jueves, 11 de febrero de 2016

Bajo el mar - Fernando Andrés Puga & Ada Inés Lerner


Martina flotaba sin el menor esfuerzo. Se balanceaba con los ojos bien abiertos al compás de las olas entregándose a la contemplación de las nubes que adquirían formas precisas, para volverse ambiguas al instante siguiente. No quería volver y a medida que se alejaba de la costa los gritos de mamá se volvían más tenues, a pesar de que ella gritaba cada vez más fuerte. 
De pronto algo le rodeó la cintura. Pegajoso, firme, sigiloso. Fue enroscándose alrededor del cuerpo de Martina y la sumergió con suavidad de modo tal que ella apenas lo notó. 
Entonces fue que, para su sorpresa, el agua que le inundó los pulmones no alteró el ritmo de su respiración. Muy por el contrario: trajo una sensación de alivio que Martina jamás había experimentado.Ya no podía ver las nubes. A su alrededor giraban peces pequeños, de colores vivos algunos y otros difusos, los había de aletas con escamas o casi transparentes. Marina estaba fascinada con los colores de las medusas y de diversas plantas. Aquellas parecían haber surgido de las rocas y otras se desprendían y se deslizaban graciosas. Marina notó que en el fondo el agua se había oscurecido, era más y más azul, sin embargo, ella podía distinguir las rocas, las algas adheridas, y los diferentes peces pequeñísimos y los había grandes que la miraban pasar como si ella formara parte de su mundo. En el silencio, se sintió tan feliz que abrió la boca y un canto armonioso brotó de su interior. Marina ya pertenecía a ese infinito; se dio cuenta que hacía un rato que sus brazos nadaban libremente y las piernas les seguían el ritmo. Todo su cuerpo se deslizaba en el agua. Y aunque ella no lo supiera, una nueva sirena había nacido en el mar eterno.

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