sábado, 26 de marzo de 2016

De Tizianos y Bosones - Javier López & Héctor Ranea


Airto Ranick tenía unos orígenes inciertos. Él se consideraba italo-argentino. Pero de dónde procedía en realidad, escuché mil y una versiones. La más plausible es que una cápsula espacial lo dejó un buen día a las puertas de la maternidad de algún lugar que nunca ha sido revelado, para regocijo de sus padres.
De Frank J. Luppi no se sabía nada hasta que apareció por Facebook haciéndose pasar por escritor de minificciones. En realidad era un holgazán con título nobiliario y posesiones inmerecidas.
Dos personas con esas trayectorias tenían que conocerse.
Luppi había publicado en su muro una foto del cuadro de Tiziano "Amor Sacro y Profano". Ésto no sería más que una anécdota, si no fuera porque la naturaleza curiosa y el gusto por el arte renacentista de Ranick iban a llevar la historia mucho más lejos.
Los comentarios sobre la foto pronto tomaron un cariz comprometido para Luppi, y le pareció que Ranick descubría algo que a él se le antojaba inconveniente. Así que pasaron a las conversaciones privadas:
—¿En verdad de dónde sacaste esa foto, Frank?.
—Tengo una copia del Tiziano en mi palacio de Bari.
—Ah bien. Interesante lo de tu palacio. Pero desde que la vi pensé que era una foto del original, que está en la Galleria Borghese, en Roma.
—Nunca he estado en esa galería —aseguró Luppi.
Días después Luppi iba a recibir un correo de Ranick que lo dejó estupefacto.

Frank:
Que seas un gangster me trae al pairo. Pero no que seas un mentiroso. Tienes el original del Tiziano.
De inmediato, Luppi sintió una irresistible curiosidad por saber cómo, a través de una simple foto en Facebook, ese hombre había descubierto lo que ni técnicas cromatográficas, ni rayos X, habrían sido capaces de revelar. Así que no tardó en contestarle.

Airto:
No me queda otra que reconocerlo. Confío en que será un secreto bien guardado. Pero dime cómo demonios lo has descubierto, o me estallará la cabeza.

Un par de días más tarde llegó un nuevo mensaje de Ranick:

Querido Frank:
La ciencia y el progreso se nutren de las casualidades. Pero si no hay ojo entrenado capaz de captarlas, no hay ciencia.
Yo era discípulo de Tiziano, y aquella tarde de primavera de 1514 (ahora comprenderás por qué hay tanta leyenda sobre mí, ¡¡juas!!), el maestro merendaba a la par que daba los últimos retoques a su "Amor Sacro y Profano". Una tostada con miel en la siniestra; el pincel en la diestra. Un descuido, y unas gotas de miel cayeron sobre el lienzo. Instintivamente, en lugar de limpiarlas, aplicó unas elegantes pinceladas, mezclando miel y óleo en perfecta síntesis de textura y color.
Cuando publicaste tu foto, me fui a buscar un mate para contemplarla detenidamente. Yo uso un protector de pantalla con fondo blanco y una docena de moscas revoloteando. Tan realista, que a veces he visto a mi mujer atizándole al monitor con una raqueta, pero éste no es el caso ahora. Cuando regresé vi que las moscas habían escapado del salvapantallas y estaban en el Facebook zumbando alrededor del cuadro, las muy golosas.
Y ahora te propongo algo. Me has hablado mucho de tu interés por visitar el acelerador de Ginebra y contemplar la aparición del bosón de Higgs. Queda poco tiempo, probablemente será en octubre. Tengo amigos en el CERN y podría conseguirte una credencial... pero a cambio, los días que estés en Ginebra, me quedaría en Bari junto al lienzo.

Luppi no podía creerlo. Siempre había sentido curiosidad por aquel hombre mezcla de científico y poeta. Y ahora resultaba que era un Inmortal erudito. Eso unido a que la Interpol le pisaba los talones por sus negocios con obras de arte, le hizo aceptar inmediatamente. Cuando el acelerador de Ginebra revelara la partícula de Dios, aprovecharía para escabullirse a través del túnel de gusano que habían previsto que se formara durante unos nanosegundos.
Luppi pasó los meses de verano con miedo a que la policía se adelantara a sus movimientos. Ranick se tomó unas vacaciones y desapareció. Pero, a mediados de septiembre, le escribió de nuevo.

Frank:
He regresado. Vuelo el 8 de octubre a Casablanca. Espero encontrarte en el aeropuerto de madrugada.

