sábado, 30 de enero de 2016

Media noche – Ada Inés Lerner & Carlos Enrique Saldívar


«Media noche» indicaban las dos manecillas del reloj mientras el delincuente corría para separarse de mí tan pronto como le era posible. En esa gélida noche la luna llena esclarecía cualquier rincón y ya estaba por alcanzarlo cuando el viento hizo que una nube nos sumiera en la oscuridad. A tropezones, me encaminé a dónde lo había visto por última vez. Antes de poder sacar mi arma, él se metió en un callejón. Conseguí escuchar sus rugidos. ¿De dolor o de placer? No importaba, el caso era que se estaba transformando. Tendría que pasar por aquí, era la única salida. Lo vi acercarse, trepando las paredes; grande, peludo, aulló y babeó, se lanzó contra mí… y le disparé las cinco balas de plata.
Era el castigo que merecía. Había cometido treinta asesinatos. La cárcel no estaba hecha para «eso», ni el manicomio. Un nuevo caso cerrado. Del modo correcto.


Acerca de los autores:

El mundo según – Héctor Ranea & Ana Caliyuri


—A la música, le agregaría el discurso —dijo con increíble calma la señorita Monshardín— y tenemos poco menos que la humanidad, señor Ambasagua.
—¿Y las dos piernas, y la mente brillante? —fingía preguntar pero gritaba el alumno, despesperado.
—¿Oyó alguna vez un poema escrito por una pierna? ¿Acaso las dos? —respondió Monshardín con sorna calculada.
—Usted nos quiere provocar, profesora. No debería ser tan burlona.
—Acabo de darles una síntesis de la humanidad y usted se queja... —pero no terminó la frase que alguien le espetó sin piedad.
—Si su mente fuese brillante no desestimaría las piernas profesora.
—Le repito. ¿Mister?
—Mister Nessuno —dijo por lo bajo el señor Nessuno.
—La música está en el aire y el discurso está en el vuelo…
El señor Ambasagua sintió una intensa pesadumbre cuando la vio girar el cuerpo y batiendo sus alas perderse tras el horizonte…


Acerca de los autores:

El mapa – Alejandro Bentivoglio & Javier López


No tengo tiempo ni ganas de moverme. Esto provoca que las cosas se compliquen y que otros tengan que resolver muchos asuntos por mí. Me quedo desparramado en el sofá mirando el techo, como si estuviese esperando descubrir algo notable. Tratando de unir las sospechas sobre las manchas de humedad y las grietas que se marcaban en la pintura como trayectos de un mapa secreto. ¡Un mapa secreto! ¿Cómo no lo había visto antes? Éste reproduce la disposición, de manera algo tosca, de mi casa. El hall, la cocina a un lado, el salón a otro, que da entrada a un largo pasillo y varias habitaciones. Una parece estar marcada específicamente. Es mi dormitorio. Y el lugar señalado, la cama. Decido ir allá. Me quedo desparramado sobre ella mirando al techo, donde las manchas de humedad y las grietas marcan la pintura como trayectos de un mapa secreto.

Acerca de los autores:
Javier López

martes, 26 de enero de 2016

Fecha de caducidad – Sergio Gaut vel Hartman & Fernando Andrés Puga


Teodoro ve llegar la muerte y tiene miedo. Permitirse rodar dentro del sueño, a su edad, equivale a bajar los brazos, significa debilidad y agotamiento. Por eso no se distrae ni un instante, y cuando sus ojos se cierran o sus pensamientos tratan de volar fuera de su cabeza, fija la atención en el objeto que ha permanecido sobre el escritorio durante los últimos cien años. El objeto es una caja de madera pintada de verde que contiene la última gragea de la longevidad. Sabe que si la traga vivirá otro año completo, saludable y potente, pero sabe también que no hay otra, y que ese año será, irremediablemente, el año final de su vida. Es una pena, porque le gusta vivir, se ha aficionado a la vida. Desde que el extraño ser que lo visitó en 2013 le diera las cien grageas de la longevidad a cambio de diez seres humanos que él se encargó de asesinar, ha vivido sabiendo que al ingerir la última gragea no habrá otra. Quién sabe por qué remoto mundo andará el visitante del espacio, deleitándose con las exquisiteces que pueda obtener a cambio de sus mágicas grageas.
Finalmente y no teniendo otra alternativa, toma esa, la última pastilla que la caja verde guarda como un tesoro. Ahora no puede quitar los ojos de ese fondo vacío que es un inevitable anuncio de muerte.
Un destello le arranca la mirada de la angustia y la lleva hacia la ventana. Hay una luz que se acerca. Una nave. La misma nave de entonces. Baja por la escalerilla el mismo extraño ser que le dejó las grageas a cambio de la vida de algunos de sus congéneres. Teodoro se alegra. Presiente que pronto tendrá más pastillas; que aún no llega su última hora.
A poco de reflexionar, la sonrisa empieza a borrarse de su cara. Creyéndose solo en el mundo, descubre que esta vez no tendrá nada que ofrecerle al visitante a cambio de los años que le trae en forma de píldoras.
Mientras el alienígena lo succiona con esa lengua viscosa y repugnante, Teodoro me ve detrás del vidrio recibiendo un comprimido. Verme le agrega un toque de triste estupor a su último suspiro y yo, aunque más no sea oculto en este agujero, aún podré vivir un año más. Ya veremos qué me depara el futuro.

