lunes, 5 de septiembre de 2016

El senku y Madame Rosellieu - Ana Caliyuri & Sergio Gaut vel Hartman


Madame Rosellieu había sido confinada al océano de la nada. Eso de querer convertirse en una nueva Juana de Arco (post Juana de Arco) generó que los legionarios la sentenciasen a divagar por siempre en ese infinito; a no ser que descubriese el octavo elemento o la pieza 33 del mentado juego del Senku. El caso es que la mujer desplegó un tablero justamente enfrente a la constelación de Berenice y tras escabullirse por atrás del rey Ludo, que cavilaba aburrido, tomó una pieza blanca, híbrido de alfil y clavija, la insertó en el medio del sol designado como GJSBR1464H y provocó una supernova de órdago.
—¡Órdago, jaque mate y chinchón! —exclamó el rey Ludo recuperando el interés.
—¡Truco, generala doble y sarampión!
—¿Sarampión? ¿Qué es sarampión?
—La jugada final del senku, ¿lo ignoraba?
—¿Cuándo la última pieza queda en el centro?
—Exacto.
—Mire usted, ¿quién lo hubiera imaginado?

Acerca de los autores:
Ana Caliyuri
Sergio Gaut vel Hartman

martes, 12 de julio de 2016

El ejército de las sombras – Sergio Gaut vel Hartman & Ana Caliyuri


Eltod y Koter avanzaron entre puntales dorados que alguien había puesto sobre una serie de toscos peldaños de roca para sostener una especie de techo vegetal curiosamente irregular, lo más alejado de lo geométrico que pueda imaginarse. No era la primera excentricidad que descubrían en ese mundo signado por las desproporciones y las asimetrías. Si existía en el universo un lugar tan proclive a las rarezas ese era Judestel, el cuarto planeta de KPT-4326. Cuando terminaron la escalada, se situaron sobre los hierbajos y contemplaron delante de sí la extraña y hermosa vegetación. Cerca había cosas sacudiéndose, similares a flores. Observaron hacia arriba: la noche de cuarenta y nueve horas y media recién iniciaba. Ambos decidieron recostarse y observar en el cielo a las exuberantes entidades luminosas que realizaban danzas de ensueño. Eltod se dijo que no podrían quedarse en ese fabuloso jardín por siempre, que en algún momento «ellos» aparecerían. Koter sabía que no serían rescatados, la comunicación se había cortado en el momento menos indicado y nadie sabía que se encontraban varados en aquel mundo. Pero no estaban nerviosos, ni siquiera preocupados, mucho menos sentían dolor por las abundantes laceraciones que marcaban sus cuerpos; algunas raíces salieron a la superficie y los acariciaron, las criaturas de la nocturnidad eran afables, cálidas, envolventes, quizá porque pertenecían a un reino distinto del animal. Los hombres disfrutarían hasta el último instante de aquel finito placer pues en cuanto amaneciera, la fauna del planeta, conformada por seres indescriptibles, despertaría e intentaría cazarlos como lo había hecho durante el día anterior, que tuvo noventa y nueve horas. Siguieron disfrutando del espectáculo, muy pronto se dormirían. ¿Quizá para siempre? Tal vez lo que experimentaban era una muerte lenta y dulcificante. Se rieron ante tamaña ocurrencia. No se daban cuenta de que estaban siendo devorados.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 10 de julio de 2016

La cima del Ku'minet - Sergio Gaut vel Hartman & Ada Inés Lerner


Cuando terminé de subir la cuesta me quedé abrazada a la roca que los nativos llaman Ju'lu, pero comprendí que ese instante maravilloso no podía ser eterno, que tenía que desplazarme, dejar que otros recibieran el don. 
—Si no somos capaces de centrar el pensamiento y las emociones en el lugar que corresponde —dijo Filander—, pronto percibiremos una extrema vulnerabilidad, una perturbación abrumadora, un mortal disgusto. —Me reí. Siempre tan filosófico, Filander. No obstante, el físico no era el único que pensaba así. Monis Gurjo, la exobióloga, me miró despectivamente y soltó todo el veneno de golpe. 
—Hay personas que no comprenden (o no pueden hacerlo por puro egoísmo) que si no se tiene cuidado de su particular sistematicidad, a estas criaturas les llegaría un conjunto de signos caóticos e inapreciables. 
—¿Es para que haga tanta alharaca, doctora Gurjo? —Ya me estaba fastidiando.
—Les preocupa poco la otredad —siguió ella, sin registrarme— el origen, el cómo y el por qué sus actitudes y enfermedades afectan al medio ambiente y a las criaturas indefensas en el universo. Estos exosistemas son y se sienten vulnerables, perturbados, ¿no lo entiende? Estas indefensas criaturas corren peligro mortal. 
—O sea que para usted, doctora Gurjo, yo soy una asesina, una egocéntrica, en fin, un ser despreciable. Y yo le digo que soy un ser humano, una criatura de Dios, a la que Ju'lu ha bendecido; me percaté al instante de mí supuesto “error”, por lo que usted me juzga sin derecho alguno.
—La filosofía —intervino oportunamente Filander— asegura que el hombre está determinado por leyes universales que lo condicionan mediante la ley de la preservación de la vida. —Y agregó—: Dejemos a Ju'lu y sus dones y descendamos de la cima del Ku'minet antes de que anochezca.
Lo que ninguno de nosotros sabía y solo averiguaríamos cuando ya fuera demasiado tarde, era que el supuesto don con el que Ju'lu nos había bendecido era una suerte de condimento, una forma de adobarnos para el festín que las indefensas criaturas en peligro mortal pensaban darse a nuestras expensas.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Sergio Gaut vel Hartman

99 horas – Sergio Gaut vel Hartman & Raquel Sequeiro


Eltod y Koter avanzaron entre puntales dorados que alguien había puesto sobre una serie de toscos peldaños de roca para sostener una especie de techo vegetal curiosamente irregular, lo más alejado de lo geométrico que pueda imaginarse. No era la primera excentricidad que descubrían en ese mundo signado por las desproporciones y las asimetrías. Si existía en el universo un lugar proclive a las rarezas ese era Judestel, el cuarto planeta de KPT-4326. De órbita totalmente redonda, carente de agua, de viento o de lluvia, tenía los días contados por la explosión de la cercana T-1238, algo que ocurriría en las próximas horas. Eltod y Koter intentaron aplicar oro sobre toda el sector de la galaxia usando sus máquinas espaciales, y ahí estaban, subiendo peldaño a peldaño, intentando rescatar el código génico temporal de la galaxia para ese día. Faltan 99 horas, apuntó Koter en su cuaderno.

Acerca de los autores:

jueves, 7 de julio de 2016

Sangre en los trigales – Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Lidia fue dando vuelta las páginas del libro y se detuvo en los dibujos torpemente trazados por una mano infantil, llenos de figuras coloreadas con tonos chillones. Eso le recordó su propia niñez, cuando vivía en Turkmenistán, en la ciudad de Türkmenabat, antes llamada Chardzhou. Fue por aquel entonces que el coronel Reshenkov solía mirarla con fijeza, perdido en los sombríos pensamientos que, pocos años más tarde, lo llevaron a perpetrar el más horrendo genocidio de los tiempos modernos. Lidia se sintió incómoda, había transcurrido tanto desde aquello, ¿por qué lo recordaba ahora?
Reshenkov asesinando a su familia, tirando los cuerpos sobre los campos de trigo y secuestrándola. Ese criminal nunca sería castigado.
La mujer guardó el texto de su nieto y se dirigió a su alcoba. Ahí dormía el que había sido su esposo durante cincuenta y dos años.
Con cierta desazón, Lidia Reshenkov se acomodó junto a él.

