sábado, 27 de febrero de 2016

Derivaciones de un viaje infrecuente – Sergio Gaut vel Hartman & Luciano Doti


Hice acopio de materiales para desarticular la geometría del tiempo y el espacio de aquel lugar misterioso con la intención de proyectar figuras extravagantes y volúmenes anómalos sobre las rocas diamantinas de la caverna. Pero no tardé en descubrir que Kordan y su tropa ya habían trabajado sobre las ilusiones nacidas en el mar de fantasías, convirtiendo los muros en superficies porosas que absorbían mis emisiones. No desistí ni me deprimí por eso. Tampoco era la primera vez que el extraterrestre se interponía entre mis deseos y mis logros; se necesitaban ingredientes excepcionales, de esos que solo se encuentran en la mente de una criatura perturbada como Ángela.
Bajo esas circunstancias no iba a ser posible realizar la tarea que me proponía. ¡Maldito Kordan! Por qué había tenido que viajar al mismo lugar. Me obligaba a defenderme, a utilizar mis habilidades pensando siempre en su juego. Como en una partida de ajedrez, yo no podía dar un solo paso sin especular cuál sería su respuesta.
Desde mi llegada, había creído que la caverna, el mar y las fantasías eran solo mías. Hasta que apareció Kordan, y como ya dije, me obligó a pensar más. Y así descubrí algo revelador que marcó un antes y un después: al igual que la caverna y el mar, tanto Kordan, su tropa y yo mismo no éramos más que las fantasías de Ángela. Nuestras aventuras se gestaban en la mente de una escritora perturbada.

Acerca de los autores:

La puerta al Infierno – Alejandro Bentivoglio & Raquel Sequeiro


—Encontré la puerta al Infierno —dijo Bruns.
—¿Dónde estaba?
—En el jardín de infantes.
—¿Estaba cerrada?
—No me fijé, había mucho pegote. Ya sabes, tenía dulce en el picaporte, mucho polvo de galletitas, plastilina. La habían marcado con crayones.
—¿Símbolos satánicos?
—Algo sobre ese dinosaurio violeta, el de la televisión. Y algo sobre Bob Esponja, estaba en latín, no pude entender mucho. Hay desapariciones —divagó Bruns—. Y roturas de nariz, magulladuras y algún golpe; lo saben bien los de la policía científica. Pude leer incrustada la frase Infierno de Nada, bastante borrosa y embadurnada de azúcar rosa.
—Vamos, creo que no va a gustarle —dijo Mathews, rememorando la última vez que entró en el Infierno con la escolopendra gigante, en aquel lugar donde había cientos de caballitos de madera, dispuestos a arder. El niño de ojos blancos protestó: volverían a pinchar a su precioso caballito.

Acerca de los autores:
Raquel Sequeiro

Doña Azucena - Ana María Caillet Bois & Rolando José di Lorenzo


Doña Azucena es como un árbol viejo, la savia se le ha detenido. Sin embargo, todavía se levanta cada día y prepara la sopa que la hizo famosa en el pueblo. Corta las verduras en cuadraditos del mismo tamaño, como si los marcara con una regla y al cabo de un rato comienza a sentirse el aroma inconfundible, como si fuera una parva de colores que obliga que los vecinos se asomen curiosos para ver a doña Azucena. Las rugosas manos de la mujer han trabajado tanto que al moverlas resuena en el silencio un crac crac metálico. Ella todavía siente la suavidad del amor entre sus dedos y cierra con fuerza las manos para que no escape, aunque sabe que lo hace para retener los recuerdos; si no lo siguiera creando sabores y colores dejaría de ser ella. Doña Azucena, viejo árbol con savia estática, necesita de las dos cosas: retener la memoria del viejo amor gozando en la intimidad, pero más aún, sufrir la exigencia de servir. Y así pasará los días siguientes, entre las dos posiciones, que en definitiva son lo mismo: aquel amor por él, y el servicio del amor, hacia los otros.

Acerca de los autores:

martes, 23 de febrero de 2016

Devoción – Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Elías permaneció callado y se limitó a encogerse de hombros. Le parecía divertida la veneración casi religiosa que Ifigenia profesaba por el maujer albino; y más que divertida, si lo pensaba bien, le resultaba patética. De hecho, reflexionó, esa clase de fanatismo expresaba un agudo contraste con la actitud demostrada por la joven cuando estaba trabajando en el laboratorio. Era evidente que una de las dos conductas no tenía ni pies ni cabeza, pero no sabía cuál de las dos y por qué nunca había reparado antes en ello.
Pocos días más tarde, Elías encontró un documento clarificador. Describía un experimento en el que se habían cruzado cromosomas humanos y de especies no terrestres. Puestos a una velocidad inimaginable en el acelerador de partículas, se los había hecho colisionar contra un bosón.
Ahora podía entender la devoción de Ifigenia por el maujer: sus células albergaban la esencia de Dios.