La penumbra y los colores – Javier López & Héctor Ranea


Había llegado a aquella ciudad por asuntos de negocios. Parecía un lugar normal, con calles normales y gente normal, como cualquiera que hubiera visitado antes. Pero por la noche, cuando salí a despejarme y meditar un poco sobre lo que tendría que resolver en unas horas, todo se transformó. Lo que a la luz del sol eran edificios modernos de apartamentos, ahora parecían tenebrosas ruinas de muros semiderruidos y ventanas rotas. Y lo que resultaba más inquietante aún: por las calles sólo paseaban sombras, sin cuerpos que las proyectasen.
Mi intención era robar el banco. Sólo un par de sombras lo custodiaban así que me alcé el dinero sin resistencia. Tomé el auto y seguí mi camino. A la madrugada me detuve en un café de mala muerte a mirar el botín. Grande fue mi sorpresa al ver que sólo eran plumas que en la penumbra parecían dólares.


Acerca de los autores:
Javier López

Zona cero - Ivana Szac & Alejandro Bentivoglio



Latidos virtuales se encienden en la piel y las imágenes rompen como olas en el fondo de las habitaciones. Ella es animal en celo, ni víctima ni presa. No hay guías ni cazadores.
El corazón sabe de las operaciones de lo que se oculta, el aura agradece la brisa cuando el día asfixia.
Pulsar las horas que bajan hasta encontrar el mercurio que disuelve la ansiedad de las esperas: su piel y el océano. El amor es todo lo que encontramos y nos libra.

Acerca de los autores:



viernes, 22 de enero de 2016

En la oscuridad - Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Sintió que una mano desprendía los botones de la camisa mientras la otra buscaba la nuca y tiraba de la prenda hacia atrás.
—No puedo verte —dijo.
—No es necesario. —La respuesta llegó asordinada, como si la mujer estuviera hablando desde otra dimensión, aunque el tacto de sus dedos era indiscutible, y demasiado agradable. Eran manos hambrientas y no tardaron en buscar otras zonas de su cuerpo.
—¿Dónde estás? Quiero verte.
—¿Para qué?
—Sin mis ojos tengo miedo.
—¿Miedo a perderme? —dijo riendo la mujer.
—Miedo a mis culpas.
—No tengas miedo. Buscame, estoy desnuda.
—Sabés que no puedo. Estoy atado a esto. Desde el accidente.
—¿Accidente? ¿Seguís creyendo que fue un accidente, querido?
Sintió que la mano lo hacía temblar donde tocase. La mujer invisible acarició su torso con una mano que parecía un hueso.
—¿Es tu mano? —preguntó, casi en un grito.
Le respondió un silencio congelado.

Acerca de los autores:

Ellos - Marcos Zocaro & Ana Caliyuri


Cerca de las nueve de la noche los pájaros dejaron de cantar. Y el ruido de la ciudad le dio paso al silencio. Fue abrupto. Como si alguien hubiera desconectado el equipo de audio desde el cual escapa el sonido urbano. Salí al balcón.
Las copas de los árboles estaban despobladas. Hasta los murciélagos habían huido. El cielo estrellado no anunciaba tormenta y el Gobierno no había decretado ningún asueto ni feriado de último momento. Me sentí conmovida por la quietud. Mi respiración pareció detenerse y el pulso se tornó acelerado. Luego, la nada misma… Algo blanco se aproximó a mí. Sentí la levedad de mi ser y ellos me enseñaron a ascender con mis incipientes alas. Abajo la gente volvió a su rutina y la ambulancia recogió mi cuerpo.

