martes, 29 de diciembre de 2015

Segunda o tercera oportunidad – Sergio Gaut vel Hartman & María Ester Correa Dutari



—Los rumores acerca de mi muerte son una simple exageración —dijo Samuel Mittel extrayendo uno de sus famosos cigarros ficticios del bolsillo del chaleco y encendiéndolo con la punta de la lengua—. Como casi todas las cosas que los mediocres dicen sobre mí, esta contiene solo un treinta por ciento de verdad.
—¿Eso significa que un treinta por ciento de usted está muerto? —Cuggar se acomodó en la silla; no terminaba de aceptar que estaba hablando con un reciclado. Pero si es así, pensó, a este tipo no le queda ni segunda ni tercera oportunidad. Se rehizo y agregó—: ¿Qué busca en esta funeraria?
—¡Usted lo sabe, es mi última oportunidad! —Samuel comenzó a desaparecer.
—¡No puede pasar, los envases están reasignados! —gritó Cuggar interponiéndose entre el reciclado y los féretros—. Ya no le queda ninguna otra oportunidad. ¡Salga de aquí!
—¿Cómo que no? Me queda una.
—La que le queda lo convertiría en un mutante y no tenemos más cadáveres.
Han pasado otros dos minutos. Ahora Samuel solo es contorno, se está quedando vacío. Pero le queda algo que no es ficticio. Rápidamente saca un estilete y lo clava justo en la yugular de Cuggar.
Un rato después, los empleados de la funeraria acompañan el féretro. Del cajón sale un espectro.


Acerca de los autores:
María Ester Correa DutariSergio Gaut vel Hartmank

El motivo - Ada Inés Lerner & Carlos Enrique Saldivar


Aparté la mirada del vaso de cerveza y me encontré con una mujer que tenía la cabeza cubierta con un pañuelo pequeño. La había visto en cuanto entró ella en la taberna. Llevaba un pequeño bolso y en la mano dos o tres pares de medias que ofrecía en cada mesa. No era insólito encontrar una mujer en un boliche de barrio, puesto que entraban cuando les venía en gana sin el peligro de los bares «bien» donde las sacaban a empujones. Decidí comprarle un par de medias, más por altruismo que por necesidad. Pero cuando se las pedí, ella no quiso venderme nada. La llamé varias veces y me ignoró. Se fue del restaurante y la seguí. Le gritaba que se voltease, que no me ignorara. Entonces lo hizo, me observó de frente, su mirada era de rabia, se quitó el pañuelo y vi las aberturas en su cabeza. Era ella. No la había reconocido sin maquillaje. Di media vuelta y corrí a perderme. Recordé aquella noche en el antro, cuando mis amigas y yo golpeamos a aquella bailarina varias veces en el cráneo con botellas. Pienso en regresar, alcanzarla nuevamente, decirle que lo siento, que los seis meses en prisión me hicieron reflexionar acerca de mil cosas. Pero ya se ha ido. Espero encontrarla de nuevo. Espero no verla otra vez. No sé qué quiero. De lo único que tengo certeza es que la ciudad se ha convertido en una trampa. Que cada uno de mis pecados podrían saltar desde tal o cual esquina y recordarme lo perversa que he sido. Atolondrada, me dirijo a casa, a llorar mi fantasmal soledad, producto de una antigua vida de violencia y desenfreno.

Acerca de los autores:

Deseo navideño - Doris Camarena & Ricardo Bernal


Esa navidad, nueve de cada diez niños pidieron su Payasito Parlante Primor, una maravilla de juguete. Cuando era sacudido, el Payasito Parlante Primor decía una palabra nueva en cualquier idioma; según las campañas comerciales, los niños aprenderían otros idiomas, la humanidad entera se hermanaría ya sin barreras de lenguaje. Pero cada vez que el Payasito Parlante Primor decía una palabra, el mundo entero la olvidaba para siempre. Cuando llegó el año nuevo los idiomas habían desaparecido. Fue así como el Payaso Parlante Pavor pudo fundar su reino en un planeta mudo que no profería una sola queja.