Acerca de los autores:
Javier López
Sergio Gaut vel Hartman

Páginas prohibidas – Ada Inés Lerner & José Manuel Ortiz Soto


Aún pasada la Edad Media los libros eran difundidos a través de las copias manuscritas de monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo y a la réplica de ejemplares por encargo del propio clero o de reyes y nobles. Pero no todos los copistas sabían leer y escribir. Imitaban los signos, ardid perfecto de los pillos para que les copiaran los libros prohibidos.
La imprenta no solo redujo el tiempo de hechura de los libros: incrementó su número y quitó a la Iglesia el monopolio, aun de los libros sagrados. Como parte de su lucha personal en contra de la ignorancia, el sacerdote William Tyndele tradujo el Nuevo Testamento al inglés, “para que pudiera ser leído por la gente común”. Fue condenado a la horca por hereje, y su cadáver quemado con el fuego emanado de sus propios libros. Dicen que sus últimas palabras fueron: estamos hechos de palabras.

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La facultad de la cosería - Rolando José di Lorenzo & Ana María Caillet Bois


—La oscuridad crea monstruos y horrores —decía ofuscado el doctor Fermín Chemento, en medio de una disertación en el aula magna de la facultad de La Cosería (facultad que descubre, analiza y explica las cosas)—, a la noche se le atribuyen las brujas, los demonios y las muertes. Por otra parte los románticos hablan de la oscuridad del amor, el romance, los besos y las promesas, tendremos que ponernos de acuerdo. —Un aplauso cerrado, con muchos de los asistentes de pie, acompañaron las palabras del facultativo; solo dos o tres enemigos acérrimos de Chemento permanecían sentados y con los brazos cruzados—. ¿Alguna pregunta? —agregó Chemento, mirando fijamente y con cara de pocos amigos a los insurrectos. ¿Cómo se atrevían a enfrentarlo de ese modo? Odiaba los debates porque él siempre ofrecía las dos opciones y que cada uno se las arreglara. De lo contrario las conferencias se convertían en puros chimentos, y él se llamaba Chemento.
Los enemigos, como era lógico, comenzaron haciendo preguntas muy interesantes que obligaron a sentarse de nuevo a los que estaban parados. El doctor Chemento, muy a pesar suyo, enfrentó al auditorio y se dispuso a escuchar.
—Doctor Chemento —comenzó uno de los enemigos—; no me quedó clara cual es la opción a la que usted adhiere, o dicho con mayor precisión, ¿para usted la noche trae los monstruos o el que los convoca es el romanticismo?
—Mire —respondió Chemento—, le voy a contestar en forma práctica. Cuando me encuentro con personas como usted, que preguntan idioteces, usaría la noche para hacerlo pedazos en ese mismo momento, pero como están las luces encendidas y el auditorio esta lleno de gente, yo iría preso por un ser tan insignificante, en cambio si usted se hubiese levantado callado la boca yo estaría gozando de una cena romántica a la orilla del mar.
Sin decir otra palabra, Chemento tomó sus libros y enfiló hacia la salida. Fue entonces que escuchó al ser insignificante que le decía:
—Corra, doctor, porque quien esta esperándolo para una noche romántica a la orilla del mar es mi señora esposa.

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viernes, 19 de febrero de 2016

Ayer mismo - Héctor García & Sergio Gaut vel Hartman



Ayer mismo me dijo la chirusa esa que, de camino al almacén, pasaba por la herboristería y me traía unas raíces de jengibre para calmar la tos y aliviar la garganta. Pero hasta ahora no tengo noticias de ella, y acá me ve, estoy como un guanaco, y no puedo ni tragar la saliva del dolor que tengo.
Ayer mismo me dijo que en la herboristería conseguiría también jarabe de culantrillo para frenar la alopecia y disolver los cálculos. Pero la señorita no ha aparecido, así que mientras tanto los pelos se me caen como si fueran hojas en otoño, en el «toilette» sufro como un condenado y dejo hasta los riñones.
Ayer mismo me dijo que de ser posible volvería con algo de valeriana para tratarme el insomnio y detener los calambres. Sin embargo, la muy desagradecida brilla por su ausencia, y yo hace días que vengo sin pegar un ojo en toda la noche, y de yapa los músculos de las piernas me pegan unos tirones que en cualquier momento se me desprenden de los huesos.
Ayer mismo —sí, ayer mismo—, me dijo que compraba unas hojitas de agastache para cortar la diarrea y cicatrizar las aftas. Y adivine qué: la desalmada no da señales de vida, y yo me la paso evacuando el día entero, y encima no puedo decir ni «ah» para quejarme porque tengo la boca cubierta de unas llagas que me hacen ver las estrellas.
Pero hoy, hoy es otra cosa. No me voy a quedar esperando que regrese con el jengibre, el jarabe de culantrillo, la valeriana y las hojitas de agastache. Hoy voy a salir. Yo misma iré a buscar esos productos a la herboristería, y no me importa que mis esputos sean tan corrosivos que logren disolver las piedras, que mis cabellos caídos contaminen las aguas y envenenen a aquellos que la beben, que mi incapacidad para dormir termine matando de ataques cardíacos a quienes me vean merodeando por las calles como un engendro de la oscuridad y mucho menos me importa que mis heces, en las patas de los insectos y en los morros de las ratas y otras alimañas terminen difundiendo la peste más mortífera que la Tierra haya conocido desde 1348. Hoy voy a salir. Ya no soporto ver en la tele la inacabable repetición de las mismas series ni escuchar las sandeces de los periodistas, lacayos de los magnates de los medios. Si tengo que destruir toda la vida sobre el planeta, la destruiré. Estoy demasiado cansada, enojada, aburrida… Salgo.