Los días de espera se hicieron tensos para los dos. Ranick soñaba con sumergirse de nuevo en el mundo renacentista y Luppi con dejar a la Interpol a un año luz.
Se encontraron al fin, en la fecha acordada. Llegaban con el tiempo justo de tomar cada uno su vuelo. Así que intercambiaron palabras, llaves y credenciales. Quizá nunca volverían a verse, porque Luppi tenía bien trazado el plan de huida, pero no tenía ni idea de adónde iría a parar. De todas maneras, pensaba que un título nobiliario sería algo ventajoso en cualquier rincón de la galaxia.
Cuando se despidieron, Airto tomó la mano de Frank, estrechándola y sacudiéndola mientras esbozaba una sonrisa mezcla afecto y complicidad:
—Este puede ser el principio de una gran minificción.
Y ambos desaparecieron entre la niebla de la pista del aeropuerto.

Acerca de los autores: 
Héctor Ranea

La búsqueda del oro - Raquel Sequeiro & Ada Inés Lerner


Lawford y Boudrogs vendieron el buffete de abogados y se largaron a Ocklahoma, a la República del Aire, donde los elins y los gulls se lo pasaban en grande con sus juicios de mentira y sus eyecciones públicas, dando a luz a un bebé mezclado, por la raza y con los mocos de Gliss, la comadrona macho que atendía todos los partos, con su traje subacuático y sublunar, modelo 322.
En Ocklahoma, los dos expertos se encontraron que los juicios estaban copados por los elins y los gulls y tampoco podían hacerle la competencia a Gliss de modo que fracasaron con los litigios entre aventureros. Lawford y Boudrogs optaron por construir un lupanar y un templo. En el primero ofrecían ajenjo, cerveza y whisky con bellas y despreocupadas señoritas. Y al lado, por interesantes óbolos, les perdonaban a todos sus pecados, sin hacer distinción de raza, origen o religión.

Acerca de las autoras:

Mi silencio – Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldívar


Nadie me escucha cuando hablo. Puedo hacerlo a gritos, aunque igual los demás seguirán con sus conversaciones sin darme siquiera una mirada de asentimiento. No es que tenga algo particularmente importante que decir. En general soy una persona que sólo piensa cosas sin demasiado sentido, pero igual creo que alguien podría interesarse en lo que pasa por mi cabeza. Sin embargo, esto no sucede nunca. Estoy condenado, quizás, al silencio de por vida. No obstante, se me ocurrió que podía escribir mis pensamientos, mis ideas, que podría publicarlos; por eso me aboqué a una tarea de redacción que llevó tiempo. Al fin he terminado y le doy mi trabajo a un editor. Pero él es llevado a un hospital, quedará ciego; en cuanto leyó mi manuscrito sus ojos ardieron. Sí, estoy maldito, relegado a una perpetua insonoridad. Mis locuras son horrísonas, tanto que no puedo compartirlas con el mundo.

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viernes, 18 de marzo de 2016

Documento sobre el milagro — Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Pero señora mía, ¿cuántas veces voy a tener que contestarle que no fue un milagro?
—Comprenda que el conde en persona dijo que lo fue.
—En última instancia que lo crea quien quiera hacerlo. Pero de ninguna manera es algo que no pueda inexplicarse.
—Sin embargo, piense, profesor. Las nubes oscuras al fondo, ese fenómeno justo arriba de la estatua del comandante Casimiro, toda blanca. La gente adorando esa instancia de la Naturaleza, nuestra madre. ¿No cree usted?…
—No y no, por supuesto que no. Ya lo he dicho cien y más veces. No.
—Pero…
—¡No! —insistí, completamente ofuscado—. La estatua de Casimiro jamás podría producir un milagro a menos que esa cabeza se transforme en bosta. —Pronto comprendí mi error.
—Me temo que no tardará en ser arrestado, profesor. Mire detrás de usted. Lo que sería un milagro es que lograra escapar de esta.

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Lo malo de compartir un secreto – Carlos Enrique Saldivar & Lucila Adela Guzmán


No soy persona que cuente sus intimidades, pero a las muchachas de mi edad (que no llegamos a los veinte) se nos hace imposible guardarnos para nosotras hechos prodigiosos como el que me sucedió hace unos días. Por eso fui a la casa de Amalia, mi mejor amiga, para contarle lo ocurrido. Por suerte su mamá no estaba y pudimos platicar a solas. Amalia se sorprendió demasiado, y me juró guardar el secreto. El problema es que mi amiga ha dejado de hablarme y cuando nos topamos me mira con miedo y se va corriendo, como si quisiera escapar del mismísimo demonio.
Mi fiel Amalia... ella guardará por siempre mi secreto, un secreto que ahora es nuestro. Por suerte, ella no solo dejó de hablarme a mí, también dejó de hablarle al mundo. Mi secreto ha ocupado todo su ser y ya no puede más que pensar en él.

