé si han pasado segundos o siglos. Solo sé que espero, espero...

Acerca de los autores: 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Corazón de vinilo - Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Por razones que no entendía, y que no le interesaba detectar, se tragó las cinco pastillas de golpe, empujándolas con un trago de vino, sin esbozar la menor protesta. Las grageas se mantuvieron adheridas por un momento a su garganta y parecieron quedarse a vivir allí, aunque luego pasaron más allá del punto en que se puede toser y expulsar un cuerpo intruso. Asimiló la droga y supo que la sustancia proporcionada por Yugg le cambiaría la vida, pero no en el sentido que quería; una pena.
La tercera pastilla cambió su sexo y el cambio fue placentero. Lo peor fue que no le gustaba más el vino: Yugg era un traidor. Fue a buscar al dealer maldito pero encontró a Hugo del Carril cantándole desde el vinilo: “Late un corazón porque he de verte nuevamente…” y se arrojó a los brazos del recio Hugo sin pensarlo dos veces.

Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman

Arte, arte, arte – Alejandro Bentivoglio & José Manuel Ortiz Soto


―Señor Duchamp ―dijo el curador―, algo terrible ha sucedido.
―¿De qué habla? ―preguntó Marcel, que estaba clavando una maceta sobre un pedazo de cemento para crear la obra perfecta.
―Alguien orinó sobre su trabajo. Creyó que era el baño.
―¿Está seguro que no era un happening? ¿Una reacción de un intelectual ante el impacto del ready made?
―No, me parece que se había tomado unas cervezas de más.
Marcel Duchamp continuó clavando la maceta. A cada golpe pensaba en la infinidad de caminos que pueden conducir al arte. Caminos que, no lo dudaba, podrían terminar en laberinto. El detalle estriba, se decía, en la capacidad de diferenciar un orinal de un ready made, sin que importe cuántas cervezas hayas bebido.
Esa misma noche, el velador hizo de la maceta un cenicero y un gato negro cagó en ella. La crítica especializada consideraría más tarde aquellos detalles sublimes y significativos.

Acerca de los autores:

Nada en la cabeza - Fernando Andrés Puga & José Luis Velarde


—¿Están viendo lo mismo que yo? —preguntó el cirujano a sus ayudantes cuando terminó de abrir el parietal de la paciente.
—Yo no veo nada —dijo la enfermera, temiendo acotar algo impropio.
—¡Exactamente! ¡Nada! —ratificó el doctor—. ¿No les resulta sorprendente?
—¿Por qué, doctor? — preguntó la instrumentadora—. ¿Qué es lo que esperaba encontrar?
El doctor retiró el hueso y alumbró la bóveda vacía para que todos pudieran mirar sin estorbos.
—Algún pensamiento, por lo menos una maldita neurona. Es imposible trepanar cráneos y encontrar solo aire. Bien sabemos que se trata de una estrella de cine, pero este hueco escandaliza. Además las tomografías de la paciente indicaban un tumor maligno entre la masa encefálica.
—¿Qué haremos doctor?
—Ya suturo. Es imposible que despierte. Nunca supe de un tumor disolvente de cerebros.
En eso la paciente abrió los ojos y sonrió tan artificial como la noche anterior.

