sábado, 2 de enero de 2016

La historia de Toby Greenwitch - Josefina Correa & Sergio Gaut vel Hartman



Toby era un joven herrero que deseaba vivir aventuras como las que solía leer en los libros que le obsequiara su abuelo paterno. Pero como estaba harto de la aldea en la que había nacido, en su cabeza bullía la idea de alcanzar la costa y en el puerto de Santa Úrsula abordar un barco que lo llevara a países lejanos. Una noche sin luna, oscura como la boca de un lobo, esperó vestido en la cama a que su madre se durmiera y partió por el camino del sur.
Durante el día siguiente, Toby recorrió los muelles tratando de conseguir que el capitán de algún carguero lo contratara y empezar su vida de marinero. Pero nadie estaba interesado en agregar un joven sin experiencia a su tripulación. Al cabo de muchas horas de andar y andar, hambriento y cansado, sintió que había llegado el momento de admitir su fracaso. Regresar, volver a trabajar el hierro candente. ¿Qué le diría a su madre? Se había preparado para desaparecer y no regresar nunca a la aldea, pero ahora tendría que inventar algo, y superando la vergüenza, enfrentar la furia de toda su familia.
Caía la tarde y el sol empezaba a ocultarse tras las barracas. Toby cabeceaba somnoliento cuando una sombra se plantó ante él. Alzó la vista y descubrió que esa sombra la producía el voluminoso cuerpo de un hombre ataviado como un pirata del siglo XVIII. Vestía una camisa sucia que alguna vez fue blanca, calzones negros de sarga, un gabán harapiento y una poblada barba negra que se sacudía cada vez que respiraba. Pero lo que más le llamó la atención a Toby fue que el extraño personaje solo tenía una bota en la pierna izquierda; la pierna derecha era de madera.
—¿Estás buscando trabajo? —preguntó el hombrón.
—Sí, señor. ¿Usted me va a contratar?
—Te contrataré si demuestras ser capaz de convertir mi barco, el Mary Celeste, en el más bello que haya atracado en estos muelles.
Toby movió la cabeza aceptando la oferta, y el hombre de la barba negra lo guió hasta una destartalada goleta. Cuando embarcaron, el joven aventurero comprobó que la nave estaba más destruida de lo que había supuesto. Faltaban tablones de la cubierta, y los que no faltaban se veían quebrados y astillados. Las velas, sucias y desgarradas, parecían los harapos de una bruja. Y por lo visto, él era el único tripulante que el pirata de la barba negra había podido conseguir.
—¿Qué tengo que hacer? —dijo Toby dispuesto a no desanimarse por la tarea que lo esperaba. En su cabeza ya se construían las mil aventuras que viviría saqueando barcos cargados de riquezas, que el pirata, agradecido por su ayuda, compartiría con él.
—Todo lo necesario para que podamos zarpar mañana al amanecer —dijo el capitán con voz de trueno.
Toby supo desde el primer momento que esa era una tarea imposible, pero se esforzó para que el pirata no advirtiera su estado de ánimo, y puso manos a la obra. Trabajó hasta que la noche se cerró sobre el puerto, y no cesó en la tarea hasta que las fuerzas lo abandonaron, por lo que se quedó dormido contra el palo mayor, exhausto.

Cuando Toby despertó, aún era de madrugada. Miró a su alrededor sin lograr descubrir qué había sucedido durante la noche. Estaba inmerso en la más completa oscuridad, y solo tardó unos segundos en advertir que se encontraba en un calabozo, las manos y tobillos atenazados por gruesas cadenas. De pronto, escuchó pasos en la escalera de madera. Tac, pum, tac, pum, tac, pum. A Toby se le puso la piel de gallina al imaginar las pavorosas torturas a las que lo sometería el pirata por no haber cumplido la tarea encomendada. Cada paso en la escalera era como si él mismo estuviera descendiendo hacia el infierno. Tac, pum, tac, pum, tac, pum. Cuando el pirata llegó al calabozo el miedo de Toby se había disparado hacia las nubes.
—Esto te ocurrió porque no terminaste el trabajo —dijo el pirata. Parecía muy enojado.
—Era imposible hacer tanto en tan poco tiempo —protestó Toby.
—¡Excusas, simples y estúpidos pretextos! Mi tripulación debe saber cumplir las órdenes que le doy. Ya te dije que quiero que mi barco sea el mejor.
—Soy el único tripulante —volvió a protestar Toby—. Y de todos modos el castigo es exagerado.
—¿Soy exagerado? —bramó el capitán—. ¡Vaya con el jovencito impertinente! Primero suplica que le dé trabajo y luego se queja que es demasiado. Como castigo —agregó— de ahora en más solo comerás sobras y beberás un poco de agua sucia.
El capitán empujó con la pata de palo una taza de lata y un pan duro que fue de inmediato arrebatado por una rata salida de un oscuro rincón del calabozo.
Luego de una semana de penurias y luchas contra las alimañas, de las que casi siempre salía perdedor, cansado de las gruesas cadenas que lo sujetaban, del frío por las noches y del horrendo olor del calabozo, Toby volvió a escuchar pasos. Tac, tac, tac, tac. Muerto de miedo, creyendo que el capitán llegaba con nuevos y más crueles castigos, se encogió sobre sí mismo al ver una gran sombra y escuchar unos ruidos aterradores, presagios de que el pirata finalmente lo arrojaría por la borda al mar. Y lo peor de todo era que Toby no sabía nadar.
La sorpresa fue mayúscula cuando en lugar del pirata, el joven vio aparecer a su madre.
—¡Muchacho estúpido! ¿Creíste que te ibas a librar de mí tan fácilmente?
—¡Perdón! Estaba harto de la vida del pueblo, de la herrería; quería hacer algo más que machacar hierros y soldar balcones.
—Vamos a casa —dijo la mujer empujando a Toby para que subiera la escalera tras abrir el calabozo y liberarlo de sus cadenas.
—Sí, mamá.
Al pasar junto al pirata, la madre de Toby le puso algo de dinero en la mano, disimuladamente.
—Gracias, don José —susurró.

Acerca de los autores:
Josefina Correa
Sergio Gaut vel Hartman

1 comentario:

  1. Excelente manejo de la fantasía y la moraleja impresionante.

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