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El virus - Ana Caliyuri & José Luis Velarde


Mandris, que gozaba de la voluntad de los dioses, partió presurosa desde Ammar hacia Epsilon; debía bañar sus pensamientos en aguas más claras. La confusión, virus que se había propagado con celeridad por la ciudad, no se había apiadado tampoco de ella, razón por la cual, el virus le había afectado una de las capacidades cognitivas. La cajita de la memoria y su capacidad de almacenamiento habían colapsado y ya no distinguía los propios recuerdos de los ajenos.
Ligera, como siempre, subió al pegaso más próximo y pidió ser conducida al destino elegido.
La criatura la miró sin entender palabra y echó a volar hacia el Olimpo.
Zeus la vio aproximarse y confundido por el virus creyó mirar un furioso titán montado sobre un demonio fugitivo del Tártaro abominable.
Mandris vio la luz del rayo aproximándose y compartió el júbilo por la muerte segura del enemigo arribado del inframundo.

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jueves, 10 de marzo de 2016

El héroe de la conquista – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¿Por qué lo hizo? —increpó el uhuctor Ñe’ñeke presionando la frente del prospector Plagger con su sarmentoso dedo verde.
—Me pareció que fallaba el cronopistificador, o tal vez fuera el rotor del mengalope modelo Goldenberg, no sé. Y también que se estaba desmerengando el Winhog Translator.
—¡Miente! —exclamó el uhuctor—. Su intención era desbugar el fiholoco...
—De acuerdo —replicó Plagger retrepándose en la silla con ínfulas de héroe—. Perdido por perdido se lo digo: ¡no cejaremos en el empeño ni ojearemos en el desempeño! ¡Marte será nuestro o no será! Estamos condenados a la conquista —agregó—, como hubiera dicho el Cabezón.
—¿Cabezón? —La cabeza del marciano medía tres metros de circunferencia—. ¿Además de todo se burla?
—Le aseguro que no. En todo caso sería, más que una burla, una broma macabra, auntoinfligida. Pero usted no lo entendería aunque se lo explicase millones de veces.

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Escarabajo de incógnito – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


Gregor Samsa era un escarabajo que trabajaba de cucaracha en una fábrica de insecticidas especiales. El químico general de contiendas blaterísticas, un tal Franz Kafka, si nos atenemos a su declaración testimonial y no lo consideramos un apodo, usaba a Samsa y su team de falsas cucarachas suicidas para probar todo tipo de productos químicos que aniquilasen a los temibles insectos (los auténticos), con resultados la mayoría de las veces fallidos. Y aquí debo aclarar que tenían éxito en menos del diez por ciento de los casos, de modo que se descartaban las moléculas y se las reemplazaban por otras, o por isómeros de nombres crepusculares y malditos.
El día más feliz de la vida de Kafka pareció llegar cuando logró la aniquilación completa de Samsa y sus valientes, quienes fenecieron a manos de una hípermolécula encerrada en nanoestructuras de carbono berilio, pero cuando fue puesto a la venta, el insecticida comenzó mal su temporada de cucarachicida, ya que mataba a todo bicho que andaba por el suelo, bebés incluidos, y dejaba a los blátidos indemnes.
La autopsia realizada sobre el cadáver de Samsa reveló lo que usted lector (y nosotros, los autores) sabemos (y ya hemos dicho al principio, ¿hay necesidad de ser reiterativos?): que Gregor era un escarabajo, a raíz de lo cual Kafka debió huir a Praga, Bohemia, se dedicó a escribir y estudió entomología internacional comparada. De estas tres cosas floreció, si debemos aceptar la opinión de los psicoanalistas que lo trataron, su pulsión contra los seres de más de cuatro patas.
Por si esto fuera poco, Samsa, resurrecto, lo acosaba vestido de fantasma, día y noche. La vez que se le apareció como un elemento de electrónica integrada de memoria en un cráneo de cuervo boreal, Kafka tuvo la visión de que se transformaba en cucaracha y de ahí surgió una de las narraciones más extrañas de que se tuvieran noticias.
Se dice que el escritor, exquímico general de contiendas blaterísticas, terminó sus días abrazado a Samsa en algún lugar de la muralla china hasta la que viajó para eludir un operativo conjunto de la Mosadla KGBla CIA, INTERPOL, el FBI y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, quienes lo andaban buscando por evasión de impuestos a las ganancias derivadas de las regalías percibido por el cuento sobre la máquina de torturas que la Cúpula de Magnates Poderosos reclamaba como de su exclusiva invención.
Dicen que el genial escritor está enterrado en una tumba convencional de operarios de la muralla china del siglo XII de la era cristiana, pero es improbable, porque, como todos saben, Kafka era judío.

