martes, 26 de enero de 2016

Fecha de caducidad – Sergio Gaut vel Hartman & Fernando Andrés Puga


Teodoro ve llegar la muerte y tiene miedo. Permitirse rodar dentro del sueño, a su edad, equivale a bajar los brazos, significa debilidad y agotamiento. Por eso no se distrae ni un instante, y cuando sus ojos se cierran o sus pensamientos tratan de volar fuera de su cabeza, fija la atención en el objeto que ha permanecido sobre el escritorio durante los últimos cien años. El objeto es una caja de madera pintada de verde que contiene la última gragea de la longevidad. Sabe que si la traga vivirá otro año completo, saludable y potente, pero sabe también que no hay otra, y que ese año será, irremediablemente, el año final de su vida. Es una pena, porque le gusta vivir, se ha aficionado a la vida. Desde que el extraño ser que lo visitó en 2013 le diera las cien grageas de la longevidad a cambio de diez seres humanos que él se encargó de asesinar, ha vivido sabiendo que al ingerir la última gragea no habrá otra. Quién sabe por qué remoto mundo andará el visitante del espacio, deleitándose con las exquisiteces que pueda obtener a cambio de sus mágicas grageas.
Finalmente y no teniendo otra alternativa, toma esa, la última pastilla que la caja verde guarda como un tesoro. Ahora no puede quitar los ojos de ese fondo vacío que es un inevitable anuncio de muerte.
Un destello le arranca la mirada de la angustia y la lleva hacia la ventana. Hay una luz que se acerca. Una nave. La misma nave de entonces. Baja por la escalerilla el mismo extraño ser que le dejó las grageas a cambio de la vida de algunos de sus congéneres. Teodoro se alegra. Presiente que pronto tendrá más pastillas; que aún no llega su última hora.
A poco de reflexionar, la sonrisa empieza a borrarse de su cara. Creyéndose solo en el mundo, descubre que esta vez no tendrá nada que ofrecerle al visitante a cambio de los años que le trae en forma de píldoras.
Mientras el alienígena lo succiona con esa lengua viscosa y repugnante, Teodoro me ve detrás del vidrio recibiendo un comprimido. Verme le agrega un toque de triste estupor a su último suspiro y yo, aunque más no sea oculto en este agujero, aún podré vivir un año más. Ya veremos qué me depara el futuro.

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