jueves, 14 de enero de 2016

Incertidumbre - Marcelo Sosa & Ana María Caillet Bois


Una semana después de su deceso, encontraron a Rolando Silawessi con el cuerpo morado y negro, hinchado, deforme y medio comido por sus propios perros, envuelto en un océano overo de gusanos y moscas, y en un estado de putrefacción galopante. Su mujer, que ya no era su esposa, se acercó para cerciorarse si realmente había muerto, pues su gran anhelo era recuperar esa casa de la que había sido expulsada a golpes, una tarde que Rolando enloqueció. Llegaron al pueblo luego de vender la casa de Córdoba, una herencia recibida de la familia de la mujer. Aquí habían vendido panchitos, bebidas frescas y juguetes en un carro. Les fue bien hasta que Rolando empezó a beber y a revolcarse con cuanta se le cruzara, dispuesta a sacarle plata… 
La mujer largó un llanto tímido, casi imperceptible, pero cuando vio a su hija no pudo soportar la presión y a los gritos le preguntó si su padre se había ido para arriba o hacia abajo, porque si por ella fuera lo encadenaría en las profundidades de los infiernos y jamás lo soltaría.
Se alegró de encontrarlo en ese estado de putrefacción, ella tenía el alma en el mismo estado tras convertirse en el hazmereir del pueblo; la había engañado con cuanta mujer viviera o pasase por el mismo.
Comenzó a recorrer la casa, su casa, para ver que estaba en el mismo estado de putrefacción que su marido, las puertas carcomidas por los gusanos, las paredes destruídas. De pronto, los perros comenzaron a ladrar y a tirar de la pollera de la señora. Y desde la puerta se escuchó la risa burlona de la hija.
—Tanto llorar por un castillo deshecho —sentenció la hija que se alejaba con un ligero taconeo; ya no tenía nada que hacer en ese pueblo—, tan deshecho como vos.

Acerca de los autores:
Marcelo Sosa

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