jueves, 10 de marzo de 2016

Escarabajo de incógnito – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Gregor Samsa era un escarabajo que trabajaba de cucaracha en una fábrica de insecticidas especiales. El químico general de contiendas blaterísticas, un tal Franz Kafka, si nos atenemos a su declaración testimonial y no lo consideramos un apodo, usaba a Samsa y su team de falsas cucarachas suicidas para probar todo tipo de productos químicos que aniquilasen a los temibles insectos (los auténticos), con resultados la mayoría de las veces fallidos. Y aquí debo aclarar que tenían éxito en menos del diez por ciento de los casos, de modo que se descartaban las moléculas y se las reemplazaban por otras, o por isómeros de nombres crepusculares y malditos.
El día más feliz de la vida de Kafka pareció llegar cuando logró la aniquilación completa de Samsa y sus valientes, quienes fenecieron a manos de una hípermolécula encerrada en nanoestructuras de carbono berilio, pero cuando fue puesto a la venta, el insecticida comenzó mal su temporada de cucarachicida, ya que mataba a todo bicho que andaba por el suelo, bebés incluidos, y dejaba a los blátidos indemnes.
La autopsia realizada sobre el cadáver de Samsa reveló lo que usted lector (y nosotros, los autores) sabemos (y ya hemos dicho al principio, ¿hay necesidad de ser reiterativos?): que Gregor era un escarabajo, a raíz de lo cual Kafka debió huir a Praga, Bohemia, se dedicó a escribir y estudió entomología internacional comparada. De estas tres cosas floreció, si debemos aceptar la opinión de los psicoanalistas que lo trataron, su pulsión contra los seres de más de cuatro patas.
Por si esto fuera poco, Samsa, resurrecto, lo acosaba vestido de fantasma, día y noche. La vez que se le apareció como un elemento de electrónica integrada de memoria en un cráneo de cuervo boreal, Kafka tuvo la visión de que se transformaba en cucaracha y de ahí surgió una de las narraciones más extrañas de que se tuvieran noticias.
Se dice que el escritor, exquímico general de contiendas blaterísticas, terminó sus días abrazado a Samsa en algún lugar de la muralla china hasta la que viajó para eludir un operativo conjunto de la Mosadla KGBla CIA, INTERPOL, el FBI y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, quienes lo andaban buscando por evasión de impuestos a las ganancias derivadas de las regalías percibido por el cuento sobre la máquina de torturas que la Cúpula de Magnates Poderosos reclamaba como de su exclusiva invención.
Dicen que el genial escritor está enterrado en una tumba convencional de operarios de la muralla china del siglo XII de la era cristiana, pero es improbable, porque, como todos saben, Kafka era judío.

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