viernes, 18 de marzo de 2016

El virus - Ana Caliyuri & José Luis Velarde


Mandris, que gozaba de la voluntad de los dioses, partió presurosa desde Ammar hacia Epsilon; debía bañar sus pensamientos en aguas más claras. La confusión, virus que se había propagado con celeridad por la ciudad, no se había apiadado tampoco de ella, razón por la cual, el virus le había afectado una de las capacidades cognitivas. La cajita de la memoria y su capacidad de almacenamiento habían colapsado y ya no distinguía los propios recuerdos de los ajenos.
Ligera, como siempre, subió al pegaso más próximo y pidió ser conducida al destino elegido.
La criatura la miró sin entender palabra y echó a volar hacia el Olimpo.
Zeus la vio aproximarse y confundido por el virus creyó mirar un furioso titán montado sobre un demonio fugitivo del Tártaro abominable.
Mandris vio la luz del rayo aproximándose y compartió el júbilo por la muerte segura del enemigo arribado del inframundo.

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