Acerca de los autores:

martes, 28 de junio de 2016

Los ecos del lugar - Sergio Gaut Vel Hartman & Ada Inés Lerner


El lugar al que llegamos estaba silencioso y frío. Las altas bóvedas amontonaban los ecos y devolvían las voces de los muertos transformadas en sordos sonidos de oleaje, de mareas inclementes, mientras que en las habitaciones contiguas no se oía otro ruido que el palpitar de los corazones de aquellos seres asustados. Me hubiera gustado que el viejo señor de Weberly estuviera allí, aunque no habría servido de gran ayuda: los que yacían muertos no resucitarían y los que estaban a punto de morir carecían de valor para afrontar lo que venía, necesitaban fe en el Creador, en sus propios principios. Yo sabía que el miedo aturde y les hablé, pensé que el tono calmo de mi voz más que el sentido de mis palabras les ayudarían a enfrentar lo inevitable, porque el temor no demora la fatalidad.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Sergio Gaut Vel Hartman

jueves, 16 de junio de 2016

La casa del recuerdo - Dora Irma Acosta & Sergio Gaut vel Hartman


La casa luce una extraña mezcla de abandono y añosos misterios. Está en medio del bosque, cubierta de flores, una postal con olor a tiempo; cien años de historia pesan sobre el tejado y millones de emociones han quedado adheridas a los muros. Pero no pienso que esas emociones sean simples manchas, sino fotografías, registros de acontecimientos vividos, con sus risas y llantos, un catálogo de hechos y almas, quizá de aquellos que la cuidan, porque a fin de cuentas el lugar les pertenece. Se comenta que la habitan fantasmas, y que por eso la casa mantiene su lozanía y no fue sumiéndose en el deterioro. Pero como yo no creo en fantasmas prefiero pensar que la ocupan seres corpóreos, aunque invisibles. Me baso en que un vecino aseguró que de noche se ven luces, como si los moradores recorrieran las habitaciones. O eso pensé hasta que un niño, al que nadie le había preguntado nada, declara:
—Yo sé —dice. Asombrados, todos queremos que dé más detalles—. Vengan, no les pasará nada.

Lo seguimos al interior de la casa, y no podemos menos que admirar el arreglo. Es una escuela y un vehículo al mismo tiempo. Cuando nos sentamos en los bancos una suave brisa aletea sobre nosotros; sentimos el bienestar que produce estar ahí, sin temores. En algún momento el aula se separa de la casa, abandona el bosque y recorre lugares y tiempos remotos, aunque siempre regresa antes del amanecer.

Dora Irma Acosta
Sergio Gaut vel Hartman

martes, 14 de junio de 2016

El pavo mudo del canto primero - Raquel Sequeiro & Sergio Gaut vel Hartman


Misa de a tres. Peludos rinocerontes se las componen para entablar brillantes diatribas con las sirenas, todas ellas colgando cabeza abajo del árbol cojo; el ciego, mudo y sordo, pretende cortarme las orejas y yo huyo desprevenido hacia la fronda, dejando atrás a la Bella Durmiente y los siete enanitos. Sancho Panza se divierte en el prado con Dulcinea y a Rocinante le han salido clavos… ¡por los clavos de Cristo! ¿Podemos suponer que el pavo mudo es soprano o nos conformaremos con que sea marcador de punta derecha? Llega Quijano con un pingüino en cada mano y hace caso omiso de la afrenta: catorce pizcas dicen que es pimienta y llega la hora del fin del mundo; los peludos rinocerontes se llamarán a silencio, las sirenas se vestirán de enfermeras y el Hombre de Marte cantará las baladas de Sabina antes de pegarse un tiro en las branquias.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro
Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 26 de marzo de 2016

De Tizianos y Bosones - Javier López & Héctor Ranea


Airto Ranick tenía unos orígenes inciertos. Él se consideraba italo-argentino. Pero de dónde procedía en realidad, escuché mil y una versiones. La más plausible es que una cápsula espacial lo dejó un buen día a las puertas de la maternidad de algún lugar que nunca ha sido revelado, para regocijo de sus padres.
De Frank J. Luppi no se sabía nada hasta que apareció por Facebook haciéndose pasar por escritor de minificciones. En realidad era un holgazán con título nobiliario y posesiones inmerecidas.
Dos personas con esas trayectorias tenían que conocerse.
Luppi había publicado en su muro una foto del cuadro de Tiziano "Amor Sacro y Profano". Ésto no sería más que una anécdota, si no fuera porque la naturaleza curiosa y el gusto por el arte renacentista de Ranick iban a llevar la historia mucho más lejos.
Los comentarios sobre la foto pronto tomaron un cariz comprometido para Luppi, y le pareció que Ranick descubría algo que a él se le antojaba inconveniente. Así que pasaron a las conversaciones privadas:
—¿En verdad de dónde sacaste esa foto, Frank?.
—Tengo una copia del Tiziano en mi palacio de Bari.
—Ah bien. Interesante lo de tu palacio. Pero desde que la vi pensé que era una foto del original, que está en la Galleria Borghese, en Roma.
—Nunca he estado en esa galería —aseguró Luppi.
Días después Luppi iba a recibir un correo de Ranick que lo dejó estupefacto.

Frank:
Que seas un gangster me trae al pairo. Pero no que seas un mentiroso. Tienes el original del Tiziano.
De inmediato, Luppi sintió una irresistible curiosidad por saber cómo, a través de una simple foto en Facebook, ese hombre había descubierto lo que ni técnicas cromatográficas, ni rayos X, habrían sido capaces de revelar. Así que no tardó en contestarle.

Airto:
No me queda otra que reconocerlo. Confío en que será un secreto bien guardado. Pero dime cómo demonios lo has descubierto, o me estallará la cabeza.

Un par de días más tarde llegó un nuevo mensaje de Ranick:

Querido Frank:
La ciencia y el progreso se nutren de las casualidades. Pero si no hay ojo entrenado capaz de captarlas, no hay ciencia.
Yo era discípulo de Tiziano, y aquella tarde de primavera de 1514 (ahora comprenderás por qué hay tanta leyenda sobre mí, ¡¡juas!!), el maestro merendaba a la par que daba los últimos retoques a su "Amor Sacro y Profano". Una tostada con miel en la siniestra; el pincel en la diestra. Un descuido, y unas gotas de miel cayeron sobre el lienzo. Instintivamente, en lugar de limpiarlas, aplicó unas elegantes pinceladas, mezclando miel y óleo en perfecta síntesis de textura y color.
Cuando publicaste tu foto, me fui a buscar un mate para contemplarla detenidamente. Yo uso un protector de pantalla con fondo blanco y una docena de moscas revoloteando. Tan realista, que a veces he visto a mi mujer atizándole al monitor con una raqueta, pero éste no es el caso ahora. Cuando regresé vi que las moscas habían escapado del salvapantallas y estaban en el Facebook zumbando alrededor del cuadro, las muy golosas.
Y ahora te propongo algo. Me has hablado mucho de tu interés por visitar el acelerador de Ginebra y contemplar la aparición del bosón de Higgs. Queda poco tiempo, probablemente será en octubre. Tengo amigos en el CERN y podría conseguirte una credencial... pero a cambio, los días que estés en Ginebra, me quedaría en Bari junto al lienzo.

Luppi no podía creerlo. Siempre había sentido curiosidad por aquel hombre mezcla de científico y poeta. Y ahora resultaba que era un Inmortal erudito. Eso unido a que la Interpol le pisaba los talones por sus negocios con obras de arte, le hizo aceptar inmediatamente. Cuando el acelerador de Ginebra revelara la partícula de Dios, aprovecharía para escabullirse a través del túnel de gusano que habían previsto que se formara durante unos nanosegundos.
Luppi pasó los meses de verano con miedo a que la policía se adelantara a sus movimientos. Ranick se tomó unas vacaciones y desapareció. Pero, a mediados de septiembre, le escribió de nuevo.

Frank:
He regresado. Vuelo el 8 de octubre a Casablanca. Espero encontrarte en el aeropuerto de madrugada.

Los días de espera se hicieron tensos para los dos. Ranick soñaba con sumergirse de nuevo en el mundo renacentista y Luppi con dejar a la Interpol a un año luz.
Se encontraron al fin, en la fecha acordada. Llegaban con el tiempo justo de tomar cada uno su vuelo. Así que intercambiaron palabras, llaves y credenciales. Quizá nunca volverían a verse, porque Luppi tenía bien trazado el plan de huida, pero no tenía ni idea de adónde iría a parar. De todas maneras, pensaba que un título nobiliario sería algo ventajoso en cualquier rincón de la galaxia.
Cuando se despidieron, Airto tomó la mano de Frank, estrechándola y sacudiéndola mientras esbozaba una sonrisa mezcla afecto y complicidad:
—Este puede ser el principio de una gran minificción.
Y ambos desaparecieron entre la niebla de la pista del aeropuerto.