Acerca de los autores:
Fernando Puga
José Luis Velarde

miércoles, 11 de noviembre de 2015

El elixir – Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


En una callejuela que serpentea por los aledaños de la judería de Amberes tenía Jacob van Keerberghen su botica, en cuya trastienda muy pocos pueden contar que hayan estado. Sin embargo, cuando el forastero le detalló su pedido, cerró la puerta principal y con gesto reflexivo hizo seña de que le siguiera. Al visitante se le hacía difícil moverse por aquella estancia repleta. No así al viejo Jacob, que aun arrastrando los pies se desplazaba con destreza, sorteando vasijas esparcidas por el suelo, para alcanzar los anaqueles donde almacenaba cientos de frascos de vidrio con enigmáticos mejunjes. El polvo expelido por su peculiar patinaje ascendía en remolinos por un cono de luz cenital y se colaba en las gargantas, provocando una persistente carraspera. Tan distraído estaba el extranjero contabilizando cubetas, redomas y botellas con los más diversos potingues que la abrupta pregunta de su anfitrión lo tomó por sorpresa.
—¿Está seguro de que lo quiere?
—No estaría aquí si no fuera porque me garantizaron que funciona.
—Funciona, le doy mi palabra —dijo el boticario—. Pero mi pregunta fue otra.
—¿Cómo no voy a querer? —El gesto de estupefacción del extranjero fue por demás elocuente. Pero Jacob insistió.
—El precio, el asunto es el precio.
—Tengo todo el dinero que se necesita, por mucho que usted pida.
—No me refiero a ese precio sino al otro. Yo no estoy seguro de haber hecho lo correcto aquel 24 de septiembre de 1541, cuando Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, en su lecho de muerte, renunció lúcidamente a beber su pócima y me obsequió la fórmula de la inmortalidad.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

Olvidando cosas de importancia – Carlos Enrique Saldivar & Raquel Sequeiro


Como cualquier día de la semana me dirijo a la universidad, me siento muy estresado por los exámenes y comienzo a divagar pensando en mi bajo promedio y en aquella chica que tanto me gusta y ni me mira. Me percato de que no tengo mi maletín en la mano, lo he olvidado; de hecho, noto que también olvidé mi ropa… y mi cabeza. Mi tórax, abdomen y extremidades transitan solos por una avenida concurrida. Espero que nadie me vea… Mi cabeza sigue en el armario, en esa posición supina en que babea… No, está en esa otra, ahora lo recuerdo, del ser o no ser, mirando fijamente a la puerta del armario cerrada. Veo oscuro, siento arcadas, en el banco me preguntan si me pasa algo, pero no contesto.

Hola y hasta nunca – Carlos Enrique Saldivar & Luciano Doti


Ingreso a mi casa, saludo como siempre a la sala vacía, lo cual me alegra y me deprime a la vez, no es común que un hombre de ochenta y dos años viva solo, aunque sí resulta normal que esta situación sea un poco triste. Dejo mis documentos sobre la mesa y encuentro encima una hoja de papel, la palabra «Hola» está escrita allí, con sangre. ¿De quién será esa sangre? Voy a lavarme la cara con agua fría, a ver si recuerdo. Al hacerlo, miro mi rostro en el espejo, está demacrado, no luce bien. Detrás de mí aparece La Parca, viste capucha negra y porta guadaña. Me doy vuelta y no la veo, aunque percibo que merodea cerca. Entonces dice: «La sangre es vida, soy dueña de toda la sangre y, por lo tanto, de todas las vidas». Siento el filo de la guadaña sobre mi yugular.


Acerca de los autores:
Luciano Doti
Carlos Enrique Saldivar

sábado, 7 de noviembre de 2015

La casa está limpia – Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


Fui testigo de un incidente muy desagradable. Tefurkas era humillado por una mujer sin rostro que 
lo ató con una cuerda, le puso un palo en la boca y lo usó para limpiar el piso de la sala. Wycigallo movía la cabeza y nos miraba como diciendo: “Esto es lo que se logra atiborrando con estupideces la sesera de los que van a los servicios todos los domingos”. Pero no dijo nada. Yo sabía lo que estaba pensando porque sé leer la mente, pero ningún tribunal aceptaría una declaración de ese talante. Finalmente, cuando la mujer sin rostro dejó de arrastrar y sacudir al pobre Tefurkas, Fortuny dio un paso hacia adelante y dibujó con carbonilla las facciones de la mujer. 
—Me llamo Rosie —dijo ella cuando pudo hablar.
“Rosie, no te detengas”, sé que pensó Wycigallo, “el canalla de Tefurkas merece un servicio premium”. Como impulsada por un resorte, la chica saltó sobre la espalda de Tefurkas que me imploraba piedad con mirada angustiosa, pero yo no podía hacer nada, salvo admirar la destreza de Rosie con aquellas cuchillas tan afiladas y espantarme por la cantidad de sangre que empezó a salpicarlo todo. Fortuny pareció ausente un buen rato, me miró pensativo y dibujó junto a mi mano un teléfono y una botella de whisky. Después, indolente, como si todo aquello le aburriera, esgrimió una enorme goma de borrar. Yo estaba completamente borracho cuando llegó la policía, pero Rosie les dijo que no había de qué alarmarse, mientras les mostraba la casa en orden. Al pasar junto a mí, pateó con disimulo una mordaza para ocultarla bajo el sofá y me guiñó un ojo.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