Acerca de los autores:
Ana María Caliyuri
Marcos Zocaro

Lo que creemos – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldívar


—Los fantasmas no existen —dijo el escéptico—. No existe ninguna prueba científica que avale la existencia de algo después del fin de la vida tal como la conocemos. Son puras imaginaciones o simples historias de mitómanos.
—Yo lo entiendo, perfectamente —replicó el fantasma—. Pero, ¿qué me dice de los gnomos? ¿No le parece un peligro construir pequeñas figuritas para nuestros jardines o, en mi caso, para mi tumba en el cementerio?
—Los gnomos son solo eso, figuras en los jardines, nada más. Objetos inanimados que no pueden lastimar a nadie.
—Mire, le presento al gnomo que estaba junto a mi lápida.
—Hola —le dijo el gnomo al escéptico—. ¿Ahora cree?
—Hola. Por supuesto que no, para mí, usted solo es un viejito enano que no puede hacer nada extraordinario.
El gnomo usó su magia para hacerlos flotar a todos en el aire e insistió:
—¿Y ahora, usted, cree?
—No —dijo el escéptico—. Obviamente estás usando la tecnología para realizar este truco. A mí no me engaña nadie. Ahora, déjenme tranquilo, debo irme a casa.
—Pero usted vive lejos —comentó el fantasma—, y muy pronto va a amanecer.
—¿Y qué?
—Pues que usted es un vampiro. Y cuando los rayos del Sol atrapan a un chupasangre…
—¡No soy un vampiro! ¡Y tú no eres un fantasma! ¡Y tú no eres un gnomo! ¡Somos personas normales! ¡Yo soy un ser humano común y corriente! —Y se marchó.
Minutos después un resplandor, un horrendo chillido, humo y cenizas.
Luego, nada.
El fantasma y el gnomo retornaron, riendo, al mundo de las sombras al cual pertenecían.

Acerca de los autores:
Alejandor Bentivoglio
Carlos Enrique Saldivar

lunes, 18 de enero de 2016

De repente – Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


Mi cabeza explota salpicando a los presentes. Incluso una de mis orejas cae sobre la sopa a punto de ser servida. Me dicen que podría haber esperado al postre, aunque más no fuera. Me gustaría disculparme por todo, por las manchas en las cortinas, por la sangre en el piso, por los vestidos y trajes arruinados, pero no logro encontrar mi boca y sin ojos no sé hacia dónde estoy yendo. Me llevo por delante una columna y caigo sobre el suelo de baldosas ajedrezadas. Intuyo que mis labios han quedado prendidos de una bella dama cuyo escote divisé entre manjares antes del accidente, pero no puedo corroborarlo, y mucho menos hacerme responsable. Por fortuna, el hijo de la anfitriona encuentra un frasco de pegamento en su mochila. Me rearman como pueden. Ponen voluntad. No me atrevo a decirles que la otra oreja me hace cosquillas en la hipófisis.

Acerca de los autores:

Mensaje esculpido en piedra – Ana Caliyuri & Carlos Enrique Saldivar


Ella supo que todo era efímero rompiendo las puertas de un tiempo de cabellera blanquecina. La torre de pensamientos la llevó demasiado lejos. Inspiró profundamente y entró al lugar indicado. Allí asomó una funesta imagen y tras ella una piedra. Debía esculpir sobre la roca, la verdad pura. Inmóvil, sintió que alguien le aproximaba el cincel de un viejo guerrero. Era su misión, había nacido para eso, había esperado durante dieciocho años ese magnánimo instante. Todos dependían de ella pues sus entrañas contenían la respuesta que salvaría a la humanidad de la locura. Había mucho espacio para escribir en la roca, pero existía un problema también… comenzó a sudar, nunca pensó en ello, supuso que las palabras llegarían como una revelación. Estaba bloqueada. Su tiempo terminó y no escribió nada. Lloró mucho, su desdicha la consumió.
Nunca supo que había acertado; la verdad del universo era precisamente eso: nada.

Acerca de los autores:
Ana María Caliyuri
Carlos Enrique Saldivar

Bilocación – Luciano Doti & Rolando José di Lorenzo


—Dicen que los extraterrestres están hace mucho tiempo aquí en la Tierra.
—Dicen tantas cosas… ¿A qué viene ese comentario?
—¿Viste Jorge, nuestro compañero, que el lunes no faltó y estuvo las ocho horas con nosotros?
—Sí, ¿qué tiene?
—Mi mujer lo vio a la misma hora en el centro, caminando en las inmediaciones de la Secretaría de Inteligencia. La capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo se conoce como bilocación.
—Pará, no seas paranoico, sería un tipo muy parecido…
—Se infiltran en los organismos de inteligencia de todos los países para controlarnos.
—Pero ¿cómo puede ser Jorge un extraterrestre?
—No sé si él particularmente lo es, o si los extraterrestres son replicadores de cuerpos. Capaz que lo copiaron.
—¿También eso….copiones? Me parece que tenés una mala imagen de los aliens —gritó Cacho, ofuscado y agresivo.
—Che, no es para tanto, ni que fueras uno de ellos —solté con toda mi gracia, que parece que no fue tanto, porque Cacho se puso de pie y tomándome por las solapas me gruño al oído:
—¡Y si lo fuera, qué! O acaso creés que ustedes son los mejores… los reyes del espacio, los únicos seres de la creación; me tienen podrido.
No podía dar crédito a mis oídos, ¿Cacho era un extraterrestre? No, no puede ser; es mi amigo de toda la vida. Se me cortaron los pensamientos cuando lo vi llorando desconsoladamente al tiempo que murmuraba:
—¡Siempre nos discriminaron… nunca nos amaron… nunca! ¡Son y serán unos salvajes!