Acerca de los autores: 

Escenas tomadas en el frío - Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


El frío estepario es brutal en los escaques. Los caballos de ajedrez, blancos y negros, se confunden en el reflejo del sol sobre la escarcha de sus crines congeladas. La sola palabra de los alfiles, afilada y digna pero oblicua, los corta al sesgo. Las torres, rígidas y pacientes en medio del campo, son las únicas que conservan la compostura. Los peones, fieles a su condición, esperan el bondi en las esquinas, azotados por ráfagas inclementes; quieren llegar a sus laburos y no encontrarse con la ceremonia del sacrificio que los mande a la indigencia por una estrategia mal parida. La reina y el rey, bien guardados, se hacen mimos en la cama, arropados por mil y una cobijas, demorando el momento del enroque, el lance fatal que los alejará irremediablemente durante toda la partida. Nada es perfecto...

Acerca de los autores: 

domingo, 6 de marzo de 2016

El día del final - Sergio Gaut vel Hartman & Daniel Alcoba


Esa mañana todo fue distinto, misterioso, perturbador. El silencio absoluto, sumado a la ausencia de movimiento, produjo en mí una sensación peculiar, como una continua caída hacia el fondo de un abismo. Mi atención se iba agudizando a medida que pasaba el tiempo, y cada vez era más preocupante el sólido, denso zumbido de la nada colándose por todas partes. En algún momento pensé en la posibilidad de haber muerto, pero descarté la idea de inmediato; mis sentidos estaban funcionando, solo que no tenían nada que registrar.
Si mis sentidos no registraban ¿podía estar seguro de su funcionamiento?. ¡Compruebo mi existencia por mi voz!, grité. Pero nada hay más sordo, sin eco, que el vacío.
Me rendí a la evidencia: era inmortal; una grande, solitaria memoria del universo memorable (UM), no sensible, que descubrió DieStunden. Carente de sentidos, inmune a ofensa o daño. Y sólo accesible a la intuición.

Acerca de los autores:
Sergio Gaut vel Hartman
Daniel Alcoba

Un caso apocalíptico – Carlos Enrique Saldívar & Maritza Alvarez


—Soy un dinosaurio —afirmó el paciente.
—De acuerdo —dijo el psiquiatra—. ¿Y a qué le teme?
—Al cometa.
El médico vaciló. Luego, reticente, dijo:
—Hábleme del cometa.
El sujeto abrió su camisa. Algo refulgía en sus entrañas.
El psiquiatra chilló cuando el paciente se transformó en reptil y estalló.
—¿Le sucede algo? —preguntó el enfermo.
—No, ¿por qué la pregunta?
—Acaba de desvanecerse, como si se quedase dormido y de modo repentino gritó como si hubiera visto a Satanás.
—Yo… este… de acuerdo, se lo diré. Muchas veces tengo visiones. Surgen de improviso cuando pacientes graves ingresan en mi consultorio.
—Vaya, entonces soy un paciente grave.
—Me temo que sí, aunque debo decodificar la visión. Sin duda se trata de un caso difícil.
—¿Usted cree lo que ha visto? Muchos me han contemplado ya en plena transformación y han perdido la razón, no pueden entender que venimos de otro mundo y yo reencarné en un hombre, pero fui dinosaurio; en esa época era feliz, pero ser hombre ahora me ha generado esta angustia, estos miedos, por eso quiero que me ayude a volver al pasado. No deseo ahondar en el asunto del cometa, aunque sé que usted fue piloto del mismo, en su otra vida, por eso he venido a pedirle que, a través de la hipnosis, me devuelva a mi mundo natural… o lo asesinaré en este instante.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldívar
Maritza Álvarez