Acerca de los autores:

Puzzle - Javier López & Héctor Ranea


La última pieza del puzzle no encajaba, porque no era la última. Pensó que, con esa incertidumbre a cuestas, era mejor dejar el rompecabezas abandonado. Pero cuando lo hacía, al día siguiente la pieza se había movido al lugar del que había desaparecido en el anterior intento por encajarla. Descartado el siroco como medio de locomoción, sólo quedaba pensar que la pieza desaparecía sin más, como la Luna cuando no la miramos, pasando a formar parte de otro rompecabezas en vaya uno a saber qué otro Universo. Después retornaba. Eternamente retornaba.

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea
Javier López

Potencia - Carla Dulfano & Jesús Ademir Morales Rojas


Con sus nuevas prótesis el otrora insignificante sujeto caminó ansioso hasta su hogar. Daniel ahorró mucho para las costosas operaciones. No era barato el procedimiento de amputación de extremidades, y mucho menos la instalación de prótesis robóticas. Pero finalmente estaba listo para satisfacer a su ingrata esposa Marta, demostrarle que ya no sería ese debilucho que no podía corresponder a su ardor pasional. Entró en la casa silenciosa y caminó hacia la alcoba: en la penumbra había dos siluetas entrelazadas... Daniel encendió la luz, vio a su esposa con otra mujer, se puso furioso y buscó un cuchillo… Al día siguiente Daniel se insertó extremidades. Ahora era un hombre doblemente atractivo, porque además de las prótesis tenía dos brazos finos y delicados. Se transformó en un seductor y vivió feliz, rodeado de muchas mujeres. En cuanto a Marta y Telma siguen juntas, pero Telma ya no tiene brazos…

Acerca de los autores:
Carla Dulfano
Jesús Ademir Morales Rojas

lunes, 15 de febrero de 2016

Cosas de gauchos – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Qué puede decirnos sobre lo que ocurrió —preguntó el periodista, acercando el micrófono a la cara de Marcial Arturiz.
—No tengo muchos gustos, amigo, soy hombre de una sola lengua. Polígono era mi tatarabuelo Esaú, que manejaba los bueyes en la compañía de Juancho Flores, El Lenguaraz, un cirquero de mala fama que solía pasear la compañía por el valle del Salado, donde visitaba a Eufrasia Gómez, viuda de Langostín Tiburci, que tenía dos cuñadas ambas enamoradas de él, tanto como la Eufrasia. Comisario supo ser, en cambio, un chiquizuelo (abuelo chisquicientas veces) que lo corrigió al Esaú, o sea, le sacó lo que le sobraba y lo puso en el anzuelo de mojarritas. Ahí sí se le complicó la cosa con la viuda, porque sin sobrantes había perdido parte de su encanto. Así nació una larga amistad y el comisario siguió pescando mojarritas.
—Pero de los marcianos que aterrizaron en su huerta, ¿no nos va a decir nada?
—¡Ah! ¡Los marcianos! ¡Mozos simpáticos los marcianos! Pero no resisten el mate amargo, ¿sabe? Tal vez, si se lo hubiera endulzado, no sé, flojitos vinieron a ser los marcianos, ¿no? En cambio mi tío Jonás, el domador de lombrices de Madariaga, ese sí que era fuerte. Mire que le ponía acíbar al mate amargo… No, amigo, los marcianos esos no sirven ni para arriar escarabajos peloteros… Pelotero se armó en lo del Justino Osdrúbal Rampallo… Pero ¿dónde se metió el señor del diario?