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea

La búsqueda del oro - Raquel Sequeiro & Ada Inés Lerner


Lawford y Boudrogs vendieron el buffete de abogados y se largaron a Ocklahoma, a la República del Aire, donde los elins y los gulls se lo pasaban en grande con sus juicios de mentira y sus eyecciones públicas, dando a luz a un bebé mezclado, por la raza y con los mocos de Gliss, la comadrona macho que atendía todos los partos, con su traje subacuático y sublunar, modelo 322.
En Ocklahoma, los dos expertos se encontraron que los juicios estaban copados por los elins y los gulls y tampoco podían hacerle la competencia a Gliss de modo que fracasaron con los litigios entre aventureros. Lawford y Boudrogs optaron por construir un lupanar y un templo. En el primero ofrecían ajenjo, cerveza y whisky con bellas y despreocupadas señoritas. Y al lado, por interesantes óbolos, les perdonaban a todos sus pecados, sin hacer distinción de raza, origen o religión.

Acerca de las autoras:

Mi silencio – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldívar


Nadie me escucha cuando hablo. Puedo hacerlo a gritos, aunque igual los demás seguirán con sus conversaciones sin darme siquiera una mirada de asentimiento. No es que tenga algo particularmente importante que decir. En general soy una persona que sólo piensa cosas sin demasiado sentido, pero igual creo que alguien podría interesarse en lo que pasa por mi cabeza. Sin embargo, esto no sucede nunca. Estoy condenado, quizás, al silencio de por vida. No obstante, se me ocurrió que podía escribir mis pensamientos, mis ideas, que podría publicarlos; por eso me aboqué a una tarea de redacción que llevó tiempo. Al fin he terminado y le doy mi trabajo a un editor. Pero él es llevado a un hospital, quedará ciego; en cuanto leyó mi manuscrito sus ojos ardieron. Sí, estoy maldito, relegado a una perpetua insonoridad. Mis locuras son horrísonas, tanto que no puedo compartirlas con el mundo.

Acerca de los autores:

viernes, 18 de marzo de 2016

Documento sobre el milagro — Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Pero señora mía, ¿cuántas veces voy a tener que contestarle que no fue un milagro?
—Comprenda que el conde en persona dijo que lo fue.
—En última instancia que lo crea quien quiera hacerlo. Pero de ninguna manera es algo que no pueda inexplicarse.
—Sin embargo, piense, profesor. Las nubes oscuras al fondo, ese fenómeno justo arriba de la estatua del comandante Casimiro, toda blanca. La gente adorando esa instancia de la Naturaleza, nuestra madre. ¿No cree usted?…
—No y no, por supuesto que no. Ya lo he dicho cien y más veces. No.
—Pero…
—¡No! —insistí, completamente ofuscado—. La estatua de Casimiro jamás podría producir un milagro a menos que esa cabeza se transforme en bosta. —Pronto comprendí mi error.
—Me temo que no tardará en ser arrestado, profesor. Mire detrás de usted. Lo que sería un milagro es que lograra escapar de esta.

Acerca de los autores:

Lo malo de compartir un secreto – Carlos Enrique Saldivar & Lucila Adela Guzmán


No soy persona que cuente sus intimidades, pero a las muchachas de mi edad (que no llegamos a los veinte) se nos hace imposible guardarnos para nosotras hechos prodigiosos como el que me sucedió hace unos días. Por eso fui a la casa de Amalia, mi mejor amiga, para contarle lo ocurrido. Por suerte su mamá no estaba y pudimos platicar a solas. Amalia se sorprendió demasiado, y me juró guardar el secreto. El problema es que mi amiga ha dejado de hablarme y cuando nos topamos me mira con miedo y se va corriendo, como si quisiera escapar del mismísimo demonio.
Mi fiel Amalia... ella guardará por siempre mi secreto, un secreto que ahora es nuestro. Por suerte, ella no solo dejó de hablarme a mí, también dejó de hablarle al mundo. Mi secreto ha ocupado todo su ser y ya no puede más que pensar en él.

Acerca de los autores:

El virus - Ana Caliyuri & José Luis Velarde


Mandris, que gozaba de la voluntad de los dioses, partió presurosa desde Ammar hacia Epsilon; debía bañar sus pensamientos en aguas más claras. La confusión, virus que se había propagado con celeridad por la ciudad, no se había apiadado tampoco de ella, razón por la cual, el virus le había afectado una de las capacidades cognitivas. La cajita de la memoria y su capacidad de almacenamiento habían colapsado y ya no distinguía los propios recuerdos de los ajenos.
Ligera, como siempre, subió al pegaso más próximo y pidió ser conducida al destino elegido.
La criatura la miró sin entender palabra y echó a volar hacia el Olimpo.
Zeus la vio aproximarse y confundido por el virus creyó mirar un furioso titán montado sobre un demonio fugitivo del Tártaro abominable.
Mandris vio la luz del rayo aproximándose y compartió el júbilo por la muerte segura del enemigo arribado del inframundo.

Acerca de los autores: 

jueves, 10 de marzo de 2016

El héroe de la conquista – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Por qué lo hizo? —increpó el uhuctor Ñe’ñeke presionando la frente del prospector Plagger con su sarmentoso dedo verde.
—Me pareció que fallaba el cronopistificador, o tal vez fuera el rotor del mengalope modelo Goldenberg, no sé. Y también que se estaba desmerengando el Winhog Translator.
—¡Miente! —exclamó el uhuctor—. Su intención era desbugar el fiholoco...
—De acuerdo —replicó Plagger retrepándose en la silla con ínfulas de héroe—. Perdido por perdido se lo digo: ¡no cejaremos en el empeño ni ojearemos en el desempeño! ¡Marte será nuestro o no será! Estamos condenados a la conquista —agregó—, como hubiera dicho el Cabezón.
—¿Cabezón? —La cabeza del marciano medía tres metros de circunferencia—. ¿Además de todo se burla?
—Le aseguro que no. En todo caso sería, más que una burla, una broma macabra, auntoinfligida. Pero usted no lo entendería aunque se lo explicase millones de veces.

Acerca de los autores:

Escarabajo de incógnito – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Gregor Samsa era un escarabajo que trabajaba de cucaracha en una fábrica de insecticidas especiales. El químico general de contiendas blaterísticas, un tal Franz Kafka, si nos atenemos a su declaración testimonial y no lo consideramos un apodo, usaba a Samsa y su team de falsas cucarachas suicidas para probar todo tipo de productos químicos que aniquilasen a los temibles insectos (los auténticos), con resultados la mayoría de las veces fallidos. Y aquí debo aclarar que tenían éxito en menos del diez por ciento de los casos, de modo que se descartaban las moléculas y se las reemplazaban por otras, o por isómeros de nombres crepusculares y malditos.
El día más feliz de la vida de Kafka pareció llegar cuando logró la aniquilación completa de Samsa y sus valientes, quienes fenecieron a manos de una hípermolécula encerrada en nanoestructuras de carbono berilio, pero cuando fue puesto a la venta, el insecticida comenzó mal su temporada de cucarachicida, ya que mataba a todo bicho que andaba por el suelo, bebés incluidos, y dejaba a los blátidos indemnes.
La autopsia realizada sobre el cadáver de Samsa reveló lo que usted lector (y nosotros, los autores) sabemos (y ya hemos dicho al principio, ¿hay necesidad de ser reiterativos?): que Gregor era un escarabajo, a raíz de lo cual Kafka debió huir a Praga, Bohemia, se dedicó a escribir y estudió entomología internacional comparada. De estas tres cosas floreció, si debemos aceptar la opinión de los psicoanalistas que lo trataron, su pulsión contra los seres de más de cuatro patas.
Por si esto fuera poco, Samsa, resurrecto, lo acosaba vestido de fantasma, día y noche. La vez que se le apareció como un elemento de electrónica integrada de memoria en un cráneo de cuervo boreal, Kafka tuvo la visión de que se transformaba en cucaracha y de ahí surgió una de las narraciones más extrañas de que se tuvieran noticias.
Se dice que el escritor, exquímico general de contiendas blaterísticas, terminó sus días abrazado a Samsa en algún lugar de la muralla china hasta la que viajó para eludir un operativo conjunto de la Mosadla KGBla CIA, INTERPOL, el FBI y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, quienes lo andaban buscando por evasión de impuestos a las ganancias derivadas de las regalías percibido por el cuento sobre la máquina de torturas que la Cúpula de Magnates Poderosos reclamaba como de su exclusiva invención.
Dicen que el genial escritor está enterrado en una tumba convencional de operarios de la muralla china del siglo XII de la era cristiana, pero es improbable, porque, como todos saben, Kafka era judío.

