viernes, 19 de febrero de 2016

Ayer mismo - Héctor García & Sergio Gaut vel Hartman



Ayer mismo me dijo la chirusa esa que, de camino al almacén, pasaba por la herboristería y me traía unas raíces de jengibre para calmar la tos y aliviar la garganta. Pero hasta ahora no tengo noticias de ella, y acá me ve, estoy como un guanaco, y no puedo ni tragar la saliva del dolor que tengo.
Ayer mismo me dijo que en la herboristería conseguiría también jarabe de culantrillo para frenar la alopecia y disolver los cálculos. Pero la señorita no ha aparecido, así que mientras tanto los pelos se me caen como si fueran hojas en otoño, en el «toilette» sufro como un condenado y dejo hasta los riñones.
Ayer mismo me dijo que de ser posible volvería con algo de valeriana para tratarme el insomnio y detener los calambres. Sin embargo, la muy desagradecida brilla por su ausencia, y yo hace días que vengo sin pegar un ojo en toda la noche, y de yapa los músculos de las piernas me pegan unos tirones que en cualquier momento se me desprenden de los huesos.
Ayer mismo —sí, ayer mismo—, me dijo que compraba unas hojitas de agastache para cortar la diarrea y cicatrizar las aftas. Y adivine qué: la desalmada no da señales de vida, y yo me la paso evacuando el día entero, y encima no puedo decir ni «ah» para quejarme porque tengo la boca cubierta de unas llagas que me hacen ver las estrellas.
Pero hoy, hoy es otra cosa. No me voy a quedar esperando que regrese con el jengibre, el jarabe de culantrillo, la valeriana y las hojitas de agastache. Hoy voy a salir. Yo misma iré a buscar esos productos a la herboristería, y no me importa que mis esputos sean tan corrosivos que logren disolver las piedras, que mis cabellos caídos contaminen las aguas y envenenen a aquellos que la beben, que mi incapacidad para dormir termine matando de ataques cardíacos a quienes me vean merodeando por las calles como un engendro de la oscuridad y mucho menos me importa que mis heces, en las patas de los insectos y en los morros de las ratas y otras alimañas terminen difundiendo la peste más mortífera que la Tierra haya conocido desde 1348. Hoy voy a salir. Ya no soporto ver en la tele la inacabable repetición de las mismas series ni escuchar las sandeces de los periodistas, lacayos de los magnates de los medios. Si tengo que destruir toda la vida sobre el planeta, la destruiré. Estoy demasiado cansada, enojada, aburrida… Salgo.

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