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea

Globos - Alberto Benza & Carlos Enrique Saldívar


Un niño salió rumbo al campo buscando el contacto con la naturaleza y creía que, exhalando, todo lo malo de su cuerpo se purificaría. Tomó un globo, lo infló con toda su fuerza. La esfera se tornó de color negro y siguió creciendo. Al final, el niño soltó el globo y este se elevó. A los minutos estalló y la ciudad quedó sumida en una gran oscuridad. El caos se hizo presente, las personas comenzaron a morir. Una niña, llamada Esperanza, tuvo una idea: se ubicó en mitad de las tinieblas y, con bastante energía, infló un nuevo globo. La esfera se puso blanca, brillaba, creció hasta límites insospechados. La pequeña le soltó y cuando llegó muy alto, explotó. La luz cubrió toda la ciudad, era tan intensa que nadie podía ver a través de ella. Muchos quedaron ciegos y comenzaron a fallecer.
Nadie infló nunca un tercer globo.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar

Ilusiones – Javier López & Judith Shapiro


Don Jaime caminaba por la calle con la panza como un globo. En uno de sus últimos actos de heroísmo había tragado una bomba, y la explosión dentro del estómago lo había dejado en esas condiciones. Caminaba lento, por la hinchazón, y miraba alrededor, pensando que había algo sospechoso: las líneas blancas en el pavimento, los carteles de los negocios colgando, la gente que abandonaba la calle. La escena completa le sonaba familiar.
Y es que, desde que murió hecho pedazos, había contemplado mil veces la misma escena. Quiso evitar una tragedia, pero sus vísceras y fragmentos óseos, golpeando y clavándose sobre la multitud, habían matado a más personas de lo que hubiera hecho la propia bomba. Por eso huían a su paso, y él lo revivía en sus pesadillas desde el más allá.
Lo peor, pensó, es que ya nadie lo iba a recordar como a un héroe.

Acerca de los autores:

jueves, 11 de febrero de 2016

Día de noventa y nueve horas – Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Eltod y Koter avanzaron entre puntales dorados que alguien había puesto sobre una serie de toscos peldaños de roca para sostener una especie de techo vegetal curiosamente irregular, lo más alejado de lo geométrico que pueda imaginarse. No era la primera excentricidad que descubrían en ese mundo signado por las desproporciones y las asimetrías. Si existía en el universo un lugar tan proclive a las rarezas ese era Judestel, el cuarto planeta de KPT-4326. Cuando terminaron la escalada, se situaron sobre los hierbajos y contemplaron delante de sí la extraña y hermosa vegetación. Cerca había cosas sacudiéndose, similares a flores. Observaron hacia arriba: la noche de cuarenta y nueve horas y media recién iniciaba. Ambos decidieron recostarse y observar en el cielo a las exuberantes entidades luminosas que realizaban danzas de ensueño. Eltod se dijo que no podrían quedarse en ese fabuloso jardín por siempre, que en algún momento «ellos» aparecerían. Koter sabía que no serían rescatados, la comunicación se había cortado en el momento menos indicado y nadie sabía que se encontraban varados en aquel mundo. Pero no estaban nerviosos, ni siquiera preocupados, mucho menos sentían dolor por las abundantes laceraciones que marcaban sus cuerpos; algunas raíces salieron a la superficie y los acariciaron, las criaturas de la nocturnidad eran afables, cálidas, envolventes, quizá porque pertenecían a un reino distinto del animal. Los hombres disfrutarían hasta el último instante de aquel finito placer pues en cuanto amaneciera, la fauna del planeta, conformada por seres indescriptibles, despertaría e intentaría cazarlos como lo había hecho durante el día anterior, que tuvo noventa y nueve horas. Siguieron disfrutando del espectáculo, muy pronto se dormirían. ¿Quizá para siempre? Tal vez lo que experimentaban era una muerte lenta y dulcificante. Se rieron ante tamaña ocurrencia. No se daban cuenta de que estaban siendo devorados.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Sergio Gaut vel Hartman

Persecución mortal- Marcelo Sosa & Ana María Caillet Bois


Figueroa no tardó en volver a sus aventuras cotidianas. Un día salió a cazar y llevó consigo a una perra para que le ayudara, de esas que por su tamaño pequeño le dicen “garroneras”. Andando en el monte vio un quirquincho ancho, enorme y gordo como una bocha de mortadela que entraba en una cueva y la perra, como la aguerrida cazadora que era, se metió también. Al cabo de unas horas Figueroa seguía esperando a la perra pero esta no salía de la cueva por lo que pensó que había muerto asfixiada y regresó a su casa. 
Al cabo de unos meses, se encontraba Figueroa en el patio tomando mate con su mujer cuando de repente observó que la tierra se abría frente a sus narices y aparecían jamones, salames, mortadelas y toda clase de chacinados.
Figueroa se agrandó y dijo:
—Mira, mujer: hija e' tigre; yo la entrené y ahora me trae la fábrica a mis pies; brava me salió la garronera. No se iba a dejar vencer por un quirquincho gordo.
La mujer se acordó que esa mañana había salido en el diario una noticia sobre el peligro de extinción del quirquincho y sin decirle nada a Figueroa, a la noche, mientras este dormía le regaló la perra garronera a un viajante, y con pico y pala cerró como pudo la cueva del patio.