Acerca de los autores: 

Escenas tomadas en el frío - Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


El frío estepario es brutal en los escaques. Los caballos de ajedrez, blancos y negros, se confunden en el reflejo del sol sobre la escarcha de sus crines congeladas. La sola palabra de los alfiles, afilada y digna pero oblicua, los corta al sesgo. Las torres, rígidas y pacientes en medio del campo, son las únicas que conservan la compostura. Los peones, fieles a su condición, esperan el bondi en las esquinas, azotados por ráfagas inclementes; quieren llegar a sus laburos y no encontrarse con la ceremonia del sacrificio que los mande a la indigencia por una estrategia mal parida. La reina y el rey, bien guardados, se hacen mimos en la cama, arropados por mil y una cobijas, demorando el momento del enroque, el lance fatal que los alejará irremediablemente durante toda la partida. Nada es perfecto...

Acerca de los autores: 

domingo, 6 de marzo de 2016

El día del final - Sergio Gaut vel Hartman & Daniel Alcoba


Esa mañana todo fue distinto, misterioso, perturbador. El silencio absoluto, sumado a la ausencia de movimiento, produjo en mí una sensación peculiar, como una continua caída hacia el fondo de un abismo. Mi atención se iba agudizando a medida que pasaba el tiempo, y cada vez era más preocupante el sólido, denso zumbido de la nada colándose por todas partes. En algún momento pensé en la posibilidad de haber muerto, pero descarté la idea de inmediato; mis sentidos estaban funcionando, solo que no tenían nada que registrar.
Si mis sentidos no registraban ¿podía estar seguro de su funcionamiento?. ¡Compruebo mi existencia por mi voz!, grité. Pero nada hay más sordo, sin eco, que el vacío.
Me rendí a la evidencia: era inmortal; una grande, solitaria memoria del universo memorable (UM), no sensible, que descubrió DieStunden. Carente de sentidos, inmune a ofensa o daño. Y sólo accesible a la intuición.

Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman
Daniel Alcoba

Un caso apocalíptico – Carlos Enrique Saldívar & Maritza Alvarez


—Soy un dinosaurio —afirmó el paciente.
—De acuerdo —dijo el psiquiatra—. ¿Y a qué le teme?
—Al cometa.
El médico vaciló. Luego, reticente, dijo:
—Hábleme del cometa.
El sujeto abrió su camisa. Algo refulgía en sus entrañas.
El psiquiatra chilló cuando el paciente se transformó en reptil y estalló.
—¿Le sucede algo? —preguntó el enfermo.
—No, ¿por qué la pregunta?
—Acaba de desvanecerse, como si se quedase dormido y de modo repentino gritó como si hubiera visto a Satanás.
—Yo… este… de acuerdo, se lo diré. Muchas veces tengo visiones. Surgen de improviso cuando pacientes graves ingresan en mi consultorio.
—Vaya, entonces soy un paciente grave.
—Me temo que sí, aunque debo decodificar la visión. Sin duda se trata de un caso difícil.
—¿Usted cree lo que ha visto? Muchos me han contemplado ya en plena transformación y han perdido la razón, no pueden entender que venimos de otro mundo y yo reencarné en un hombre, pero fui dinosaurio; en esa época era feliz, pero ser hombre ahora me ha generado esta angustia, estos miedos, por eso quiero que me ayude a volver al pasado. No deseo ahondar en el asunto del cometa, aunque sé que usted fue piloto del mismo, en su otra vida, por eso he venido a pedirle que, a través de la hipnosis, me devuelva a mi mundo natural… o lo asesinaré en este instante.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldívar
Maritza Álvarez

Recuerdos en otoño - Köller & Laura Olivera



Ariel permaneció inmóvil mientras la lluvia le mojaba los brazos desnudos, como si las gotas heladas de aquella tormenta de mayo no alcanzaran a tocarle el cuerpo. El otoño llegaba tardío y de repente; tan tarde que Ariel se había ilusionado pensando que aquel año por fin sería distinto.
—No, claro que no —suspiró mientras sacudía la cabeza de lado a lado; mayo había llegado y con él, aquellos recuerdos llenos de tormentas y frustraciones. Alzó la mirada dejando que la lluvia le enfriara el rostro y se confundiera con sus lágrimas.
Intentó pestañear para sacarse la pena del alma; algo había cambiado para que esos días difíciles se demoraran en llegar; tenía que averiguarlo.
Se sentó sobre un charquito en el rincón y recogió las rodillas. Tiritaba de frío pero no le importó. Una vez más se paseó por los recuerdos: la confesión, los gritos, ese vaso de agua en la cara que había sido el final de una cosa, o acaso el principio de otra, pero cuál. Luego el otoño, tan largo y tan crujiente, las tardes grises, horriblemente silenciosas, siempre el pecho agarrotado y la esperanza en el fondo, lejos y borrosa: quizá un día el otoño fuera diferente. Una gota perfecta le cayó en la mano. Entonces, la vio: era ella, sin duda. Ella, que desde ese otro mundo dentro de la gota, sonreía y decía adiós. Por fin el otoño lo había redimido.

Acerca de los autores:
Köller

miércoles, 2 de marzo de 2016

Better to explode than fade out - Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio


Decidió que lo sagrado no podía encarnarse y que entonces había que pensarse otra religión. Algo más etéreo que nunca pudiese solidificarse. Se entregó por completo al arte del aire puro, de los estados abstractos y de los gestos.
Corrió por todos lados, acelerando y desacelerando, trazando todos los caminos imposibles. 
El nirvana le llegó bajo la forma de una combustión espontánea. Sus cenizas quedaron esparcidas en la nada.
Hubo escépticos, pero el silencio posterior a cualquier risa, a cualquier ruido, era la consumación de su doctrina.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

Cacería – Ana Caliyuri & Javier López


Caminé en redondo. No lo supe hasta que un simple detalle me lo reveló: el zorro dentro de la jaula. Iluminé sus ojos con la linterna, él se mostró desafiante. La linterna cayó de mis manos. La oscuridad fue el hábitat en donde nos batimos en duelo. Igualdad de condiciones fue siempre la premisa de mi existir. Abrí su jaula. Él es nocturno; yo soy diurna. Él es solitario, yo también. No sé si él tiene rabia, yo sí.
La batalla se inicia. Nos movemos sigilosos, orbitándonos. El zorro tautea; yo gimo. En nuestras miradas odio, ira. También desesperanza y miedo. El ataque final no llega. Solo hay amagos, como en una estudiada coreografía.
Me resulta todo vaporoso, irreal: la lucha, el rito… Entonces comienzo a despertar de la anestesia. Soy yo quien está dentro de la jaula, con un dardo aún clavado en mi brazo. Alguien me observa.