Recuerdos en otoño - Köller & Laura Olivera



Ariel permaneció inmóvil mientras la lluvia le mojaba los brazos desnudos, como si las gotas heladas de aquella tormenta de mayo no alcanzaran a tocarle el cuerpo. El otoño llegaba tardío y de repente; tan tarde que Ariel se había ilusionado pensando que aquel año por fin sería distinto.
—No, claro que no —suspiró mientras sacudía la cabeza de lado a lado; mayo había llegado y con él, aquellos recuerdos llenos de tormentas y frustraciones. Alzó la mirada dejando que la lluvia le enfriara el rostro y se confundiera con sus lágrimas.
Intentó pestañear para sacarse la pena del alma; algo había cambiado para que esos días difíciles se demoraran en llegar; tenía que averiguarlo.
Se sentó sobre un charquito en el rincón y recogió las rodillas. Tiritaba de frío pero no le importó. Una vez más se paseó por los recuerdos: la confesión, los gritos, ese vaso de agua en la cara que había sido el final de una cosa, o acaso el principio de otra, pero cuál. Luego el otoño, tan largo y tan crujiente, las tardes grises, horriblemente silenciosas, siempre el pecho agarrotado y la esperanza en el fondo, lejos y borrosa: quizá un día el otoño fuera diferente. Una gota perfecta le cayó en la mano. Entonces, la vio: era ella, sin duda. Ella, que desde ese otro mundo dentro de la gota, sonreía y decía adiós. Por fin el otoño lo había redimido.

Acerca de los autores:
Köller

miércoles, 2 de marzo de 2016

Better to explode than fade out - Sergio Gaut vel Hartman & Alejandro Bentivoglio


Decidió que lo sagrado no podía encarnarse y que entonces había que pensarse otra religión. Algo más etéreo que nunca pudiese solidificarse. Se entregó por completo al arte del aire puro, de los estados abstractos y de los gestos.
Corrió por todos lados, acelerando y desacelerando, trazando todos los caminos imposibles. 
El nirvana le llegó bajo la forma de una combustión espontánea. Sus cenizas quedaron esparcidas en la nada.
Hubo escépticos, pero el silencio posterior a cualquier risa, a cualquier ruido, era la consumación de su doctrina.

Acerca de los autores:
Alejandro Bentivoglio
Sergio Gaut vel Hartman

Cacería – Ana Caliyuri & Javier López


Caminé en redondo. No lo supe hasta que un simple detalle me lo reveló: el zorro dentro de la jaula. Iluminé sus ojos con la linterna, él se mostró desafiante. La linterna cayó de mis manos. La oscuridad fue el hábitat en donde nos batimos en duelo. Igualdad de condiciones fue siempre la premisa de mi existir. Abrí su jaula. Él es nocturno; yo soy diurna. Él es solitario, yo también. No sé si él tiene rabia, yo sí.
La batalla se inicia. Nos movemos sigilosos, orbitándonos. El zorro tautea; yo gimo. En nuestras miradas odio, ira. También desesperanza y miedo. El ataque final no llega. Solo hay amagos, como en una estudiada coreografía.
Me resulta todo vaporoso, irreal: la lucha, el rito… Entonces comienzo a despertar de la anestesia. Soy yo quien está dentro de la jaula, con un dardo aún clavado en mi brazo. Alguien me observa.

Acerca de los autores:
Ana María Caliyuri
Javier López

Guerras catódicas – Patricio G. Bazán & Laura Olivera



Dicen que la Historia se repite dos veces (la primera vez como tragedia, la segunda como farsa), y también que hay gobiernos que terminan incubando el germen de su propia destrucción. Anoche, la ciudad fue testigo de hordas enfurecidas de ciudadanos portando antorchas y horquillas, totalmente descontrolados, luchando sanguinariamente contra las fuerzas policiales. El corazón del pueblo había sido herido sin misericordia, y la reacción justiciera no se hizo esperar. Un turista desprevenido me preguntó: —¿Por qué luchan, qué los ha hecho salir de sus casas? —Intenté explicarle que eran simples televidentes que no habían podido ver su programa favorito por culpa de un mensaje presidencial en cadena, pero no me creyó, o bien supuso que todos perdimos el juicio. Lo más curioso fue la pregunta; confieso que me tomó enteramente por sorpresa. 
—¿Qué programa es ese? 
—Es una novela fantasiosa —respondí, al tiempo que una piedra volaba junto a mi cabeza—. Sin duda no la conoce. Se llama… 
—No me diga nada —interrumpió el hombre—: Utopía. 
—¿Pero cómo puede usted conocerla si no es de aquí? —pregunté, perplejo y tosiendo por el humo de una antorcha. El hombre sonrió, luego dirigió una mirada solemne al espectáculo y me apoyó una mano en la espalda. 
—No tema —me dijo, sin mirarme—. Cuando la sangre cese, este pueblo conocerá la paz. 
Lo observé alejarse y recién entonces me di cuenta: había conversado con un habitante de Utopía.

Acerca de los autores:
Laura Olivera
Patricio G. Bazán