Metamorfosis encadenadas - Javier López & Héctor Ranea


Recuerdo que fue con 28 años cuando comenzaron a asaltarme las dudas sobre mi propia identidad. ¿Quién era yo y qué tenía en esta vida? Un puesto de trabajo insatisfactorio, novias de fin de semana y una casa en régimen de alquiler. No era eso lo que tenía previsto para mi futuro.
He de confesar que siempre he sido un poco extremo en mis determinaciones. Así que decidí cambiar de género y dejar de ser Luis para convertirme en Luisa. Y no piensen que fue por una inclinación hacia lo femenino. Fue por puro aburrimiento.
Quizá influyó en mi decisión una visita al Museo unas semanas antes. Contemplar el Nacimiento de Venus iba a llevar mi destino por otros derroteros durante un tiempo. La diosa, engendrada por los genitales de Urano, que habían sido cortados por su hijo Cronos y echados al mar —aunque algunos aseguran que nació de una nube de esperma arrojada directamente a las aguas por el mismísimo Zeus, en la que alguna deidad se dio un baño de espuma— estaba ahí, delante de mí, y quise ser como ella. Y lo conseguí.
No iba a tardar mucho en darme cuenta de mi error. Con mi nuevo género no acababa de encontrarme a mí mismo (aunque, recordando ese tiempo, debería decir "a mí misma"). No me terminaba de adaptar al hecho de que lo que antes era saliente ahora fuera entrante. Y mucho menos a que los hombres me piropearan por la calle.
Así que este episodio solo duró unos meses, pero quedé trastornado por las operaciones y tuve que comenzar con las sesiones de psicoanálisis. Y eso no hizo más que agravar el problema. El psiquiatra me hacía dudar incluso de mi propia existencia, y en poco tiempo, en lugar de recuperarme, comencé a oír voces.
De manera que, tras haber vivido un cambio de género, ahora experimentaba un cambio de número. De nuevo no era Luis. También era Alfonso, y Antonio, y José... Adquirí varias personalidades diferentes. E iba a ser el sexo, una vez más, lo que se convertiría en un verdadero problema. Éramos demasiados hombres para buscar pareja y pronto surgieron los celos entre nosotros.
Para tratar de solucionarlo, tuve la idea de poner un anuncio en una revista de contactos, buscando siamesas y quintillizas. Afortunadamente respondieron en cuatro ocasiones al anuncio: una pareja de siamesas y tres quintillizas. Como yo estaba en una fase en la que escuchaba hasta once voces diferentes, parecería que sobraban seis de ellas. Nada más lejos de nuestras apetencias. Alguna de mis personalidades gustaba de las orgías. Así que no solo no sobraban, sino que tuve que volver a poner más anuncios.
Después de eso lo único difícil fue buscar habitaciones con el tamaño requerido. Por suerte, no faltaron patrocinadores que querían retransmitir en directo el lamentable espectáculo... Ellos ponían la casa y las cámaras y además nos pagaban. Mi vida se convirtió en un programa de televisión de veinticuatro horas al día y yo era un hombre plural con quienes me habitaban completamente liberados.
Durante un tiempo me fue bien así, pero ya les digo... me canso de todo. Entonces busqué el cambio definitivo. No era el género, ni el número. Lo que yo realmente siempre había deseado era cambiar de especie, ahora me daba cuenta.
Consulté con mi médico para ver si era posible hacerme una operación de agallas para convertirme en pez y tirarme al mar, que es lo que siempre me ha gustado. Ahora pienso que fue eso lo que me llamó la atención en el cuadro del Nacimiento de Venus, aunque confundí las señales y he perdido doce años de mi vida en los cambios infructuosos que les he narrado.
El cirujano me dijo que lo que pretendía era una barbaridad, una ignominia y una locura. Debía hacerme unas incisiones en el cuello para que tuviera mis agallas, por lo que la consideró una intervención de alto riesgo. Así que se negó a operarme. Por eso tuve que buscar un estudio de tatuajes, en un Puerto de cuyo nombre solo mencionaré en mi testamento, donde había un hombre de aspecto bastante salvaje que hacía modificaciones corporales radicales. Concretamos por un precio razonable y al fin tuve mis agallas.
Hoy estoy preparado para ser pez. Escribo, pues, esta historia antes de arrojarme definitivamente al océano y compartir mi vida con morsas y quién sabe si con sirenas.
De todos mis cambios, creo que éste será con el que alcance la verdadera plenitud. Sé que voy a poder sentirme, al fin, realizado. Y es que ya se me había hecho urgente convertirme en pez. Los humanos siempre me han parecido muy raros.