jueves, 14 de enero de 2016

Investigación esquizoide – José Luis Velarde & Javier López



Retuerzo letras. Las exprimo para que suelten significados más amplios. Machaco frases enteras hasta que surgen connotaciones inimaginables. Escribo con espinas, piedras y cuanto encuentro para dejar trazos relevantes más allá del simple papel. Mi meta es renovar las palabras y crear nuevos símbolos y significados. Cuando deba destruir intentos fallidos no dudaré en reventarlos a martillazos o con un simple borrador situado en el extremo de un lápiz aguzado como aguja hipodérmica.
La decisión no está exenta de riesgos. Esa nueva forma de ver las palabras da mayor carga y sentido a mis microficciones. Pero también soy poeta, y ahora el aire del amanecer es una amenaza química, los atardeceres son sombríos y de tonalidades tenebrosas. El canto de los pájaros se ha vuelto hostil, insoportable. Las rosas sólo tienen espinas. Tu sonrisa es presagio de la muerte. Y, lo peor de todo: el amor es una mierda.

Acerca de los autores:

Elástica – Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner



La pared se achica o se agranda dependiendo de si alguien la está mirando o no. Cuando no hay nadie, el departamento no es más grande que una caja de zapatos. Ahora, si estamos todos ahí, se hace la importante y crece hasta alcanzar las dimensiones de una mansión. Lo sabemos porque desconfiábamos de ella y el otro día dejamos una cámara oculta filmando a ver qué hacía cuando nos íbamos. Y ahora lo sabemos. Se achica y se achica, cuando está minúscula se autolimpia rápidamente. Las hormigas que hicieron un hormiguero debajo del placard se quedan sin espacio para  provisiones y albergue y se van buscando más comodidades. Las telarañas se enredan unas con otras y terminan por irse todas. Salvo las cucarachas que dejan los huevos para cuando vuelven, el departamento queda vacío y en posición de loto descansa y medita hasta que lo llama el despertador.

Acerca de los autores:

Incertidumbre - Marcelo Sosa & Ana María Caillet Bois


Una semana después de su deceso, encontraron a Rolando Silawessi con el cuerpo morado y negro, hinchado, deforme y medio comido por sus propios perros, envuelto en un océano overo de gusanos y moscas, y en un estado de putrefacción galopante. Su mujer, que ya no era su esposa, se acercó para cerciorarse si realmente había muerto, pues su gran anhelo era recuperar esa casa de la que había sido expulsada a golpes, una tarde que Rolando enloqueció. Llegaron al pueblo luego de vender la casa de Córdoba, una herencia recibida de la familia de la mujer. Aquí habían vendido panchitos, bebidas frescas y juguetes en un carro. Les fue bien hasta que Rolando empezó a beber y a revolcarse con cuanta se le cruzara, dispuesta a sacarle plata… 
La mujer largó un llanto tímido, casi imperceptible, pero cuando vio a su hija no pudo soportar la presión y a los gritos le preguntó si su padre se había ido para arriba o hacia abajo, porque si por ella fuera lo encadenaría en las profundidades de los infiernos y jamás lo soltaría.
Se alegró de encontrarlo en ese estado de putrefacción, ella tenía el alma en el mismo estado tras convertirse en el hazmereir del pueblo; la había engañado con cuanta mujer viviera o pasase por el mismo.
Comenzó a recorrer la casa, su casa, para ver que estaba en el mismo estado de putrefacción que su marido, las puertas carcomidas por los gusanos, las paredes destruídas. De pronto, los perros comenzaron a ladrar y a tirar de la pollera de la señora. Y desde la puerta se escuchó la risa burlona de la hija.
—Tanto llorar por un castillo deshecho —sentenció la hija que se alejaba con un ligero taconeo; ya no tenía nada que hacer en ese pueblo—, tan deshecho como vos.

Acerca de los autores:
Marcelo Sosa

domingo, 10 de enero de 2016

Noche fiera y sin alcohol — Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Cuando ya solo se oyó el sonido del viento y el rugido de las olas golpeando furiosas el viejo muelle de madera, encaré a Kurt y, tras estrellar la botella de ajenjo contra el bargueño de cedro, le hice la pregunta decisiva.
—¿Qué vas a tomar ahora?
—¿Tu sangre? —rió.
—Lo dudo —repliqué sin inmutarme—. Tiene tan poco alcohol como la leche.
—No bromeo, ¿podría morderte el cuello y beber de ahí hasta dejarte seco?
—Estás bastante ebrio, hip.
—Quizá, pero aún tengo sed.
—¿Como un chupasangre?
—Sí.
—Imposible, hip. Los vampiros no beben licor. Hubieras vomitado.
—Supongo que he escupido todo el ajenjo.
—No te vi.
—De seguro fui rápido.
—¡Y un despilfarrador!
—Cállate, voy a clavarte mis colmillos.
Lo hizo, y pronto comenzó a toser sangre. Luego se durmió.
Estando borracho, Kurt siempre olvidaba que yo también era un «no muerto» y que sí podíamos embriagarnos.