Acerca de los autores:

viernes, 25 de diciembre de 2015

Cofradía - Edilberto Aldán & Ricardo Bernal


El azar y una noche lluviosa los reunió. Descubrieron que soñaban lo mismo, también que esos sueños eran resultado de los libros que estaban leyendo.
Establecieron sitio y fecha para los encuentros siguientes. El grupo y su poder crecieron. En un principio seleccionaron los libros que hacían surgir los sueños compartidos. Lentamente aprendieron a domar los sueños, a convertirlos en augurio: lentamente su poder fue creciendo.
Hoy saben que para estar en todos los hombres sólo falta el libro que los transforme en sueños. Hoy saben que el lector de ese libro ha de morir. Este párrafo es el final de la historia.

Acerca de los autores:

Caminata nocturna – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar



El sonámbulo caminaba entre los zombis. Los muertos vivientes no podían notar la diferencia. Sin embargo, ¿qué pasaría cuando despertara? ¿Acaso sobreviviría a esa necesidad de sus compañeros de ruta de devorar todo a su paso? Ahora no podía pensar en las consecuencias de no haberse amarrado a la cama, pero si se despertara quizás no tendría tiempo para pensar al respecto. Estuvo así mucho tiempo, andando entre los muertos; entró en la carretera y fue detectado por un grupo de sobrevivientes. Cuando el sonámbulo se hubo alejado lo suficiente de los zombis, un hombre se le acercó para conducirlo a un búnker salvador; al tomar al dormido del brazo, este lo mordió con salvajismo y lo hirió. En su sueño, el durmiente creía ser un muerto andante. Los vivos, enojados, le dispararon en venganza, a sabiendas de que estaba sano. El sonámbulo despertó, dolorido. Se halló en un suelo frío y durísimo, solo veía la luna brillando en el cielo. Se dijo que ya antes había transitado dormido, que había sido un gran error de su parte no atarse a su camastro, que hay monstruos por todos lados, muertos y vivientes, estos últimos eran los más peligrosos. Sentía un dolor enorme en el costado izquierdo del cráneo, perdía el sentido, deseaba fallecer pronto, pero la muerte tardaba. Rogó por un fenecimiento rápido. Los zombis lo rodearon y acabaron violentamente con él, le hicieron penetrar en un sueño nuevo, una fantasía surrealista donde se ponía de pie otra vez, donde deseaba con todas sus fuerzas comer sesos, donde buscaba a través del bosque a las personas que le habían lastimado; esa ensoñación lo hacía feliz, lo hacía flotar, lo impulsaba a deslizarse en un mundo de placentera perversión…
Un nuevo impacto lo sumió en un sueño aún más oscuro.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Alejandro Bentivoglio

