miércoles, 6 de enero de 2016

Marica mala - Marcelo Sosa & Héctor García


La cosa era así: todo el mundo sabía que entre Alejandro y Hefestión había algo raro, no tan raro. Incluso en el palacio, ya habían reprendido al príncipe porque no prestaba atención durante las clases debido a que los muslos de su amigo lo traían loquillo. Cuando se embarcaron en la aventura persa, los jóvenes llegaron a Troya donde le rindieron culto a Aquiles y Patroclo, sus héroes de infancia y causa de juegos exploratorios, correrías nocturnas por los bosques circundantes, desvelos y ensueños adolescentes. Todo iba viento en popa. Vivían su bisexualidad como los dioses del Olimpo lo mandaban.
La relación jamás se sintió amenazada por ningún mortal, hasta que apareció Bagoas. Dicen quienes lo conocieron que era el morocho más bello y predispuesto que existía por esos lares pero, también, coinciden, que era más malo que la peste, pues a él le endilgaron las mil y una brujerías para eliminar al fiel Hefestión. Es cierto que su fuerza y su destreza nada podían hacer frente a las del gran estratega griego, pero en cambio contaba con una astucia incomparable. No por nada había sido el favorito en el séquito de Darío III y más tarde ostentaba la misma posición en la comitiva de Alejandro.
En un principio se propuso cumplir con su objetivo recurriendo a sus conocimientos en herbología: un poco de cicuta en el té después de la cena, con algo de opio para atenuar los síntomas y eliminar rastros, y el mundo se vería libre de Hefestión. Pero el momento oportuno no llegaba, y mientras tanto Bagoas se encariñaba con Alejandro, quien a su vez mostraba un creciente afecto por su cortesano predilecto. Esto traía de los pelos a Hefestión, y el sirviente lo notaba y se deleitaba. Pronto las tropas macedonias estuvieron al tanto de la intromisión del persa entre el rey y su general. Las escenas de celos se hacían cada vez más frecuentes, y el resultado era siempre el mismo: Alejandro terminaba protegiendo a su sirviente —un poco por lástima y otro poco por afecto— y Hefestión perdía favoritismo y veía socavada su posición política y militar.
Pasado un tiempo, Hefestión perdió su vigor y su salud, terminó enfermando y falleció. Alejandro, loco de dolor, dejó de alimentarse y descuidó su ejército; en cambio, no escatimó en gastos a la hora de celebrar fastuosos funerales en honor de su amigo y amante. Sin embargo, la tristeza lo venció y murió un año después. Bagoas, lejos de disfrutar la satisfacción del trabajo terminado, lamentó de tal manera la pérdida de su querido protector que decidió quitarse la vida con cicuta, pero sin opio.

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