Acerca de los Autores:
Sergio Gaut vel Hartman
Carlos Enrique Saldívar

Deseo angelical - Fabián Eduardo Rafael & Maria Jesús Valenzuela


Mi papá siempre me aconsejó que llegara virgen al matrimonio, como lo hicieron su abuela, su madre y mamá. Ellas se casaron jóvenes; la que se casó más grande fue mamá, con veintitrés años, yo siempre respeté su consejo y así, cuando tuve novios, aunque nunca duraran mucho tiempo, jamás hice nada que avergonzara a mis padres. Ahora ellos ya no están, hace cuatro años que me dejaron sola, ni siquiera hermanos me dieron. Hoy tengo la oportunidad de darle mi virginidad a un hombre, es un desconocido, pero me atrae y siento que estoy excitada. Tal vez sea por la bebida con alcohol que tomé, no estoy acostumbrada. No es fácil, a mis cuarenta años; tengo miedo. Estoy en un bar con Erika, mi compañera de trabajo; ella estuvo casada varias veces y le es fácil intimar con alguien. En el bar conocimos a Carlos y Saúl, nos dicen que son solteros, no tengo por qué dudar. Mi compañera y Carlos se van y yo quedo sola con Saúl. Él parece un hombre con experiencia, me pide que lo acompañe a su auto. Toma mi mano suavemente y yo dejo que me lleve; cruzamos la calle, él coloca su brazo alrededor de mi cintura y camina mientras me besa los labios con dulzura. Abre la puerta del vehículo y subo. Me acomodo el vestido y ajusto el cinturón de seguridad. Saúl se sienta a mi lado y muy seguro de sí mismo me dice:
—¿Damos una vuelta por el lago? 
—¡Me encanta! —digo, y salimos. En cada semáforo él me mira a los ojos y roza mi pierna con picardía. Al llegar al lago estaciona. Acerca su cabeza a la mía, yo desespero por un beso, pero él mirando las aguas calmas del lago me señala el reflejo de la luna. Me maravillo ante semejante espectáculo… siento vergüenza de mi actitud, y pudor de solo pensar que él pudo haber adivinado mi intención. Ahora sí, gira y queda frente a mí, me desabrocha el cinturón de seguridad, pasa la mano varias veces sobre la seda resbaladiza de mi vestido… ¡Qué sensación divina!, pienso mientras disfruto; él desprende mi blusa y de forma atrevida me acaricia los senos, besa mis pezones, nos besamos, abro las manos para acariciar a Saúl. Mi tacto obedece a mis deseos… toco sus partes masculinas como en marea creciente. Me ayuda a sacar la ropa y allí estamos los dos, desnudos; presos de la pasión. Pienso en la cara de horror de mis padres y río a carcajadas mientras ellos huyen desesperados de mi mente. Ahora sí entrego mi cuerpo sin pudores, él se hunde en mí; dejo escapar un grito de dolor que se transforma en placer indescifrable y soy de él hasta el amanecer, que nos encuentra agotados de tanto goce. Nos acomodamos la ropa. Pasa su mano sobre mi cabello lacio, yo lo sigo besando. 
—Te llevo a tu casa —dice con ternura. 
—¿Cuándo te vuelvo a ver? —pregunto ansiosa. 
—El domingo, después de la misa; soy el padre Manuel —agrega, y no me asombro… había mucho de cielo en sus caricias y el brillo de su mirada semejaba mil soles. Enmudezco. Detiene su vehículo justo ante mi casa. Baja y abre la puerta. Me abraza y susurra:
—Nos vemos, arreglaré todo —y no sé qué más agrega, porque en mis oídos no dejan de sonar los Aleluyas de los coros angelicales. Entro a casa segura de haber sido bendecida para siempre. “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”, y sonrío de felicidad al pensar en Saúl, el deseado…