El domador domado - Diego Alejandro Majluff & Ada Inés Lerner


Un domador se jactaba de ser el único y verdadero artífice del arte de introducirse en las fauces de las fieras. Y no se limitaba únicamente a introducir la cabeza en la boca de los leones. En una época en que escaseaba la visita de espectadores al circo, la única fuente de ingreso de los trabajadores circenses, el domador decidió transgredir las normas del buen gusto. Fue entonces que frente a la pobre platea, tomó con sus dedos pulgar y anular la trompa de un elefante, tan delicadamente como si se tratase de labios femeninos, e hizo el repugnante pero pasional gesto del enamorado que desbordado de pasión, acaso de incontenible voluntad, se funde en la húmeda boca del ser amado. Un murmullo inasible se levantó desde el público, se mezclaban manifestaciones de aversión (la sociedad protectora de animales, las señoras de espíritu conservador, la mona Eugenia), admiración por la proeza (los adolescentes, las mujeres liberales, el malabarista) y de sorpresa (los padres de familia, los enanos, el presentador). El domador notó que la bestia se había erizado, que los pequeños dientecillos que tiene en la trompa para triturar las hojas le provocaban pequeñas heridas en su boca y que luego acariciaba esas lesiones tal como lo haría un humano. No le pasó desapercibida la erección del enorme pene del animal (y a esta altura del relato la sorpresa es también del lector), ni los suaves porrazos que le propinaba buscando su sexo. Esta actitud, normal de la bestia, no había sido prevista por el domador que retrocedía con pequeños pasos como si lo hubiera previsto antes, aunque hubiera preferido no hacerlo. Advirtió que al público no le pasaba inadvertido lo que ocurría aunque la opinión general era que había sido previamente calculado. El domador todavía estaba esperanzado en que el elefante cesara en su empeño y que todo quedara en su propia proeza. El dueño del circo y algunos empleados (un enano luego lo confirmaría) notaron que la situación escapaba al control del domador y se apresuraron a traer a la elefanta más joven para distraer al gran macho, pero éste la registró con un leve movimiento y continuó su erótica lucha con el domador. La boca de éste último ya estaba muy lastimada y sangraba, lo que excitaba más al animal. El domador, al no resistir el dolor, se desmayó y cayó. El público de pie gritaba enardecido, algunos excitados por la escena (el malabarista, la mona Eugenia y una prima del presentador) y otros por compasión (las señoras de espíritu conservador que lucían sus enaguas al público, el público al ver la intimidad de las señoras de espíritu conservador). Los ayudantes del circo, por orden del dueño, castigaron con látigos al paquidermo para que desistiera. Este los ahuyentaba con las patas traseras y la trompa, con los ojos brillantes destellando tonos rojizos mientras que, con todo cuidado, evitaba lastimar con sus patas al domador, aunque seguía empujándolo con su miembro, ahora sí, determinado a consumar el apareamiento a que había sido llevado.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Diego Alejandro Majluff

lunes, 21 de diciembre de 2015

Las víctimas de una gargantuesca fluctuación – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—El universo es como es —dijo Asdrúbal Porcamiseria mirando a Cocoliso Visionette de hito en hito— no como queremos que sea. Si fuera diferente pasarían cosas incomprensibles para nosotros, ¿entendés?
Kocolizo movió la cabeza de arriba abajo y sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Qué no hubiera dado él por un suelo firme, objetos inmutables y nombres permanentes! No lo veo, pero está, supongo —pensó— aunque no se pueden ver cosas que sí existen, es mejor que veamos lo que existe para saber si es, o algo parecido.
Drubalas Miseporcaría se compadeció de su alumno, que un minuto antes había sido su hermano y tres minutos antes su enemigo acérrimo y le tocó la gliba con el gutote. ¡No!, la jumila con el vereno. Tampoco. La mugela con el huyote.
—Compasión —reclamó Bicionette.
—¿Qué es eso? —Balasmise Cariadrupor sacó un arma de su gabardina y despachó al infame. —Esto es por las dudas, aunque por efecto sinergético es un absoluto en el que el todo nunca es igual a la suma de las partes porque es una gargantuesca fluctuación
Minutos después, entropía, inercia y electromagnetismo se pusieron a tomar café, o algo parecido, con el afecto intacto, o algo parecido.

Acerca de los autores: 

Indistinto – Sergio Gaut vel Hartman & Fernando Andrés Puga


Máximo Cabello es la clase de persona que aprecia la naturaleza por lo que ésta es y no prefiere los días soleados a los lluviosos o los calmos a los ventosos. Esta frugalidad en sus inclinaciones se extiende, además, a todos los otros órdenes de la vida. En materia de mujeres, por ejemplo, a Máximo le dan igual las altas o las bajas, jóvenes o maduras, flacas u obesas, rubias, morenas, pelirrojas o canosas.
Así lo definíamos en el barrio cuando un extraño preguntaba, hasta que conoció a Lolita.
Desde entonces, Máximo se dio vuelta como una tortilla. Ya nada ni nadie le viene bien. No hemos podido saber la causa de semejante cambio. Algunos sospechan que se enamoró y el amor lo asustó. Otros, que ella le puso los puntos sobre las íes. ¡Vaya uno a saber! Una cosa no quita la otra ¿no?

Acerca de los autores.