Acerca de los autores:
Ana María Caliyuri
Javier López

Guerras catódicas – Patricio G. Bazán & Laura Olivera



Dicen que la Historia se repite dos veces (la primera vez como tragedia, la segunda como farsa), y también que hay gobiernos que terminan incubando el germen de su propia destrucción. Anoche, la ciudad fue testigo de hordas enfurecidas de ciudadanos portando antorchas y horquillas, totalmente descontrolados, luchando sanguinariamente contra las fuerzas policiales. El corazón del pueblo había sido herido sin misericordia, y la reacción justiciera no se hizo esperar. Un turista desprevenido me preguntó: —¿Por qué luchan, qué los ha hecho salir de sus casas? —Intenté explicarle que eran simples televidentes que no habían podido ver su programa favorito por culpa de un mensaje presidencial en cadena, pero no me creyó, o bien supuso que todos perdimos el juicio. Lo más curioso fue la pregunta; confieso que me tomó enteramente por sorpresa. 
—¿Qué programa es ese? 
—Es una novela fantasiosa —respondí, al tiempo que una piedra volaba junto a mi cabeza—. Sin duda no la conoce. Se llama… 
—No me diga nada —interrumpió el hombre—: Utopía. 
—¿Pero cómo puede usted conocerla si no es de aquí? —pregunté, perplejo y tosiendo por el humo de una antorcha. El hombre sonrió, luego dirigió una mirada solemne al espectáculo y me apoyó una mano en la espalda. 
—No tema —me dijo, sin mirarme—. Cuando la sangre cese, este pueblo conocerá la paz. 
Lo observé alejarse y recién entonces me di cuenta: había conversado con un habitante de Utopía.

Acerca de los autores:
Laura Olivera
Patricio G. Bazán


sábado, 27 de febrero de 2016

Derivaciones de un viaje infrecuente – Sergio Gaut vel Hartman & Luciano Doti


Hice acopio de materiales para desarticular la geometría del tiempo y el espacio de aquel lugar misterioso con la intención de proyectar figuras extravagantes y volúmenes anómalos sobre las rocas diamantinas de la caverna. Pero no tardé en descubrir que Kordan y su tropa ya habían trabajado sobre las ilusiones nacidas en el mar de fantasías, convirtiendo los muros en superficies porosas que absorbían mis emisiones. No desistí ni me deprimí por eso. Tampoco era la primera vez que el extraterrestre se interponía entre mis deseos y mis logros; se necesitaban ingredientes excepcionales, de esos que solo se encuentran en la mente de una criatura perturbada como Ángela.
Bajo esas circunstancias no iba a ser posible realizar la tarea que me proponía. ¡Maldito Kordan! Por qué había tenido que viajar al mismo lugar. Me obligaba a defenderme, a utilizar mis habilidades pensando siempre en su juego. Como en una partida de ajedrez, yo no podía dar un solo paso sin especular cuál sería su respuesta.
Desde mi llegada, había creído que la caverna, el mar y las fantasías eran solo mías. Hasta que apareció Kordan, y como ya dije, me obligó a pensar más. Y así descubrí algo revelador que marcó un antes y un después: al igual que la caverna y el mar, tanto Kordan, su tropa y yo mismo no éramos más que las fantasías de Ángela. Nuestras aventuras se gestaban en la mente de una escritora perturbada.

Acerca de los autores:

La puerta al Infierno – Alejandro Bentivoglio & Raquel Sequeiro


—Encontré la puerta al Infierno —dijo Bruns.
—¿Dónde estaba?
—En el jardín de infantes.
—¿Estaba cerrada?
—No me fijé, había mucho pegote. Ya sabes, tenía dulce en el picaporte, mucho polvo de galletitas, plastilina. La habían marcado con crayones.
—¿Símbolos satánicos?
—Algo sobre ese dinosaurio violeta, el de la televisión. Y algo sobre Bob Esponja, estaba en latín, no pude entender mucho. Hay desapariciones —divagó Bruns—. Y roturas de nariz, magulladuras y algún golpe; lo saben bien los de la policía científica. Pude leer incrustada la frase Infierno de Nada, bastante borrosa y embadurnada de azúcar rosa.
—Vamos, creo que no va a gustarle —dijo Mathews, rememorando la última vez que entró en el Infierno con la escolopendra gigante, en aquel lugar donde había cientos de caballitos de madera, dispuestos a arder. El niño de ojos blancos protestó: volverían a pinchar a su precioso caballito.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro

Doña Azucena - Ana María Caillet Bois & Rolando José di Lorenzo


Doña Azucena es como un árbol viejo, la savia se le ha detenido. Sin embargo, todavía se levanta cada día y prepara la sopa que la hizo famosa en el pueblo. Corta las verduras en cuadraditos del mismo tamaño, como si los marcara con una regla y al cabo de un rato comienza a sentirse el aroma inconfundible, como si fuera una parva de colores que obliga que los vecinos se asomen curiosos para ver a doña Azucena. Las rugosas manos de la mujer han trabajado tanto que al moverlas resuena en el silencio un crac crac metálico. Ella todavía siente la suavidad del amor entre sus dedos y cierra con fuerza las manos para que no escape, aunque sabe que lo hace para retener los recuerdos; si no lo siguiera creando sabores y colores dejaría de ser ella. Doña Azucena, viejo árbol con savia estática, necesita de las dos cosas: retener la memoria del viejo amor gozando en la intimidad, pero más aún, sufrir la exigencia de servir. Y así pasará los días siguientes, entre las dos posiciones, que en definitiva son lo mismo: aquel amor por él, y el servicio del amor, hacia los otros.

Acerca de los autores:

martes, 23 de febrero de 2016

Devoción – Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Elías permaneció callado y se limitó a encogerse de hombros. Le parecía divertida la veneración casi religiosa que Ifigenia profesaba por el maujer albino; y más que divertida, si lo pensaba bien, le resultaba patética. De hecho, reflexionó, esa clase de fanatismo expresaba un agudo contraste con la actitud demostrada por la joven cuando estaba trabajando en el laboratorio. Era evidente que una de las dos conductas no tenía ni pies ni cabeza, pero no sabía cuál de las dos y por qué nunca había reparado antes en ello.
Pocos días más tarde, Elías encontró un documento clarificador. Describía un experimento en el que se habían cruzado cromosomas humanos y de especies no terrestres. Puestos a una velocidad inimaginable en el acelerador de partículas, se los había hecho colisionar contra un bosón.
Ahora podía entender la devoción de Ifigenia por el maujer: sus células albergaban la esencia de Dios.

Acerca de los autores:
Javier López
Sergio Gaut vel Hartman

Páginas prohibidas – Ada Inés Lerner & José Manuel Ortiz Soto


Aún pasada la Edad Media los libros eran difundidos a través de las copias manuscritas de monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo y a la réplica de ejemplares por encargo del propio clero o de reyes y nobles. Pero no todos los copistas sabían leer y escribir. Imitaban los signos, ardid perfecto de los pillos para que les copiaran los libros prohibidos.
La imprenta no solo redujo el tiempo de hechura de los libros: incrementó su número y quitó a la Iglesia el monopolio, aun de los libros sagrados. Como parte de su lucha personal en contra de la ignorancia, el sacerdote William Tyndele tradujo el Nuevo Testamento al inglés, “para que pudiera ser leído por la gente común”. Fue condenado a la horca por hereje, y su cadáver quemado con el fuego emanado de sus propios libros. Dicen que sus últimas palabras fueron: estamos hechos de palabras.

Acerca de los autores:

La facultad de la cosería - Rolando José di Lorenzo & Ana María Caillet Bois


—La oscuridad crea monstruos y horrores —decía ofuscado el doctor Fermín Chemento, en medio de una disertación en el aula magna de la facultad de La Cosería (facultad que descubre, analiza y explica las cosas)—, a la noche se le atribuyen las brujas, los demonios y las muertes. Por otra parte los románticos hablan de la oscuridad del amor, el romance, los besos y las promesas, tendremos que ponernos de acuerdo. —Un aplauso cerrado, con muchos de los asistentes de pie, acompañaron las palabras del facultativo; solo dos o tres enemigos acérrimos de Chemento permanecían sentados y con los brazos cruzados—. ¿Alguna pregunta? —agregó Chemento, mirando fijamente y con cara de pocos amigos a los insurrectos. ¿Cómo se atrevían a enfrentarlo de ese modo? Odiaba los debates porque él siempre ofrecía las dos opciones y que cada uno se las arreglara. De lo contrario las conferencias se convertían en puros chimentos, y él se llamaba Chemento.
Los enemigos, como era lógico, comenzaron haciendo preguntas muy interesantes que obligaron a sentarse de nuevo a los que estaban parados. El doctor Chemento, muy a pesar suyo, enfrentó al auditorio y se dispuso a escuchar.
—Doctor Chemento —comenzó uno de los enemigos—; no me quedó clara cual es la opción a la que usted adhiere, o dicho con mayor precisión, ¿para usted la noche trae los monstruos o el que los convoca es el romanticismo?
—Mire —respondió Chemento—, le voy a contestar en forma práctica. Cuando me encuentro con personas como usted, que preguntan idioteces, usaría la noche para hacerlo pedazos en ese mismo momento, pero como están las luces encendidas y el auditorio esta lleno de gente, yo iría preso por un ser tan insignificante, en cambio si usted se hubiese levantado callado la boca yo estaría gozando de una cena romántica a la orilla del mar.
Sin decir otra palabra, Chemento tomó sus libros y enfiló hacia la salida. Fue entonces que escuchó al ser insignificante que le decía:
—Corra, doctor, porque quien esta esperándolo para una noche romántica a la orilla del mar es mi señora esposa.

Acerca de los autores:

viernes, 19 de febrero de 2016

Ayer mismo - Héctor García & Sergio Gaut vel Hartman



Ayer mismo me dijo la chirusa esa que, de camino al almacén, pasaba por la herboristería y me traía unas raíces de jengibre para calmar la tos y aliviar la garganta. Pero hasta ahora no tengo noticias de ella, y acá me ve, estoy como un guanaco, y no puedo ni tragar la saliva del dolor que tengo.
Ayer mismo me dijo que en la herboristería conseguiría también jarabe de culantrillo para frenar la alopecia y disolver los cálculos. Pero la señorita no ha aparecido, así que mientras tanto los pelos se me caen como si fueran hojas en otoño, en el «toilette» sufro como un condenado y dejo hasta los riñones.
Ayer mismo me dijo que de ser posible volvería con algo de valeriana para tratarme el insomnio y detener los calambres. Sin embargo, la muy desagradecida brilla por su ausencia, y yo hace días que vengo sin pegar un ojo en toda la noche, y de yapa los músculos de las piernas me pegan unos tirones que en cualquier momento se me desprenden de los huesos.
Ayer mismo —sí, ayer mismo—, me dijo que compraba unas hojitas de agastache para cortar la diarrea y cicatrizar las aftas. Y adivine qué: la desalmada no da señales de vida, y yo me la paso evacuando el día entero, y encima no puedo decir ni «ah» para quejarme porque tengo la boca cubierta de unas llagas que me hacen ver las estrellas.
Pero hoy, hoy es otra cosa. No me voy a quedar esperando que regrese con el jengibre, el jarabe de culantrillo, la valeriana y las hojitas de agastache. Hoy voy a salir. Yo misma iré a buscar esos productos a la herboristería, y no me importa que mis esputos sean tan corrosivos que logren disolver las piedras, que mis cabellos caídos contaminen las aguas y envenenen a aquellos que la beben, que mi incapacidad para dormir termine matando de ataques cardíacos a quienes me vean merodeando por las calles como un engendro de la oscuridad y mucho menos me importa que mis heces, en las patas de los insectos y en los morros de las ratas y otras alimañas terminen difundiendo la peste más mortífera que la Tierra haya conocido desde 1348. Hoy voy a salir. Ya no soporto ver en la tele la inacabable repetición de las mismas series ni escuchar las sandeces de los periodistas, lacayos de los magnates de los medios. Si tengo que destruir toda la vida sobre el planeta, la destruiré. Estoy demasiado cansada, enojada, aburrida… Salgo.

Acerca de los autores:

Puzzle - Javier López & Héctor Ranea


La última pieza del puzzle no encajaba, porque no era la última. Pensó que, con esa incertidumbre a cuestas, era mejor dejar el rompecabezas abandonado. Pero cuando lo hacía, al día siguiente la pieza se había movido al lugar del que había desaparecido en el anterior intento por encajarla. Descartado el siroco como medio de locomoción, sólo quedaba pensar que la pieza desaparecía sin más, como la Luna cuando no la miramos, pasando a formar parte de otro rompecabezas en vaya uno a saber qué otro Universo. Después retornaba. Eternamente retornaba.

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea
Javier López

Potencia - Carla Dulfano & Jesús Ademir Morales Rojas


Con sus nuevas prótesis el otrora insignificante sujeto caminó ansioso hasta su hogar. Daniel ahorró mucho para las costosas operaciones. No era barato el procedimiento de amputación de extremidades, y mucho menos la instalación de prótesis robóticas. Pero finalmente estaba listo para satisfacer a su ingrata esposa Marta, demostrarle que ya no sería ese debilucho que no podía corresponder a su ardor pasional. Entró en la casa silenciosa y caminó hacia la alcoba: en la penumbra había dos siluetas entrelazadas... Daniel encendió la luz, vio a su esposa con otra mujer, se puso furioso y buscó un cuchillo… Al día siguiente Daniel se insertó extremidades. Ahora era un hombre doblemente atractivo, porque además de las prótesis tenía dos brazos finos y delicados. Se transformó en un seductor y vivió feliz, rodeado de muchas mujeres. En cuanto a Marta y Telma siguen juntas, pero Telma ya no tiene brazos…

Acerca de los autores:
Carla Dulfano
Jesús Ademir Morales Rojas

lunes, 15 de febrero de 2016

Cosas de gauchos – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Qué puede decirnos sobre lo que ocurrió —preguntó el periodista, acercando el micrófono a la cara de Marcial Arturiz.
—No tengo muchos gustos, amigo, soy hombre de una sola lengua. Polígono era mi tatarabuelo Esaú, que manejaba los bueyes en la compañía de Juancho Flores, El Lenguaraz, un cirquero de mala fama que solía pasear la compañía por el valle del Salado, donde visitaba a Eufrasia Gómez, viuda de Langostín Tiburci, que tenía dos cuñadas ambas enamoradas de él, tanto como la Eufrasia. Comisario supo ser, en cambio, un chiquizuelo (abuelo chisquicientas veces) que lo corrigió al Esaú, o sea, le sacó lo que le sobraba y lo puso en el anzuelo de mojarritas. Ahí sí se le complicó la cosa con la viuda, porque sin sobrantes había perdido parte de su encanto. Así nació una larga amistad y el comisario siguió pescando mojarritas.
—Pero de los marcianos que aterrizaron en su huerta, ¿no nos va a decir nada?
—¡Ah! ¡Los marcianos! ¡Mozos simpáticos los marcianos! Pero no resisten el mate amargo, ¿sabe? Tal vez, si se lo hubiera endulzado, no sé, flojitos vinieron a ser los marcianos, ¿no? En cambio mi tío Jonás, el domador de lombrices de Madariaga, ese sí que era fuerte. Mire que le ponía acíbar al mate amargo… No, amigo, los marcianos esos no sirven ni para arriar escarabajos peloteros… Pelotero se armó en lo del Justino Osdrúbal Rampallo… Pero ¿dónde se metió el señor del diario?

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea

Globos - Alberto Benza & Carlos Enrique Saldívar


Un niño salió rumbo al campo buscando el contacto con la naturaleza y creía que, exhalando, todo lo malo de su cuerpo se purificaría. Tomó un globo, lo infló con toda su fuerza. La esfera se tornó de color negro y siguió creciendo. Al final, el niño soltó el globo y este se elevó. A los minutos estalló y la ciudad quedó sumida en una gran oscuridad. El caos se hizo presente, las personas comenzaron a morir. Una niña, llamada Esperanza, tuvo una idea: se ubicó en mitad de las tinieblas y, con bastante energía, infló un nuevo globo. La esfera se puso blanca, brillaba, creció hasta límites insospechados. La pequeña le soltó y cuando llegó muy alto, explotó. La luz cubrió toda la ciudad, era tan intensa que nadie podía ver a través de ella. Muchos quedaron ciegos y comenzaron a fallecer.
Nadie infló nunca un tercer globo.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar

Ilusiones – Javier López & Judith Shapiro


Don Jaime caminaba por la calle con la panza como un globo. En uno de sus últimos actos de heroísmo había tragado una bomba, y la explosión dentro del estómago lo había dejado en esas condiciones. Caminaba lento, por la hinchazón, y miraba alrededor, pensando que había algo sospechoso: las líneas blancas en el pavimento, los carteles de los negocios colgando, la gente que abandonaba la calle. La escena completa le sonaba familiar.
Y es que, desde que murió hecho pedazos, había contemplado mil veces la misma escena. Quiso evitar una tragedia, pero sus vísceras y fragmentos óseos, golpeando y clavándose sobre la multitud, habían matado a más personas de lo que hubiera hecho la propia bomba. Por eso huían a su paso, y él lo revivía en sus pesadillas desde el más allá.
Lo peor, pensó, es que ya nadie lo iba a recordar como a un héroe.

Acerca de los autores:

jueves, 11 de febrero de 2016

Día de noventa y nueve horas – Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Eltod y Koter avanzaron entre puntales dorados que alguien había puesto sobre una serie de toscos peldaños de roca para sostener una especie de techo vegetal curiosamente irregular, lo más alejado de lo geométrico que pueda imaginarse. No era la primera excentricidad que descubrían en ese mundo signado por las desproporciones y las asimetrías. Si existía en el universo un lugar tan proclive a las rarezas ese era Judestel, el cuarto planeta de KPT-4326. Cuando terminaron la escalada, se situaron sobre los hierbajos y contemplaron delante de sí la extraña y hermosa vegetación. Cerca había cosas sacudiéndose, similares a flores. Observaron hacia arriba: la noche de cuarenta y nueve horas y media recién iniciaba. Ambos decidieron recostarse y observar en el cielo a las exuberantes entidades luminosas que realizaban danzas de ensueño. Eltod se dijo que no podrían quedarse en ese fabuloso jardín por siempre, que en algún momento «ellos» aparecerían. Koter sabía que no serían rescatados, la comunicación se había cortado en el momento menos indicado y nadie sabía que se encontraban varados en aquel mundo. Pero no estaban nerviosos, ni siquiera preocupados, mucho menos sentían dolor por las abundantes laceraciones que marcaban sus cuerpos; algunas raíces salieron a la superficie y los acariciaron, las criaturas de la nocturnidad eran afables, cálidas, envolventes, quizá porque pertenecían a un reino distinto del animal. Los hombres disfrutarían hasta el último instante de aquel finito placer pues en cuanto amaneciera, la fauna del planeta, conformada por seres indescriptibles, despertaría e intentaría cazarlos como lo había hecho durante el día anterior, que tuvo noventa y nueve horas. Siguieron disfrutando del espectáculo, muy pronto se dormirían. ¿Quizá para siempre? Tal vez lo que experimentaban era una muerte lenta y dulcificante. Se rieron ante tamaña ocurrencia. No se daban cuenta de que estaban siendo devorados.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Sergio Gaut vel Hartman

Persecución mortal- Marcelo Sosa & Ana María Caillet Bois


Figueroa no tardó en volver a sus aventuras cotidianas. Un día salió a cazar y llevó consigo a una perra para que le ayudara, de esas que por su tamaño pequeño le dicen “garroneras”. Andando en el monte vio un quirquincho ancho, enorme y gordo como una bocha de mortadela que entraba en una cueva y la perra, como la aguerrida cazadora que era, se metió también. Al cabo de unas horas Figueroa seguía esperando a la perra pero esta no salía de la cueva por lo que pensó que había muerto asfixiada y regresó a su casa. 
Al cabo de unos meses, se encontraba Figueroa en el patio tomando mate con su mujer cuando de repente observó que la tierra se abría frente a sus narices y aparecían jamones, salames, mortadelas y toda clase de chacinados.
Figueroa se agrandó y dijo:
—Mira, mujer: hija e' tigre; yo la entrené y ahora me trae la fábrica a mis pies; brava me salió la garronera. No se iba a dejar vencer por un quirquincho gordo.
La mujer se acordó que esa mañana había salido en el diario una noticia sobre el peligro de extinción del quirquincho y sin decirle nada a Figueroa, a la noche, mientras este dormía le regaló la perra garronera a un viajante, y con pico y pala cerró como pudo la cueva del patio.

Acerca de los autores:
Marcelo Sosa

Bajo el mar - Fernando Andrés Puga & Ada Inés Lerner


Martina flotaba sin el menor esfuerzo. Se balanceaba con los ojos bien abiertos al compás de las olas entregándose a la contemplación de las nubes que adquirían formas precisas, para volverse ambiguas al instante siguiente. No quería volver y a medida que se alejaba de la costa los gritos de mamá se volvían más tenues, a pesar de que ella gritaba cada vez más fuerte. 
De pronto algo le rodeó la cintura. Pegajoso, firme, sigiloso. Fue enroscándose alrededor del cuerpo de Martina y la sumergió con suavidad de modo tal que ella apenas lo notó. 
Entonces fue que, para su sorpresa, el agua que le inundó los pulmones no alteró el ritmo de su respiración. Muy por el contrario: trajo una sensación de alivio que Martina jamás había experimentado.Ya no podía ver las nubes. A su alrededor giraban peces pequeños, de colores vivos algunos y otros difusos, los había de aletas con escamas o casi transparentes. Marina estaba fascinada con los colores de las medusas y de diversas plantas. Aquellas parecían haber surgido de las rocas y otras se desprendían y se deslizaban graciosas. Marina notó que en el fondo el agua se había oscurecido, era más y más azul, sin embargo, ella podía distinguir las rocas, las algas adheridas, y los diferentes peces pequeñísimos y los había grandes que la miraban pasar como si ella formara parte de su mundo. En el silencio, se sintió tan feliz que abrió la boca y un canto armonioso brotó de su interior. Marina ya pertenecía a ese infinito; se dio cuenta que hacía un rato que sus brazos nadaban libremente y las piernas les seguían el ritmo. Todo su cuerpo se deslizaba en el agua. Y aunque ella no lo supiera, una nueva sirena había nacido en el mar eterno.

Acerca de los autores: 