Acerca de los autores:
María Jesús Valenzuela

miércoles, 6 de enero de 2016

Marica mala - Marcelo Sosa & Héctor García


La cosa era así: todo el mundo sabía que entre Alejandro y Hefestión había algo raro, no tan raro. Incluso en el palacio, ya habían reprendido al príncipe porque no prestaba atención durante las clases debido a que los muslos de su amigo lo traían loquillo. Cuando se embarcaron en la aventura persa, los jóvenes llegaron a Troya donde le rindieron culto a Aquiles y Patroclo, sus héroes de infancia y causa de juegos exploratorios, correrías nocturnas por los bosques circundantes, desvelos y ensueños adolescentes. Todo iba viento en popa. Vivían su bisexualidad como los dioses del Olimpo lo mandaban.
La relación jamás se sintió amenazada por ningún mortal, hasta que apareció Bagoas. Dicen quienes lo conocieron que era el morocho más bello y predispuesto que existía por esos lares pero, también, coinciden, que era más malo que la peste, pues a él le endilgaron las mil y una brujerías para eliminar al fiel Hefestión. Es cierto que su fuerza y su destreza nada podían hacer frente a las del gran estratega griego, pero en cambio contaba con una astucia incomparable. No por nada había sido el favorito en el séquito de Darío III y más tarde ostentaba la misma posición en la comitiva de Alejandro.
En un principio se propuso cumplir con su objetivo recurriendo a sus conocimientos en herbología: un poco de cicuta en el té después de la cena, con algo de opio para atenuar los síntomas y eliminar rastros, y el mundo se vería libre de Hefestión. Pero el momento oportuno no llegaba, y mientras tanto Bagoas se encariñaba con Alejandro, quien a su vez mostraba un creciente afecto por su cortesano predilecto. Esto traía de los pelos a Hefestión, y el sirviente lo notaba y se deleitaba. Pronto las tropas macedonias estuvieron al tanto de la intromisión del persa entre el rey y su general. Las escenas de celos se hacían cada vez más frecuentes, y el resultado era siempre el mismo: Alejandro terminaba protegiendo a su sirviente —un poco por lástima y otro poco por afecto— y Hefestión perdía favoritismo y veía socavada su posición política y militar.
Pasado un tiempo, Hefestión perdió su vigor y su salud, terminó enfermando y falleció. Alejandro, loco de dolor, dejó de alimentarse y descuidó su ejército; en cambio, no escatimó en gastos a la hora de celebrar fastuosos funerales en honor de su amigo y amante. Sin embargo, la tristeza lo venció y murió un año después. Bagoas, lejos de disfrutar la satisfacción del trabajo terminado, lamentó de tal manera la pérdida de su querido protector que decidió quitarse la vida con cicuta, pero sin opio.

Acerca de los autores:

Este momento – Alejandro Bentivoglio & Patricio G. Bazán


Todos los recuerdos se amontonan en este momento y cuando miro mi reloj lo encuentro detenido en una hora que no reconozco. Miro atrás y todo está de un color blanco que no combina para nada con las paredes de la casa. Pero tampoco la casa sigue en su lugar. El lugar está vacío. Yo no sé si correr o quedarme viviendo entre el suelo y el techo de esta ingravidez. Nadie parece notar lo que pasa aquí, quizás porque no hay nadie más que yo. O lo que creo que soy yo, porque también puede que empiece a dudar de mí, dadas las circunstancias.
La blancura que me rodeaba ha sido reemplazada por la negrura de un universo desierto, tan similar a la soledad de mi alma que logra incomodarme. Una estrella brilla junto a mi cabeza: acabo de pensarla. Con un ademán de mi mano, trazo en el vacío constelaciones de caprichosas formas, todas tan parecidas a como las imaginé que me complazco observándolas durante un par de latidos de mi corazón (dos fragmentos de eternidad).
Finalmente, con un bostezo capaz de engendrar todo un cosmos, abandono mi aburrimiento amasando una esfera con polvo de estrellas, un bonito planeta que —en un rapto de inspiración divina— bautizo como “Tierra”.
Más tarde, cuando mi trabajo esté concluido, me tenderé a descansar, y tal vez sueñe con un hombre confundido que había olvidado que una vez fue dios.

Acerca de los autores:
Patricio G. Bazán
Alejandro Bentivoglio

Quehaceres - Claudia Isabel Lonfat & Ana María Caillet Bois


Entraba y salía de la casa, con muebles, cuadros, objetos diversos que apenas podía cargar. Yolanda sudaba copiosamente a pesar de los catorce grados, y de tanto pasarse la mano polvorienta por la frente, había quedado sucia y desgarrada, como la mayoría de los bártulos que se empeñaba en acomodar. De a ratos me clavaba la mirada como reclamando participación, pero ante mi indiferencia, continuaba con su tarea en silencio. 
Por la tarde la encontré desmoronada sobre el viejo sofá capitoné cubierto de manchas.
—No te das cuenta Yoli que todo lo que hacés es inútil —le dije con cierta pena, al ver su estado lamentable.
—No voy a renunciar Nora. Ya sabés que no voy a descansar hasta convertirla en habitable. 
Era una de las pocas casas que se salvó de la gran inundación, aunque el agua llegó a más de un metro de altura y todavía no podían terminar de sacar el barro de las paredes. 
Se sentaron un rato a descansar en el viejo sillón y lloraron por lo ocurrido, pero ellas estaban bien, decía Yoli, en cambio la gente del bajo había perdido todo y existía la posibilidad de que se repitiera la crecida de los ríos. Dormían en las escuelas, iglesias, y de lo que donaba la gente. Tendrían que reconstruir su historia, la que se llevó el agua. 
No todo estaba perdido, pensaron, mientras las sombras ocultaban la desarmonía reinante.
—Está quedando hermosa —dijo Yoli, y Nora le sonrió.

Acerca de las autoras:
Claudia Isabel Lonfat

sábado, 2 de enero de 2016

La historia de Toby Greenwitch - Josefina Correa & Sergio Gaut vel Hartman



Toby era un joven herrero que deseaba vivir aventuras como las que solía leer en los libros que le obsequiara su abuelo paterno. Pero como estaba harto de la aldea en la que había nacido, en su cabeza bullía la idea de alcanzar la costa y en el puerto de Santa Úrsula abordar un barco que lo llevara a países lejanos. Una noche sin luna, oscura como la boca de un lobo, esperó vestido en la cama a que su madre se durmiera y partió por el camino del sur.
Durante el día siguiente, Toby recorrió los muelles tratando de conseguir que el capitán de algún carguero lo contratara y empezar su vida de marinero. Pero nadie estaba interesado en agregar un joven sin experiencia a su tripulación. Al cabo de muchas horas de andar y andar, hambriento y cansado, sintió que había llegado el momento de admitir su fracaso. Regresar, volver a trabajar el hierro candente. ¿Qué le diría a su madre? Se había preparado para desaparecer y no regresar nunca a la aldea, pero ahora tendría que inventar algo, y superando la vergüenza, enfrentar la furia de toda su familia.
Caía la tarde y el sol empezaba a ocultarse tras las barracas. Toby cabeceaba somnoliento cuando una sombra se plantó ante él. Alzó la vista y descubrió que esa sombra la producía el voluminoso cuerpo de un hombre ataviado como un pirata del siglo XVIII. Vestía una camisa sucia que alguna vez fue blanca, calzones negros de sarga, un gabán harapiento y una poblada barba negra que se sacudía cada vez que respiraba. Pero lo que más le llamó la atención a Toby fue que el extraño personaje solo tenía una bota en la pierna izquierda; la pierna derecha era de madera.
—¿Estás buscando trabajo? —preguntó el hombrón.
—Sí, señor. ¿Usted me va a contratar?
—Te contrataré si demuestras ser capaz de convertir mi barco, el Mary Celeste, en el más bello que haya atracado en estos muelles.
Toby movió la cabeza aceptando la oferta, y el hombre de la barba negra lo guió hasta una destartalada goleta. Cuando embarcaron, el joven aventurero comprobó que la nave estaba más destruida de lo que había supuesto. Faltaban tablones de la cubierta, y los que no faltaban se veían quebrados y astillados. Las velas, sucias y desgarradas, parecían los harapos de una bruja. Y por lo visto, él era el único tripulante que el pirata de la barba negra había podido conseguir.
—¿Qué tengo que hacer? —dijo Toby dispuesto a no desanimarse por la tarea que lo esperaba. En su cabeza ya se construían las mil aventuras que viviría saqueando barcos cargados de riquezas, que el pirata, agradecido por su ayuda, compartiría con él.
—Todo lo necesario para que podamos zarpar mañana al amanecer —dijo el capitán con voz de trueno.
Toby supo desde el primer momento que esa era una tarea imposible, pero se esforzó para que el pirata no advirtiera su estado de ánimo, y puso manos a la obra. Trabajó hasta que la noche se cerró sobre el puerto, y no cesó en la tarea hasta que las fuerzas lo abandonaron, por lo que se quedó dormido contra el palo mayor, exhausto.

Cuando Toby despertó, aún era de madrugada. Miró a su alrededor sin lograr descubrir qué había sucedido durante la noche. Estaba inmerso en la más completa oscuridad, y solo tardó unos segundos en advertir que se encontraba en un calabozo, las manos y tobillos atenazados por gruesas cadenas. De pronto, escuchó pasos en la escalera de madera. Tac, pum, tac, pum, tac, pum. A Toby se le puso la piel de gallina al imaginar las pavorosas torturas a las que lo sometería el pirata por no haber cumplido la tarea encomendada. Cada paso en la escalera era como si él mismo estuviera descendiendo hacia el infierno. Tac, pum, tac, pum, tac, pum. Cuando el pirata llegó al calabozo el miedo de Toby se había disparado hacia las nubes.
—Esto te ocurrió porque no terminaste el trabajo —dijo el pirata. Parecía muy enojado.
—Era imposible hacer tanto en tan poco tiempo —protestó Toby.
—¡Excusas, simples y estúpidos pretextos! Mi tripulación debe saber cumplir las órdenes que le doy. Ya te dije que quiero que mi barco sea el mejor.
—Soy el único tripulante —volvió a protestar Toby—. Y de todos modos el castigo es exagerado.
—¿Soy exagerado? —bramó el capitán—. ¡Vaya con el jovencito impertinente! Primero suplica que le dé trabajo y luego se queja que es demasiado. Como castigo —agregó— de ahora en más solo comerás sobras y beberás un poco de agua sucia.
El capitán empujó con la pata de palo una taza de lata y un pan duro que fue de inmediato arrebatado por una rata salida de un oscuro rincón del calabozo.
Luego de una semana de penurias y luchas contra las alimañas, de las que casi siempre salía perdedor, cansado de las gruesas cadenas que lo sujetaban, del frío por las noches y del horrendo olor del calabozo, Toby volvió a escuchar pasos. Tac, tac, tac, tac. Muerto de miedo, creyendo que el capitán llegaba con nuevos y más crueles castigos, se encogió sobre sí mismo al ver una gran sombra y escuchar unos ruidos aterradores, presagios de que el pirata finalmente lo arrojaría por la borda al mar. Y lo peor de todo era que Toby no sabía nadar.
La sorpresa fue mayúscula cuando en lugar del pirata, el joven vio aparecer a su madre.
—¡Muchacho estúpido! ¿Creíste que te ibas a librar de mí tan fácilmente?
—¡Perdón! Estaba harto de la vida del pueblo, de la herrería; quería hacer algo más que machacar hierros y soldar balcones.
—Vamos a casa —dijo la mujer empujando a Toby para que subiera la escalera tras abrir el calabozo y liberarlo de sus cadenas.
—Sí, mamá.
Al pasar junto al pirata, la madre de Toby le puso algo de dinero en la mano, disimuladamente.
—Gracias, don José —susurró.

Acerca de los autores:
Josefina Correa
Sergio Gaut vel Hartman

La boda - Marcelo Sosa & Héctor García


Tío Agustín se casó de grande. Sus amigos y los maledicentes del barrio no economizaron en bromas lácteas para referirse a la edad que tenía cuando pisó por primera vez un altar del brazo de Carmen, su fugaz y única novia. Como ella era del campo, la fiesta fue de tipo campestre. Chivitos, lechones, empanadas, pollos y pavos se sirvieron en generosas porciones que fueron regadas con ríos de vino tinto. Todos tomaron y comieron hasta el hartazgo. Era obvio que las cosas salieran de su curso y se fueran al carajo. El novio, totalmente ebrio, perdió el anillo mientras intentaba bailar el vals y cuando vio que algunos invitados enfilaban hacia el colectivo alquilado se parapetó —escopeta en mano— en las escalerillas y amenazó con que los iba a cagar a tiros si no aparecía su alianza y también si no le pagaban la fiesta.
Ante semejante panorama, las señoras mayores pusieron el grito en el cielo («¡A mí nadie me trata de esa manera!», «¡Tener que soportar estas cosas, y a mi edad!» , «En mis tiempos esto no pasaba...»); papá y otros parientes se empeñaban en calmar al tío, primero con palabras gentiles, luego con forcejeos inútiles; el resto de los invitados discutía si llamar a la policía, a los bomberos o a la ambulancia; la madre de Carmen, una nonagenaria de aspecto saludable, empinaba una botella de vino en un rincón del quincho, al tiempo que filosofaba con la pared:
—Esto citadino son unos flojito, son, si no aguantan ni dos copita...
Dichas palabras me hicieron acordar la fama de jodona de Carmen. Fue entonces que noté su ausencia. La busqué entre los presentes, en la cocina, en los baños, pero solo di con ella al alejarme de la muchedumbre e internarme en las plantaciones. Su silueta blanca, que contrastaba con la oscuridad de la noche, danzaba al son de las puteadas y de los tiros. Agucé el oído y noté que reía a carcajadas, mientras la vista me decía que, entre sus manos, cual prestidigitadora, jugueteaba con una sortija de más.

Acerca de los autores:
Héctor García
Marcelo Sosa

No hay un mañana – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldivar


Cuando me ciego, destruyo todo a mi paso, dejando ruina tras ruina. Sin saber qué estoy arrasando realmente. Quizá despedace mi casa y mis parientes tengan que huir de los hachazos, de los golpes de maza con los que no dejaré mueble en pie. Puedo desaparecer un bosque de raíz, o un puesto callejero. No sé por qué lo hago. Algo se despierta en mí y no puede dormirse hasta que no hayan columnas humeantes a mi alrededor. Esta súbita violencia me complace: desmoronar edificios, espacios, cosas cercanas y lejanas; aún no he desbaratado individuos, pero lo haré enseguida. Pronto sospecho qué es todo aquello que destruyo: mis recuerdos, lo vivido hasta ahora. Dentro de poco no quedará nada por devastar, arrasaré con los míos, conmigo mismo, y sólo quedará el vacío. Incluso anularé ese vacío, así desaparecerá mi pasado, y con éste todos los horrores que lo conforman.

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