Acerca de los autores:
Javier López
Héctor Ranea

Ascensor al miedo – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Cuando Hikato entró al ascensor, vio una niña que permanecía de espaldas en una de las esquinas. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que las puertas se cerraran y el artefacto arrancase. No había ningún piso marcado. La niña tenía el pelo largo, profundamente negro. Su vestimenta de colegiala no era nada tranquilizadora.
Hikato se asustó, golpeó las puertas del ascensor y trató de marcar el botón de la alarma, pero no sucedió nada. Ningún número aparecía reflejado en el visor del panel. Recordó la siniestra leyenda de aquel edificio, allí nadie usaba el elevador. Lamentó mucho el haberlo olvidado. Noto que subían; al menos no iba al infierno, pensó. La pequeña volteó su pálido rostro y le dijo:
—¿A dónde quieres ir?
—A casa.
—De acuerdo.
El ascensor se detuvo de golpe. La chiquilla se despidió haciendo un gesto con la mano. Hikato salió corriendo y se encontró en su hogar. Al mirar hacia atrás se percató de que había salido del baño. Suspiró, aliviado, pero todo se trastocó en un horror intolerable porque encontró a su familia en la sala… muerta. Habían sido cruelmente asesinados.
Ese es el motivo por el cual nunca subo a un elevador. ¿No me crees? Ve a ese edificio donde vive gente extraña y entra al ascensor. Te llevará a cualquier lugar del mundo.
Eso sí, cuando llegues, habrá una sorpresa esperándote.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Carlos Enrique Saldivar

martes, 3 de noviembre de 2015

Better to explode than fade out - Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio


Decidió que lo sagrado no podía encarnarse y que entonces había que pensar otra religión. Algo más etéreo que nunca pudiera solidificarse. Se entregó por completo al arte del aire puro, de los estados abstractos y de los gestos.
Corrió por todos lados, acelerando y desacelerando, trazando todos los caminos imposibles. 
El nirvana le llegó bajo la forma de una combustión espontánea. Sus cenizas quedaron esparcidas en la nada.
Hubo escépticos, pero el silencio posterior a cualquier risa, a cualquier ruido, era la consumación de su doctrina.

El tour del tiempo - Javier López & Héctor Ranea


Estuve con Ann Boleyn en el momento de su último suspiro en forma de chorro de sangre de dos metros de longitud. No me salpicó de suerte, nomás. Algunas cabezas dicen cosas una vez extraídas violentamente de los torsos. La de ella dijo apenas un suspiro en el que podíamos adivinar la palabra Henry, solo porque sabíamos la historia que la había llevado allí. Sin embargo, sus manos ligadas no dijeron nada. Como muchos viajeros del tiempo, lloramos su triste final, pero seguimos viaje. El tour del tiempo no perdona retrasos. El castigo era la guillotina anónima, el retorno imposible.

Acerca de los autores: