domingo, 10 de enero de 2016

Deseo angelical - Fabián Eduardo Rafael & Maria Jesús Valenzuela


Mi papá siempre me aconsejó que llegara virgen al matrimonio, como lo hicieron su abuela, su madre y mamá. Ellas se casaron jóvenes; la que se casó más grande fue mamá, con veintitrés años, yo siempre respeté su consejo y así, cuando tuve novios, aunque nunca duraran mucho tiempo, jamás hice nada que avergonzara a mis padres. Ahora ellos ya no están, hace cuatro años que me dejaron sola, ni siquiera hermanos me dieron. Hoy tengo la oportunidad de darle mi virginidad a un hombre, es un desconocido, pero me atrae y siento que estoy excitada. Tal vez sea por la bebida con alcohol que tomé, no estoy acostumbrada. No es fácil, a mis cuarenta años; tengo miedo. Estoy en un bar con Erika, mi compañera de trabajo; ella estuvo casada varias veces y le es fácil intimar con alguien. En el bar conocimos a Carlos y Saúl, nos dicen que son solteros, no tengo por qué dudar. Mi compañera y Carlos se van y yo quedo sola con Saúl. Él parece un hombre con experiencia, me pide que lo acompañe a su auto. Toma mi mano suavemente y yo dejo que me lleve; cruzamos la calle, él coloca su brazo alrededor de mi cintura y camina mientras me besa los labios con dulzura. Abre la puerta del vehículo y subo. Me acomodo el vestido y ajusto el cinturón de seguridad. Saúl se sienta a mi lado y muy seguro de sí mismo me dice:
—¿Damos una vuelta por el lago? 
—¡Me encanta! —digo, y salimos. En cada semáforo él me mira a los ojos y roza mi pierna con picardía. Al llegar al lago estaciona. Acerca su cabeza a la mía, yo desespero por un beso, pero él mirando las aguas calmas del lago me señala el reflejo de la luna. Me maravillo ante semejante espectáculo… siento vergüenza de mi actitud, y pudor de solo pensar que él pudo haber adivinado mi intención. Ahora sí, gira y queda frente a mí, me desabrocha el cinturón de seguridad, pasa la mano varias veces sobre la seda resbaladiza de mi vestido… ¡Qué sensación divina!, pienso mientras disfruto; él desprende mi blusa y de forma atrevida me acaricia los senos, besa mis pezones, nos besamos, abro las manos para acariciar a Saúl. Mi tacto obedece a mis deseos… toco sus partes masculinas como en marea creciente. Me ayuda a sacar la ropa y allí estamos los dos, desnudos; presos de la pasión. Pienso en la cara de horror de mis padres y río a carcajadas mientras ellos huyen desesperados de mi mente. Ahora sí entrego mi cuerpo sin pudores, él se hunde en mí; dejo escapar un grito de dolor que se transforma en placer indescifrable y soy de él hasta el amanecer, que nos encuentra agotados de tanto goce. Nos acomodamos la ropa. Pasa su mano sobre mi cabello lacio, yo lo sigo besando. 
—Te llevo a tu casa —dice con ternura. 
—¿Cuándo te vuelvo a ver? —pregunto ansiosa. 
—El domingo, después de la misa; soy el padre Manuel —agrega, y no me asombro… había mucho de cielo en sus caricias y el brillo de su mirada semejaba mil soles. Enmudezco. Detiene su vehículo justo ante mi casa. Baja y abre la puerta. Me abraza y susurra:
—Nos vemos, arreglaré todo —y no sé qué más agrega, porque en mis oídos no dejan de sonar los Aleluyas de los coros angelicales. Entro a casa segura de haber sido bendecida para siempre. “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, y sonrío de felicidad al pensar en Saúl, el deseado…

Acerca de los autores:
María Jesús Valenzuela

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