Ominoso – Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Era una estructura horrenda, tenebrosa. Había sido construida en una ligera depresión del terreno, por lo que los arquitectos debieron resolver el problema agregando amplias escalinatas que conectaban el interior con la superficie. Estaba coronada por una cúpula prominente y todas las personas que entraban y salían de allí lucían el mismo tipo de vestimenta, unos ropones que los hacían parecer los sacerdotes de un culto olvidado. Un profundo escalofrío me recorrió la espina dorsal: mi esposa y mi suegra estaban dentro del grupo de seudo-sacerdotisas, haciendo unos ademanes que ya había visto antes en casa, sin lograr encontrarles explicación. Ahora todo parecía aclararse: el extraño sabor de las comidas y bebidas en los últimos meses, el sueño insaciable que me dominaba y, sobre todo, la aparición de esas molestas escamas en distintas partes de mi cuerpo y el rabo incipiente que empezaba a crecer desde mi última vértebra…

Acerca de los autores:
Javier López
Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 17 de diciembre de 2015

Whisky barato – Sergio Gaut vel Hartman & María Ester Correa


Como buen fascista, dogmático y ponzoñoso, Martín no podía hablar de las mujeres sin denigrarlas. Esta vez no fue la excepción. Desagradable hasta las náuseas, no se cansó de repetir que las hembras (siempre llamaba “hembras” a las mujeres) están destinadas a la cópula, eventualmente a la reproducción y nunca a tareas intelectuales.
—Si les das un papel hacen una papirola —dijo saboreando el whisky barato de Roque había disimulado en unos botellones de cristal mezclado con psilocibio, un hongo alucinógeno comprado esa tarde en la farmacia. El empleado le había dicho que era lo mejor si se quería dar un viaje, aunque le advirtió sobre las consecuencias funestas que podía tener el abuso. Si te pasás no contás el cuento, había agregado.
—¡Martín —dijo Roque, socarrón—, esta noche tenemos fiesta, todo lo que tomes es gratis! —Y luego, dirigiéndose a las chicas, estableció las reglas de la juerga—. Entren, cierren las puertas, corran las cortinas, el bar es de nuestros invitados. —Pensó que tendría aseguradas seis o siete horas de diversión, lo que duraba el efecto del alucinógeno, por lo que se frotó las manos, entusiasmado.
Sabía qué resultados podía esperar. Martín, bebiendo, era una esponja; no dominaba su mente, ni su cuerpo. Las prostitutas lo rodearon, sobándolo, y lo desnudaron sin miramientos.
—¡Te vamos a castrar! —dijo una.
—¡No, no, mejor violémoslo! —dijo otra. Todas reían a carcajadas. Empezaron a torturarlo con vibradores, navajas, encendedores y diversos juguetes eróticos. Martín bramaba de miedo, balbuceaba pidiendo ayuda; fueron horas de idas y vueltas en las que terminó arrastrándose por el piso como una babosa.
—¡Roque, por favor, ayudame, esto es un infierno! ¿Qué le pusiste al whisky?
—Le puse psilocibio, un hongo alucinógeno tremendo. ¿Qué te parece? Pega fuerte, ¿no?
—¡Dejame salir! Es como estar preso en la Isla del Diablo. Es como penar en los calabozos de la Inquisición, atendido por los dominicos. ¡Esto es Auswichtz! —Martín corría de una habitación a otra, perseguido por las mujeres que trataban de sodomizarlo con un jarrón de la dinastía Ming, obviamente mucho más caro que el whisky con psilocibio.
—Es cierto —dijo Roque, sonriendo, cínico—; y solo se puede salir de una forma. —Lo detuvo con una mano mientras abría la puerta de su estudio y contenía con un gesto a las prostitutas—. Todavía te quedan algunas horas de locura —agregó—, salvo que tomes un atajo. —Cerró la puerta con llave, dejando a las decepcionadas cazadoras del lado de afuera y puso una Beretta 92 en la mano de Martín—. Podés decir que la culpa la tienen ellas, que hicieron de tu vida un infierno.
—¡Sí, sí! ¡Hijas de puta!
Las chicas escucharon el disparo, pero se perdieron la sonrisa de satisfacción del suicida.

Acerca de los autores:
María Ester Correa Dutari
Sergio Gaut vel Hartman

Puzzle - Javier López & Héctor Ranea


La última pieza del puzzle no encajaba, porque no era la última. Pensó que, con esa incertidumbre a cuestas, era mejor dejar el rompecabezas abandonado. Pero cuando lo hacía, al día siguiente la pieza se había movido al lugar del que había desaparecido en el anterior intento por encajarla. Descartado el siroco como medio de locomoción, sólo quedaba pensar que la pieza desaparecía sin más, como la Luna cuando no la miramos, pasando a formar parte de otro rompecabezas en vaya uno a saber qué otro Universo. Después retornaba. Eternamente retornaba.

Acerca de los autores:

La Chandôn de la Berlinalereui – Raquel Sequeiro & Carlos Enrique Saldivar


En un instante su vista se volvió tan aguda como la de un buitre. Escarbando en la basura encontró un par de sandalias y un llavero nuevecito. Dejó el llavero, se puso las sandalias de tacón alto, caminó tres manzanas, se detuvo frente a una boutique conocida, «La Chandôn de la Berlinalereui». Ya otras veces había sentido la extraña comezón de estar sola. Un chucho pasó a escasos centímetros de sus sandalias caras y brillantes. Se decidió a entrar, aunque fuese únicamente para ver los vestidos, abrigos y sombreros de ensueño. La puerta estaba cerrada, giró la manija, mas no pudo ingresar al establecimiento; sintió que quienes la observaban a través del vidrio se reían de ella. Entonces recordó las llaves. Fue por estas, pero cuando regresó a la boutique no había nada, solo un perro que le orinaba encima. Ella no logró quejarse, pues los maniquís son inamovibles.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Carlos Enrique Saldivar

domingo, 13 de diciembre de 2015

Ruta de escape - Sergio Gaut vel Hartman & Lucila Adela Guzmán


Decidí moverme sin pensar, automáticamente, porque he llegado a la conclusión de que mis enemigos pueden detectar mis emociones y, tal vez, mis pensamientos. Por lo pronto, y para despistarlos, realizo este movimiento inmóvil que puede leerse como si fuera un pequeño cuento, una microficción. Se trata de una maniobra de distracción, por supuesto, y sé que no servirá de mucho, pero tal vez durante el tiempo que demoren en descifrar esto yo encuentre una salida.
¡Dios mío! ¡Qué descuido! No debí haber puesto un punto y aparte ¡No! Son ellos… los abducidores de pretextos y ahora me quedaré sin excusas… Sí, los que se quejan de mi frialdad, los que se quejan de mis ausencias lo sabrán, yo escribo para que nadie sepa en donde estoy. Me han descubierto agazapado en esta, mi última ficción.

Acerca de los autores:
Lucila Adela Guzmán
Sergio Gaut vel Hartman

Joven con tapado rojo – Héctor Ranea & Javier López


Atesoro en mi ordenador una colección de arte que es maravillosa. Y justifico. Ya había notado una tendencia exagerada al parpadeo del monitor. A pesar de tanto cuidado en cuestiones técnicas, eso me dejaba una imagen remanente que se parecía al joven con capa roja de Pontormo, que sólo porque el ceño parecía el del Papa Inocencio no reconocí de antemano.
Esa mirada me taladraba; revisé todo lo que pude, pero antes de terminar la máquina empezó a ratear y el disco a despedir olores sulfurosos de mal presagio.
La última vez que pude reiniciar el ordenador, la mirada del joven mutó a la del Papa y no pude evitar que saliera un clamor parecido a la carcajada de un loco y en el monitor, al compás de una pieza de Satie en forma de pera, se dibujara con sorna el: “Ceci n’est pas une pipe” de Magritte.

