sábado, 27 de febrero de 2016

Doña Azucena - Ana María Caillet Bois & Rolando José di Lorenzo


Doña Azucena es como un árbol viejo, la savia se le ha detenido. Sin embargo, todavía se levanta cada día y prepara la sopa que la hizo famosa en el pueblo. Corta las verduras en cuadraditos del mismo tamaño, como si los marcara con una regla y al cabo de un rato comienza a sentirse el aroma inconfundible, como si fuera una parva de colores que obliga que los vecinos se asomen curiosos para ver a doña Azucena. Las rugosas manos de la mujer han trabajado tanto que al moverlas resuena en el silencio un crac crac metálico. Ella todavía siente la suavidad del amor entre sus dedos y cierra con fuerza las manos para que no escape, aunque sabe que lo hace para retener los recuerdos; si no lo siguiera creando sabores y colores dejaría de ser ella. Doña Azucena, viejo árbol con savia estática, necesita de las dos cosas: retener la memoria del viejo amor gozando en la intimidad, pero más aún, sufrir la exigencia de servir. Y así pasará los días siguientes, entre las dos posiciones, que en definitiva son lo mismo: aquel amor por él, y el servicio del amor, hacia los otros.

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