Acerca de los autores:
Marcelo Sosa

Bajo el mar - Fernando Andrés Puga & Ada Inés Lerner


Martina flotaba sin el menor esfuerzo. Se balanceaba con los ojos bien abiertos al compás de las olas entregándose a la contemplación de las nubes que adquirían formas precisas, para volverse ambiguas al instante siguiente. No quería volver y a medida que se alejaba de la costa los gritos de mamá se volvían más tenues, a pesar de que ella gritaba cada vez más fuerte. 
De pronto algo le rodeó la cintura. Pegajoso, firme, sigiloso. Fue enroscándose alrededor del cuerpo de Martina y la sumergió con suavidad de modo tal que ella apenas lo notó. 
Entonces fue que, para su sorpresa, el agua que le inundó los pulmones no alteró el ritmo de su respiración. Muy por el contrario: trajo una sensación de alivio que Martina jamás había experimentado.Ya no podía ver las nubes. A su alrededor giraban peces pequeños, de colores vivos algunos y otros difusos, los había de aletas con escamas o casi transparentes. Marina estaba fascinada con los colores de las medusas y de diversas plantas. Aquellas parecían haber surgido de las rocas y otras se desprendían y se deslizaban graciosas. Marina notó que en el fondo el agua se había oscurecido, era más y más azul, sin embargo, ella podía distinguir las rocas, las algas adheridas, y los diferentes peces pequeñísimos y los había grandes que la miraban pasar como si ella formara parte de su mundo. En el silencio, se sintió tan feliz que abrió la boca y un canto armonioso brotó de su interior. Marina ya pertenecía a ese infinito; se dio cuenta que hacía un rato que sus brazos nadaban libremente y las piernas les seguían el ritmo. Todo su cuerpo se deslizaba en el agua. Y aunque ella no lo supiera, una nueva sirena había nacido en el mar eterno.

Acerca de los autores: 



domingo, 7 de febrero de 2016

Cirugía mayor – Sergio Gaut vel Hartman & Enrique Tamarit Cerdá


Lemden se acercó a la ventana y contempló el lago helado. La superficie blanca se extendía a través de un espacio tan vasto que habría podido interpretarse como infinito. Miró hacia atrás y vio a Kunsen bebiendo de nuevo. Por fortuna, la tensión se había desvanecido luego de un par de botellas de vodka, y ahora solo le quedaba marcharse lo antes posible. Pero las palabras de su adversario reabrieron las heridas apenas cauterizadas.
—No la vas a olvidar como se olvida el rostro de un paciente cuyos intestinos y riñones han pasado por tus manos.
—Utilizo instrumentos, idiota —replicó el oncólogo mordiendo cada sílaba—; no opero con las manos.
Kunsen lanzó una carcajada que sonó demasiado falsa e instintivamente se ladeó un poco, como si se preparase para afrontar una reacción violenta que no llegó. No es que Lemden no sintiera el deseo de golpearlo, pero se contuvo. Volvió a mirar por la ventana. En la lejanía un pequeño rebaño de alces pareció sobresaltarse, pero no centró en ellos su atención. Se empezaba a formar una niebla que el crepúsculo teñía de anaranjado y pensó que si se demoraba no podría partir hasta la mañana siguiente. Pasar la noche en la casa con Kunsen era lo último que deseaba; aún así no se movió.
—¿Sabes una cosa, Kunsen? —dijo Lemden sin volverse. Estaba tan cerca del cristal que al hablar lo empañó con su aliento—. Lo peor de los tumores es que uno mismo los alimenta mientras los tiene alojados.
—¡Exacto! —respondió el otro—, no hay curación en sentido estricto. —Se le enredaba la lengua—. Todo tratamiento va encaminado a contener al intruso, a reducirlo si es posible y, en el momento propicio —eructó—, ¡extirpar! No hay más solución que extirpar.
Mientras hablaba se había acercado con curiosidad hasta la ventana, junto a Lemden, pero ya no se veía nada, salvo una borrosa mancha violácea. Pegó las narices al cristal. Lemden lo observó, las cabezas casi juntas, parecía estar viendo a un niño contrariado por haberse perdido algo interesante. Oyeron aullar a los lobos.
—¿Alguna vez se te ocurrió imaginar que tú mismo te has convertido en un tumor? —Lemden notó que Kunsen se encogía sobre sí mismo, se plegaba como una manta que será guardada en un ropero al final del invierno; sí, por lo visto lo había pensado, así que machacó en caliente—. Algo así como una masa de células monstruosas que crecen y se multiplican de un modo anormal. Has infectado la realidad en la que estamos inmersos, Kunsen, y acostarte con mi mujer no ha sido sino una manifestación más de tu capacidad para proliferar como una célula cancerosa. No eres una persona sino una metástasis.
Como si la palabra hubiera operado mágicamente en el ánimo de Kunsen, el biólogo se recompuso, adelantó el cuerpo, agresivo, y limpió la mente de cualquier residuo negativo que hubiera contenido.
—Esa es la idea, Lemden: proliferar, me encanta la palabra; aspiro a meterme en los intersticios de tu vida y ocupar cada hueco vacío. Y como imaginarás Ada no es otra cosa que un órgano más que debe ser conquistado.
—Eres estúpido, Kunsen —respondió el otro palmeándole suavemente en el hombro—, de qué poco te sirve una licenciatura que obtuviste copiando en los exámenes.
Se dirigió con calma hacia la entrada y habló de nuevo desde allí:
–Deberías saber que el éxito de la enfermedad la aboca a su propio final. Por otra parte, no es en absoluto compasivo alargar una penosa agonía cuando el cáncer no tiene remedio —dijo en tono resignado mientras abría la puerta—. O dicho de otra manera, ¿nunca oíste el adagio: "muerto el perro se acabó la rabia"?
El rostro laxo de Kunsen delataba su incomprensión. Hasta que vio entrar la manada de lobos.

Acerca de los autores:
Enrique Tamarit Cerdá

X-Trees - Marcelo Sosa & Héctor García


Soy un Chamico y si bien durante un tiempo fui un arbusto, gracias a la ciencia, hoy soy un árbol. Luego de la gran sequía que azotó la región casi todos los de mi especie murieron calcinados bajo el sol ardiente de aquel verano del '25. Entonces el gobierno —aunque tarde— lanzó la asignación universal por árbol. A mí me tocó en suerte el doctor Piraino, el científico loco del pueblo. Fue él quien me manipuló genéticamente y así logré superar la barrera que divide a arbustos de árboles. Mido treinta metros de altura y mis hojas enormes dan sombra a buena parte del patio de la casa. Cuando mis frutos espinosos se abren para liberar sus semillas, vienen los gorriones y las palomas audaces y anidan dentro de ellos como si fueran fortalezas acorazadas. Me gusta, me siento acompañado. Las personas, salvo el doctor, no han aprendido la lección. Como era de esperarse, por una cuestión monetaria, muchos tienen un árbol a cargo, pero son pocos los que nos cuidan realmente. El doctor conmigo es muy bueno, además de los cuidados lógicos, me da semanalmente un coctel de vitaminas que potencia mi crecimiento a niveles impensados. Tengo la suerte de vivir en un gran patio en compañía de enredaderas, plantas de jardín y otros árboles como un terebinto somnoliento al que llamamos Lirón, un lapacho gruñón que detesta vestirse en flor y tres naranjos que se creen pertenecer a una inexistente clase alta botánica solo por dar azahares y naranjas. Hasta no hace mucho los hijos del vecino —unos borregos incordiosos— solían cruzar la medianera trepándose a mis ramas para robarlas con total impunidad. Y yo, la verdad, un poco me enojaba. Es que no son precisamente pajaritos, sino más bien pajarones, bastante grandotes y crecidos, y cada vez que se me subían arrancaban hojitas y brotes, y yo sufría unos dolores que duraban semanas enteras; además, eso demostraba lo poco que le importamos las plantas a esa gente, si se los podía llamar de esa manera.
Un buen día, cansado, dejé caer dos o tres de mis frutos más pesados sobre sus cabezas. Enseguida pegaron la vuelta, encima llorando, los muy flojos. Qué regocijo sentí, qué placentera resultó la venganza. El problema fue que luego el doctor tuvo que recibir a los nenes cubiertos de pústulas iridiscentes, y al iracundo padre que venía detrás, hacha en mano, con intenciones poco amables para conmigo. Entonces sucedió lo impensado: una suave brisa sacudió las flores del terebinto, y de sopetón el ambiente se llenó de un polvillo extraño, de olor dulzón, que los adormeció a todos. Cuando despertaron —los chiquillos con la cara libre de granos—, todos parecían desorientados, y cada uno se volvió a su casa sin recordar nada de nada.
Un tiempo después, Lirón me confesó que él también mutó gracias a los cuidados de Piraino, y que sus emanaciones tienen la propiedad de provocar sopor y amnesia, pueden curar todo tipo de dermatitis y, en algunos casos, hasta pueden inducir pensamientos y emociones. Los naranjos, por su lado, producen frutos adictivos que desatan unos sarpullidos que hacen que uno prefiera una muerte violenta. Sin embargo, el proceso es lento, así que si queremos acelerarlo y agregarle el efecto de la iridiscencia, ahí entran en juego los frutos míos. Y así todas las plantas del patio tenemos alguna particularidad que nos hace especial. No es de extrañar, pues, que hoy formemos una especie de gobierno que guía los destinos de un pueblo rebosante de flora lozana.


Acerca de los autores:

La flor olvidada - Claudia Isabel Lonfat & Ana María Caillet Bois


Después de una limpieza puntillosa de la biblioteca, Julia acostumbraba hojear algunos libros tomados al azar y revisar las notas que solía guardar sobre esas lecturas. A veces, solo transcribía frases que le habían conmovido, o palabras, y otras, simplemente nombraba personajes. Esta vez tomo uno, al cual eligió por su lomo viejo, desgarrado, y
cuyo título se hallaba ilegible, tapado por una gran mancha de humedad o de café.
Al abrirlo comprobó que se trataba de una antigua edición de “Albertina ha desaparecido” de Marcel Proust, impreso en 1946.
No recordaba ese libro, por lo cual dedujo que lo había heredado de algún familiar, quizás no en buenos términos. Podría tratarse de un préstamo sin devolución, algo que ocurre normalmente, o vaya a saber cómo había ido a parar a su biblioteca. Difícil saberlo ahora.
Lo abrió al medio, dejando que las hojas se acomodaran solas en su propio equilibrio, y encontró un gran flor seca, que abarcaba casi todo el espacio. A Julia jamás se le hubiese ocurrió guardar flores dentro de un libro, simplemente le parecía horrible, anticuado, de hecho no le gustaban las flores como objetos decorativos o demostraciones de afecto; las prefería en sus respectivas plantas, sin mutilaciones.
Apenas la tocó, la flor se desprendió de su prisión. La hizo girar entre sus dedos y observó la forma en que se había aplanado y, de alguna manera, mimetizado con la hoja del libro, adquiriendo el mismo color ocre, la misma textura del papel, incluso el mismo olor indescriptible que hay en todas las bibliotecas. De pronto la asaltó el miedo de que se disolviera entre sus manos, mientras la movía lentamente, con timidez, pero nada de eso ocurrió, sino algo imprevisto; a medida que la flor seca tomaba contacto con su piel, perdió primero el color ocre, luego la textura del papel se transformó en pétalos suaves que iban adquiriendo forma hasta convertirse en la flor más bella que Julia hubiera visto jamás, de un rosado tenue que se deslizaba resplandeciendo por la corola. Entonces apretó entre sus manos ese maravilloso prodigio, vaina de luz aplacada, y una sonriente semilla comenzó a brillar en todo su esplendor.

Acerca de las autoras:
Claudia Isabel Lonfat

miércoles, 3 de febrero de 2016

Hostiles – Sergio Gaut vel Hartman & Patricio G. Bazán


Intenté levantar el cadáver de Jonás, pero resbaló de mis manos debido a que la sangre impregnaba su camisa de raso. En ese momento me asaltó un presentimiento funesto, como si una valla de alambre de púas se hubiera elevado a mi alrededor, dejándome prisionero de un campo de exterminio. Yo era el siguiente. Contemplé la nube de mosquitos que sobrevolaba mi cabeza y recordé el rostro de Alina suplicándole a Draco que no le hiciera daño, lo que por supuesto fue un pedido infructuoso; el esbirro de los extraterrestres destrozó el rostro de la mujer con la mayor frialdad.
—Draco, voy a matarte —me oí gruñir.
Atravesé los interminables malezales durante toda la noche, impulsado por el motor de la venganza. Ya no sentía las picaduras de los insectos, ni la fatiga, ni el dolor por el fin de mis compañeros: pronto nos volveríamos a reunir. Cerca del alba, arribé a la finca de mi enemigo, una especie de chalet californiano constelado de ventanas, de indudable manufactura alienígena. "Parece que los amos aprecian a su perro", pensé.
Amparado por las sombras, vigilé los movimientos en la casa, pero me decepcionó la vulgaridad de lo que vi. Tres seres en movimiento que reían, charlaban entre sí, abrían la heladera y sorbían tragos, como cualquier terrestre ordinario.
Mi presencia en la sala interrumpió la conversación de Draco, que me miró alarmado. Encendí las luces para contemplarlos mejor: todos vestían de blanco, tan humanos que la mano que sostenía el cuchillo se me agarrotó del miedo. Draco se acercó despacio, eligiendo cuidadosamente las palabras.
—¡Jonás, qué bueno que haya regresado! Nos había preocupado su repentina... salida.
Los otros dos, de rostros ligeramente familiares, se veían tensos, pero llevaban estampada en las facciones la misma sonrisa tensa.
¿Yo, Jonás? ¿Qué estaba ocurriendo?
—Tome asiento, por favor. Estamos entre amigos —exclamó Draco, mi odiado Draco. —Supongo que recuerda a mis colegas, los doctores Mazza y Sandoval. Están muy interesados en su caso, Jonás. Caramba, ¿piensa escribir algo?
Miraron mi mano, interesados. Hice otro tanto, y descubrí que el cuchillo había mutado en un inofensivo bolígrafo. ¡Estaban llenos de trucos!
Draco me tomó de la mano y me condujo a una cuarta silla, tan vacía y blanca como mi cabeza. Su bata tenía un bordado a la altura del corazón: "Dr. A. Conti".
DRACO.
Sus colegas, sentados al borde de los asientos, no perdían detalle de cada uno de mis movimientos. —Cuéntenos, ¿cómo se ha sentido hoy? —dijo el tal Sandoval.
—Fantástico, doc —contesté, más que nada por seguirles el juego—; esta mañana su colega asesinó a mi Alina, y hace un rato mataron a Jonás, mi mejor amigo. Ya me dirán ustedes cómo me siento...
Se miraron durante un tenso instante, sopesando mis palabras. Draco se aclaró la garganta antes de susurrarles.
—A esto me refería, señores. Típico caso de personalidad escindida. El paciente afirma que mataron a su mejor amigo; es decir, a sí mismo. Esa Alina es una personalidad secundaria que logré integrar justo antes de que escapara de la clínica, en la fase final del tratamiento.
El solemne doctor Mazza me miró de soslayo. —¿Y la... cuestión extraterrestre?
—Alguien debe cumplir el rol de enemigo, otro giro típico. El señor Jonás es muy afecto a la literatura de ficción. Cree que los invasores del espacio son nuestros amos —Draco se señaló a sí mismo y sus colegas. El asco me ahogaba—, y que esta es la última fase. Significativamente, él está en la Resistencia. Literalmente, una resistencia al tratamiento. ¿Qué opinan?
Comenzaron un coloquio de hirientes susurros y cuchicheos, conmigo como tema principal. Miré mi mano: el bolígrafo seguía siendo el mismo. No había ningún extraterrestre, ni mis amigos eran reales. Todo era el montaje de una mente enferma.
Cada tanto, me llegaba el reflujo de alguna frase o palabra. "Hostiles" fue una de ellas. "Tratamiento de choque". "Quimiolobotomía" creí escuchar, pero ya no importaba, porque mientras hablaban se diluían sus poderes: el bolígrafo volvía a ser cuchillo. Y lo empleé muy bien. Por Alina. Por Jonás. Por todos los humanos libres del planeta que creen en la Resistencia.
El resplandor del incendio de la casa iluminó el camino de vuelta.


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Hogar, dulce hogar - Fernando Andrés Puga & Carmen Belzún



Cuando Ulises ingresó al salón, lo que hasta entonces era algarabía ensordecedora se tornó murmullo apenas perceptible. No hubo quien no corriera en busca de refugio, temiendo por su vida. Penélope se cubrió con lo primero que encontró y corrió presurosa a los robustos brazos de su hombre, intentando contener lo que parecía inevitable, pero para sorpresa de todos él, luego de un breve instante de desconcierto, lanzó una sonora carcajada, se arrancó la túnica y sin más trámite se sumó al juego. Cuando consideró que todos estaban distraídos, se escabulló hasta el patio. Sacó de entre unas matas una bolsa informe que antes había escondido con cuidado y vació su contenido en el estanque. Una mirada lánguida acompañada de un parpadeo fue todo el saludo que le dedicó la sirena antes de hundir su cola en las oscuras aguas.


Acerca de los autores: 

Respirar – Alejandro Bentivoglio & Ada Inés Lerner



Creía estar solo, o quizás no. Era difícil saberlo, porque la casa estaba llena de ruidos que impedían discernir incluso mis propios pasos en la crujiente madera o los tembladerales que producían las paredes al entrechocar entre sí. Todo parecía estar moviéndose a un mismo tiempo. No parecía ser un derrumbe, sino alguna clase de respiración de los objetos materiales. No tengo porque asombrarme, sabemos que los objetos materiales tienen vida propia, que respiran, se enamoran, se fatigan y envejecen cada uno a su tiempo y forma. Yo había puesto sobre la repisa dos conejitos, un Buda, un Clave de Sol, y una Diosa Chia que me regalaron en Estambul. Pronto el Clave de Sol estuvo más cerca de la Chia ó Diosa Luna (como la llaman) y engendraron estrellitas que adornaban la cabeza de la Chia. Buda dijo "No hay incendio como la pasión” Los conejitos se incendiaron…

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