Acerca de los autores: 



Diálogos - Doris Camarena & Ricardo Bernal


Deberías conocer bien a todos aquellos con quienes dialogas. Primero fueron los telégrafos, luego los teléfonos y ahora la Internet. Nunca sabes quién está ante la otra pantalla. Así que recibes un correo, o algún conocido te invita a chatear; no sabes de él hace tiempo y el placer del reencuentro te entusiasma. Le notas extraño pero con el tiempo la gente cambia. Durante meses conversas, juegas, haces confidencias, recuperas la cercanía hasta que alguien, inadvertidamente, pregunta si supiste de lo ocurrido al pobre de X, y te cuenta que su muerte, hace ya algunos años, fue algo muy trágico.
Ahora imagina que es un desconocido, durante meses conversan, juegan, hacen confidencias… y nunca te enterarás.

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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Amanecer rumboso – Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Domínguez


Me desperté sobresaltado un minuto antes del amanecer y levanté los ojos hacia el intruso que me apuntaba con una Glock. Después de todas esas semanas de amenazas indefinidas, el tipo por fin había aparecido y casi me alegré de concretar el encuentro. Era demasiado grande para luchar cuerpo a cuerpo, especialmente porque el arma compensaba mi inteligencia. Y lo peor era que la reciente pesadilla todavía me pesaba en la mente por lo que traté de imaginarme al tipo desnudo, boca abajo y con un hierro puntiagudo clavado en la espalda. Cerré con fuerza los ojos. Cuando los abrí todo estaba borroso. Al percibir con claridad, la imagen fue reconfortante. Estaba sobre mi cama, como lo había imaginado, el tipo desnudo, boca abajo y con un hierro puntiagudo clavado en la espalda. Volví a cerrar fuertemente los ojos e imaginé que despertaba sobresaltado un minuto antes del amanecer.

Acerca de los autores:
Alejandro Domínguez

Cas, ca, ri, tas — Cristian Cano & Ana Caliyuri


Miro la gragea. Me enfoco en esa cascarita y pienso en azúcar inexplorada. La concentración dulce casi veneno. Pero, no pasa nada de nada. La idea crece y agoniza en mi imaginación. Temo por la gragea, porque tengo miedo a que una correntada de aire se la lleve. Si se mueve las ideas se me destrozan. Derrumbo como un gigante vacío. El universo de la gominola y todo lo otro que no es la cascarita azucarada me tienen sin cuidado. Hay un ínfimo universo encapsulado allí. No es mi anhelo: juro que no. Es el insospechado sabor lo que evapora mi mundo de rutina y me aproxima a otro con deleite. Un breve universo gira en mis pensamientos hasta que yo soy esa cascarita; y no sólo eso: mis amigos, mi barrio y mi historia tienen cara de cascaritas. El mundo es dulce o amargo por una gragea fortuita.

Acerca de los autores:
Cristian Cano
Ana Caliyuri

¡Sorpresa! – Fernando Andrés Puga & Carlos Enrique Saldivar


Volví tarde. Hice tiempo en el bar de la esquina hasta estar seguro. No quería correr ningún riesgo. Antes de entrar me saqué los zapatos y en puntillas subí la escalera. Conteniendo la respiración, atravesé el cuarto después de asomarme para corroborar que dormías y, cuando llegué al vestidor, abrí la caja fuerte oculta detrás del botinero. Cogí el paquete. Listo, pensé. Ahora a esperar. Me senté a un extremo de la habitación. Deduje que te despertarías de madrugada para beber agua y así lo hiciste.
Te daría la sorpresa en la cocina. Me dirigí hacia allí, deshaciendo el envoltorio.
Nunca olvidaré la expresión de tu rostro al verme. ¡Creí que estabas muerto!, dijiste.
Entonces me puse la Máscara del Vampiro.
Te chupé toda la sangre.
Me traicionaste, nena, y lo pagaste.
Me quité el arma homicida y esta se deshizo en mis manos.
Este crimen nunca se resolvería.

Acerca de los autores:
Fernando Andrés Puga
Carlos Enrique Saldívar

domingo, 6 de diciembre de 2015

Incinerante – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—El efecto giroscópico de los chuteos de bola —dijo el profesor Crima— incide sobre los resfríos de las adolescentes vírgenes de un modo directamente proporcional a la vectorización de eme acelerada a la trigésima potencia. El efecto colateral de este fenómeno es que los orgasmos resultantes superan la velocidad de la luz por un kilo y tres pancitos.
—Ay, profesor —interpoló Graciela Bitmithe—, usted sabe tanto… ¿Puedo abrasarlo?
—¡Por supuesto, m’hijita.
Dicho y hecho: la alumna abrasó al profesor y lo redujo a cenizas, que luego usó para pagar su inscripción en una iglesia dedicada a ritos tántrico-sincréticos.

