domingo, 7 de febrero de 2016

La flor olvidada - Claudia Isabel Lonfat & Ana María Caillet Bois


Después de una limpieza puntillosa de la biblioteca, Julia acostumbraba hojear algunos libros tomados al azar y revisar las notas que solía guardar sobre esas lecturas. A veces, solo transcribía frases que le habían conmovido, o palabras, y otras, simplemente nombraba personajes. Esta vez tomo uno, al cual eligió por su lomo viejo, desgarrado, y
cuyo título se hallaba ilegible, tapado por una gran mancha de humedad o de café.
Al abrirlo comprobó que se trataba de una antigua edición de “Albertina ha desaparecido” de Marcel Proust, impreso en 1946.
No recordaba ese libro, por lo cual dedujo que lo había heredado de algún familiar, quizás no en buenos términos. Podría tratarse de un préstamo sin devolución, algo que ocurre normalmente, o vaya a saber cómo había ido a parar a su biblioteca. Difícil saberlo ahora.
Lo abrió al medio, dejando que las hojas se acomodaran solas en su propio equilibrio, y encontró un gran flor seca, que abarcaba casi todo el espacio. A Julia jamás se le hubiese ocurrió guardar flores dentro de un libro, simplemente le parecía horrible, anticuado, de hecho no le gustaban las flores como objetos decorativos o demostraciones de afecto; las prefería en sus respectivas plantas, sin mutilaciones.
Apenas la tocó, la flor se desprendió de su prisión. La hizo girar entre sus dedos y observó la forma en que se había aplanado y, de alguna manera, mimetizado con la hoja del libro, adquiriendo el mismo color ocre, la misma textura del papel, incluso el mismo olor indescriptible que hay en todas las bibliotecas. De pronto la asaltó el miedo de que se disolviera entre sus manos, mientras la movía lentamente, con timidez, pero nada de eso ocurrió, sino algo imprevisto; a medida que la flor seca tomaba contacto con su piel, perdió primero el color ocre, luego la textura del papel se transformó en pétalos suaves que iban adquiriendo forma hasta convertirse en la flor más bella que Julia hubiera visto jamás, de un rosado tenue que se deslizaba resplandeciendo por la corola. Entonces apretó entre sus manos ese maravilloso prodigio, vaina de luz aplacada, y una sonriente semilla comenzó a brillar en todo su esplendor.

Acerca de las autoras:
Claudia Isabel Lonfat

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