domingo, 7 de febrero de 2016

X-Trees - Marcelo Sosa & Héctor García


Soy un Chamico y si bien durante un tiempo fui un arbusto, gracias a la ciencia, hoy soy un árbol. Luego de la gran sequía que azotó la región casi todos los de mi especie murieron calcinados bajo el sol ardiente de aquel verano del '25. Entonces el gobierno —aunque tarde— lanzó la asignación universal por árbol. A mí me tocó en suerte el doctor Piraino, el científico loco del pueblo. Fue él quien me manipuló genéticamente y así logré superar la barrera que divide a arbustos de árboles. Mido treinta metros de altura y mis hojas enormes dan sombra a buena parte del patio de la casa. Cuando mis frutos espinosos se abren para liberar sus semillas, vienen los gorriones y las palomas audaces y anidan dentro de ellos como si fueran fortalezas acorazadas. Me gusta, me siento acompañado. Las personas, salvo el doctor, no han aprendido la lección. Como era de esperarse, por una cuestión monetaria, muchos tienen un árbol a cargo, pero son pocos los que nos cuidan realmente. El doctor conmigo es muy bueno, además de los cuidados lógicos, me da semanalmente un coctel de vitaminas que potencia mi crecimiento a niveles impensados. Tengo la suerte de vivir en un gran patio en compañía de enredaderas, plantas de jardín y otros árboles como un terebinto somnoliento al que llamamos Lirón, un lapacho gruñón que detesta vestirse en flor y tres naranjos que se creen pertenecer a una inexistente clase alta botánica solo por dar azahares y naranjas. Hasta no hace mucho los hijos del vecino —unos borregos incordiosos— solían cruzar la medianera trepándose a mis ramas para robarlas con total impunidad. Y yo, la verdad, un poco me enojaba. Es que no son precisamente pajaritos, sino más bien pajarones, bastante grandotes y crecidos, y cada vez que se me subían arrancaban hojitas y brotes, y yo sufría unos dolores que duraban semanas enteras; además, eso demostraba lo poco que le importamos las plantas a esa gente, si se los podía llamar de esa manera.
Un buen día, cansado, dejé caer dos o tres de mis frutos más pesados sobre sus cabezas. Enseguida pegaron la vuelta, encima llorando, los muy flojos. Qué regocijo sentí, qué placentera resultó la venganza. El problema fue que luego el doctor tuvo que recibir a los nenes cubiertos de pústulas iridiscentes, y al iracundo padre que venía detrás, hacha en mano, con intenciones poco amables para conmigo. Entonces sucedió lo impensado: una suave brisa sacudió las flores del terebinto, y de sopetón el ambiente se llenó de un polvillo extraño, de olor dulzón, que los adormeció a todos. Cuando despertaron —los chiquillos con la cara libre de granos—, todos parecían desorientados, y cada uno se volvió a su casa sin recordar nada de nada.
Un tiempo después, Lirón me confesó que él también mutó gracias a los cuidados de Piraino, y que sus emanaciones tienen la propiedad de provocar sopor y amnesia, pueden curar todo tipo de dermatitis y, en algunos casos, hasta pueden inducir pensamientos y emociones. Los naranjos, por su lado, producen frutos adictivos que desatan unos sarpullidos que hacen que uno prefiera una muerte violenta. Sin embargo, el proceso es lento, así que si queremos acelerarlo y agregarle el efecto de la iridiscencia, ahí entran en juego los frutos míos. Y así todas las plantas del patio tenemos alguna particularidad que nos hace especial. No es de extrañar, pues, que hoy formemos una especie de gobierno que guía los destinos de un pueblo rebosante de flora lozana.


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