lunes, 15 de febrero de 2016

Cosas de gauchos – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Qué puede decirnos sobre lo que ocurrió —preguntó el periodista, acercando el micrófono a la cara de Marcial Arturiz.
—No tengo muchos gustos, amigo, soy hombre de una sola lengua. Polígono era mi tatarabuelo Esaú, que manejaba los bueyes en la compañía de Juancho Flores, El Lenguaraz, un cirquero de mala fama que solía pasear la compañía por el valle del Salado, donde visitaba a Eufrasia Gómez, viuda de Langostín Tiburci, que tenía dos cuñadas ambas enamoradas de él, tanto como la Eufrasia. Comisario supo ser, en cambio, un chiquizuelo (abuelo chisquicientas veces) que lo corrigió al Esaú, o sea, le sacó lo que le sobraba y lo puso en el anzuelo de mojarritas. Ahí sí se le complicó la cosa con la viuda, porque sin sobrantes había perdido parte de su encanto. Así nació una larga amistad y el comisario siguió pescando mojarritas.
—Pero de los marcianos que aterrizaron en su huerta, ¿no nos va a decir nada?
—¡Ah! ¡Los marcianos! ¡Mozos simpáticos los marcianos! Pero no resisten el mate amargo, ¿sabe? Tal vez, si se lo hubiera endulzado, no sé, flojitos vinieron a ser los marcianos, ¿no? En cambio mi tío Jonás, el domador de lombrices de Madariaga, ese sí que era fuerte. Mire que le ponía acíbar al mate amargo… No, amigo, los marcianos esos no sirven ni para arriar escarabajos peloteros… Pelotero se armó en lo del Justino Osdrúbal Rampallo… Pero ¿dónde se metió el señor del diario?

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea

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