domingo, 7 de febrero de 2016

Cirugía mayor – Sergio Gaut vel Hartman & Enrique Tamarit Cerdá


Lemden se acercó a la ventana y contempló el lago helado. La superficie blanca se extendía a través de un espacio tan vasto que habría podido interpretarse como infinito. Miró hacia atrás y vio a Kunsen bebiendo de nuevo. Por fortuna, la tensión se había desvanecido luego de un par de botellas de vodka, y ahora solo le quedaba marcharse lo antes posible. Pero las palabras de su adversario reabrieron las heridas apenas cauterizadas.
—No la vas a olvidar como se olvida el rostro de un paciente cuyos intestinos y riñones han pasado por tus manos.
—Utilizo instrumentos, idiota —replicó el oncólogo mordiendo cada sílaba—; no opero con las manos.
Kunsen lanzó una carcajada que sonó demasiado falsa e instintivamente se ladeó un poco, como si se preparase para afrontar una reacción violenta que no llegó. No es que Lemden no sintiera el deseo de golpearlo, pero se contuvo. Volvió a mirar por la ventana. En la lejanía un pequeño rebaño de alces pareció sobresaltarse, pero no centró en ellos su atención. Se empezaba a formar una niebla que el crepúsculo teñía de anaranjado y pensó que si se demoraba no podría partir hasta la mañana siguiente. Pasar la noche en la casa con Kunsen era lo último que deseaba; aún así no se movió.
—¿Sabes una cosa, Kunsen? —dijo Lemden sin volverse. Estaba tan cerca del cristal que al hablar lo empañó con su aliento—. Lo peor de los tumores es que uno mismo los alimenta mientras los tiene alojados.
—¡Exacto! —respondió el otro—, no hay curación en sentido estricto. —Se le enredaba la lengua—. Todo tratamiento va encaminado a contener al intruso, a reducirlo si es posible y, en el momento propicio —eructó—, ¡extirpar! No hay más solución que extirpar.
Mientras hablaba se había acercado con curiosidad hasta la ventana, junto a Lemden, pero ya no se veía nada, salvo una borrosa mancha violácea. Pegó las narices al cristal. Lemden lo observó, las cabezas casi juntas, parecía estar viendo a un niño contrariado por haberse perdido algo interesante. Oyeron aullar a los lobos.
—¿Alguna vez se te ocurrió imaginar que tú mismo te has convertido en un tumor? —Lemden notó que Kunsen se encogía sobre sí mismo, se plegaba como una manta que será guardada en un ropero al final del invierno; sí, por lo visto lo había pensado, así que machacó en caliente—. Algo así como una masa de células monstruosas que crecen y se multiplican de un modo anormal. Has infectado la realidad en la que estamos inmersos, Kunsen, y acostarte con mi mujer no ha sido sino una manifestación más de tu capacidad para proliferar como una célula cancerosa. No eres una persona sino una metástasis.
Como si la palabra hubiera operado mágicamente en el ánimo de Kunsen, el biólogo se recompuso, adelantó el cuerpo, agresivo, y limpió la mente de cualquier residuo negativo que hubiera contenido.
—Esa es la idea, Lemden: proliferar, me encanta la palabra; aspiro a meterme en los intersticios de tu vida y ocupar cada hueco vacío. Y como imaginarás Ada no es otra cosa que un órgano más que debe ser conquistado.
—Eres estúpido, Kunsen —respondió el otro palmeándole suavemente en el hombro—, de qué poco te sirve una licenciatura que obtuviste copiando en los exámenes.
Se dirigió con calma hacia la entrada y habló de nuevo desde allí:
–Deberías saber que el éxito de la enfermedad la aboca a su propio final. Por otra parte, no es en absoluto compasivo alargar una penosa agonía cuando el cáncer no tiene remedio —dijo en tono resignado mientras abría la puerta—. O dicho de otra manera, ¿nunca oíste el adagio: "muerto el perro se acabó la rabia"?
El rostro laxo de Kunsen delataba su incomprensión. Hasta que vio entrar la manada de lobos.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

X-Trees - Marcelo Sosa & Héctor García


Soy un Chamico y si bien durante un tiempo fui un arbusto, gracias a la ciencia, hoy soy un árbol. Luego de la gran sequía que azotó la región casi todos los de mi especie murieron calcinados bajo el sol ardiente de aquel verano del '25. Entonces el gobierno —aunque tarde— lanzó la asignación universal por árbol. A mí me tocó en suerte el doctor Piraino, el científico loco del pueblo. Fue él quien me manipuló genéticamente y así logré superar la barrera que divide a arbustos de árboles. Mido treinta metros de altura y mis hojas enormes dan sombra a buena parte del patio de la casa. Cuando mis frutos espinosos se abren para liberar sus semillas, vienen los gorriones y las palomas audaces y anidan dentro de ellos como si fueran fortalezas acorazadas. Me gusta, me siento acompañado. Las personas, salvo el doctor, no han aprendido la lección. Como era de esperarse, por una cuestión monetaria, muchos tienen un árbol a cargo, pero son pocos los que nos cuidan realmente. El doctor conmigo es muy bueno, además de los cuidados lógicos, me da semanalmente un coctel de vitaminas que potencia mi crecimiento a niveles impensados. Tengo la suerte de vivir en un gran patio en compañía de enredaderas, plantas de jardín y otros árboles como un terebinto somnoliento al que llamamos Lirón, un lapacho gruñón que detesta vestirse en flor y tres naranjos que se creen pertenecer a una inexistente clase alta botánica solo por dar azahares y naranjas. Hasta no hace mucho los hijos del vecino —unos borregos incordiosos— solían cruzar la medianera trepándose a mis ramas para robarlas con total impunidad. Y yo, la verdad, un poco me enojaba. Es que no son precisamente pajaritos, sino más bien pajarones, bastante grandotes y crecidos, y cada vez que se me subían arrancaban hojitas y brotes, y yo sufría unos dolores que duraban semanas enteras; además, eso demostraba lo poco que le importamos las plantas a esa gente, si se los podía llamar de esa manera.
Un buen día, cansado, dejé caer dos o tres de mis frutos más pesados sobre sus cabezas. Enseguida pegaron la vuelta, encima llorando, los muy flojos. Qué regocijo sentí, qué placentera resultó la venganza. El problema fue que luego el doctor tuvo que recibir a los nenes cubiertos de pústulas iridiscentes, y al iracundo padre que venía detrás, hacha en mano, con intenciones poco amables para conmigo. Entonces sucedió lo impensado: una suave brisa sacudió las flores del terebinto, y de sopetón el ambiente se llenó de un polvillo extraño, de olor dulzón, que los adormeció a todos. Cuando despertaron —los chiquillos con la cara libre de granos—, todos parecían desorientados, y cada uno se volvió a su casa sin recordar nada de nada.
Un tiempo después, Lirón me confesó que él también mutó gracias a los cuidados de Piraino, y que sus emanaciones tienen la propiedad de provocar sopor y amnesia, pueden curar todo tipo de dermatitis y, en algunos casos, hasta pueden inducir pensamientos y emociones. Los naranjos, por su lado, producen frutos adictivos que desatan unos sarpullidos que hacen que uno prefiera una muerte violenta. Sin embargo, el proceso es lento, así que si queremos acelerarlo y agregarle el efecto de la iridiscencia, ahí entran en juego los frutos míos. Y así todas las plantas del patio tenemos alguna particularidad que nos hace especial. No es de extrañar, pues, que hoy formemos una especie de gobierno que guía los destinos de un pueblo rebosante de flora lozana.


Acerca de los autores:

La flor olvidada - Claudia Isabel Lonfat & Ana María Caillet Bois


Después de una limpieza puntillosa de la biblioteca, Julia acostumbraba hojear algunos libros tomados al azar y revisar las notas que solía guardar sobre esas lecturas. A veces, solo transcribía frases que le habían conmovido, o palabras, y otras, simplemente nombraba personajes. Esta vez tomo uno, al cual eligió por su lomo viejo, desgarrado, y
cuyo título se hallaba ilegible, tapado por una gran mancha de humedad o de café.
Al abrirlo comprobó que se trataba de una antigua edición de “Albertina ha desaparecido” de Marcel Proust, impreso en 1946.
No recordaba ese libro, por lo cual dedujo que lo había heredado de algún familiar, quizás no en buenos términos. Podría tratarse de un préstamo sin devolución, algo que ocurre normalmente, o vaya a saber cómo había ido a parar a su biblioteca. Difícil saberlo ahora.
Lo abrió al medio, dejando que las hojas se acomodaran solas en su propio equilibrio, y encontró un gran flor seca, que abarcaba casi todo el espacio. A Julia jamás se le hubiese ocurrió guardar flores dentro de un libro, simplemente le parecía horrible, anticuado, de hecho no le gustaban las flores como objetos decorativos o demostraciones de afecto; las prefería en sus respectivas plantas, sin mutilaciones.
Apenas la tocó, la flor se desprendió de su prisión. La hizo girar entre sus dedos y observó la forma en que se había aplanado y, de alguna manera, mimetizado con la hoja del libro, adquiriendo el mismo color ocre, la misma textura del papel, incluso el mismo olor indescriptible que hay en todas las bibliotecas. De pronto la asaltó el miedo de que se disolviera entre sus manos, mientras la movía lentamente, con timidez, pero nada de eso ocurrió, sino algo imprevisto; a medida que la flor seca tomaba contacto con su piel, perdió primero el color ocre, luego la textura del papel se transformó en pétalos suaves que iban adquiriendo forma hasta convertirse en la flor más bella que Julia hubiera visto jamás, de un rosado tenue que se deslizaba resplandeciendo por la corola. Entonces apretó entre sus manos ese maravilloso prodigio, vaina de luz aplacada, y una sonriente semilla comenzó a brillar en todo su esplendor.

Acerca de las autoras:
Claudia Isabel Lonfat