Acerca de los autores:

Espectadora - Raquel Sequeiro & Carlos Enrique Saldívar


Las antenas sobresalían por los límites del muro. Le encantaba espiar a su vecino, cómo sacaba la basura por la noche, cuando se iba al cine con su novia Rebecca o cuando se tiró del ático con ánimo de suicidarse.
Todos en la ciudad sabían que era un contable venido a menos que había perdido la juventud jugueteando con la música de las esferas, transformadas estas en significativos y gigantescos números grotescos. Hacía tiempo que había renunciado a su carrera para dedicarse a la Literatura; escribió algunos cuentos y los envió a revistas. Ninguno fue aceptado. Esto lo deprimió.
Por eso yace ahora, ensangrentado, sobre su jardín.
Ella lo observa atentamente, cada mueca de dolor, cada rastro de sangre. Sabe que en cuanto él muera, se acabará el espectáculo.
La hormiga se retira, sin conocer el destino del personaje. La debilidad humana, piensa, es ya una película muy repetida.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Carlos Saldívar

martes, 1 de diciembre de 2015

El depravado perezoso – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


La culpa me agobia todos los días. Sea por actos que cometí o por los que pienso cometer. Por lo general permanezco encerrado en mi departamento sin hacer nada, pero no creo que eso me exima de los terribles e insospechados castigos que puedan caer sobre mi persona. Temo que mis pensamientos más viles salgan a la luz y se comprenda el horror de todo lo que aún no he hecho y probablemente no haga nunca. Hoy, ejemplo, calculé que tardaría unos cuatro meses en matar a siete mujeres, si voy acortando a la mitad el tiempo entre cada asesinato. ¿Por qué no paso a la acción? Seguramente porque además de la pereza, me produce un profundo disgusto ser tan previsible. Es horroroso. Por este camino terminaré siendo el peor monstruo potencial de la historia de la humanidad.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

No llama – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Angélica no llama. No sé por qué habría de hacerlo. Solo nos hemos visto una vez. Sin embargo, espero esa llamada como si fuera lo único importante del mundo. Hace días que no como, ni duermo. Permanezco en el sofá, mirando el silencioso teléfono. Cada tanto, compruebo que haya tono, que la línea no esté cortada. No entiendo por qué Angélica no llama. ¡Suena ahora!, grito, pero el aparato no hace el más mínimo ruido. Desesperado, cojo un cuchillo de la cocina, hinco mi cuerpo con este, coloco el arma en mi cuello, siento el agudo dolorcillo, la punta casi penetrando en mi garganta…
Suena el teléfono.
¿Será ella? Me faltan piernas para correr a contestar.
—¿Marcos?
¡Es Angélica!
—Sí, soy yo…
—¡Quiero decirte que eres un idiota asqueroso y patético, no me verás nunca más!
Clic.
¡Me ha llamado! ¡Qué alegría! Sabía que iba a quedar impresionada conmigo.

Acerca de los autores:

Ecos de la luna - Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio


              La luna grita
heridas que duelen
con el color de una serpiente
y vos
en el centr
de una geometría distinta.
Ivana Szac


La luna grita heridas que duelen con el color de una serpiente y vos en el centro de una geometría distinta, trazando círculos que culminan y figuras que nos dibujan como forasteros de estos labios que se inclinan sobre las dunas de una noche, de estos dientes que muerden la carne que se abre, floreciendo al deseo de rectas que conectan los planos por los que caemos, víctimas de este delicioso veneno. En este juego de afilados colmillos que nos hacen manada en la distancia de los páramos donde permanecemos juntos creando los nuevos astros.

Acerca de los autores:
Ivana Szac 
Alejandro Bentivoglio