martes, 12 de julio de 2016

El ejército de las sombras – Sergio Gaut vel Hartman & Ana Caliyuri


Eltod y Koter avanzaron entre puntales dorados que alguien había puesto sobre una serie de toscos peldaños de roca para sostener una especie de techo vegetal curiosamente irregular, lo más alejado de lo geométrico que pueda imaginarse. No era la primera excentricidad que descubrían en ese mundo signado por las desproporciones y las asimetrías. Si existía en el universo un lugar tan proclive a las rarezas ese era Judestel, el cuarto planeta de KPT-4326. Cuando terminaron la escalada, se situaron sobre los hierbajos y contemplaron delante de sí la extraña y hermosa vegetación. Cerca había cosas sacudiéndose, similares a flores. Observaron hacia arriba: la noche de cuarenta y nueve horas y media recién iniciaba. Ambos decidieron recostarse y observar en el cielo a las exuberantes entidades luminosas que realizaban danzas de ensueño. Eltod se dijo que no podrían quedarse en ese fabuloso jardín por siempre, que en algún momento «ellos» aparecerían. Koter sabía que no serían rescatados, la comunicación se había cortado en el momento menos indicado y nadie sabía que se encontraban varados en aquel mundo. Pero no estaban nerviosos, ni siquiera preocupados, mucho menos sentían dolor por las abundantes laceraciones que marcaban sus cuerpos; algunas raíces salieron a la superficie y los acariciaron, las criaturas de la nocturnidad eran afables, cálidas, envolventes, quizá porque pertenecían a un reino distinto del animal. Los hombres disfrutarían hasta el último instante de aquel finito placer pues en cuanto amaneciera, la fauna del planeta, conformada por seres indescriptibles, despertaría e intentaría cazarlos como lo había hecho durante el día anterior, que tuvo noventa y nueve horas. Siguieron disfrutando del espectáculo, muy pronto se dormirían. ¿Quizá para siempre? Tal vez lo que experimentaban era una muerte lenta y dulcificante. Se rieron ante tamaña ocurrencia. No se daban cuenta de que estaban siendo devorados.

Acerca de los autores:
Carlos Enrique Saldivar
Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 10 de julio de 2016

La cima del Ku'minet - Sergio Gaut vel Hartman & Ada Inés Lerner


Cuando terminé de subir la cuesta me quedé abrazada a la roca que los nativos llaman Ju'lu, pero comprendí que ese instante maravilloso no podía ser eterno, que tenía que desplazarme, dejar que otros recibieran el don. 
—Si no somos capaces de centrar el pensamiento y las emociones en el lugar que corresponde —dijo Filander—, pronto percibiremos una extrema vulnerabilidad, una perturbación abrumadora, un mortal disgusto. —Me reí. Siempre tan filosófico, Filander. No obstante, el físico no era el único que pensaba así. Monis Gurjo, la exobióloga, me miró despectivamente y soltó todo el veneno de golpe. 
—Hay personas que no comprenden (o no pueden hacerlo por puro egoísmo) que si no se tiene cuidado de su particular sistematicidad, a estas criaturas les llegaría un conjunto de signos caóticos e inapreciables. 
—¿Es para que haga tanta alharaca, doctora Gurjo? —Ya me estaba fastidiando.
—Les preocupa poco la otredad —siguió ella, sin registrarme— el origen, el cómo y el por qué sus actitudes y enfermedades afectan al medio ambiente y a las criaturas indefensas en el universo. Estos exosistemas son y se sienten vulnerables, perturbados, ¿no lo entiende? Estas indefensas criaturas corren peligro mortal. 
—O sea que para usted, doctora Gurjo, yo soy una asesina, una egocéntrica, en fin, un ser despreciable. Y yo le digo que soy un ser humano, una criatura de Dios, a la que Ju'lu ha bendecido; me percaté al instante de mí supuesto “error”, por lo que usted me juzga sin derecho alguno.
—La filosofía —intervino oportunamente Filander— asegura que el hombre está determinado por leyes universales que lo condicionan mediante la ley de la preservación de la vida. —Y agregó—: Dejemos a Ju'lu y sus dones y descendamos de la cima del Ku'minet antes de que anochezca.
Lo que ninguno de nosotros sabía y solo averiguaríamos cuando ya fuera demasiado tarde, era que el supuesto don con el que Ju'lu nos había bendecido era una suerte de condimento, una forma de adobarnos para el festín que las indefensas criaturas en peligro mortal pensaban darse a nuestras expensas.

Acerca de los autores:
Ada Inés Lerner
Sergio Gaut vel Hartman

99 horas – Sergio Gaut vel Hartman & Raquel Sequeiro


Eltod y Koter avanzaron entre puntales dorados que alguien había puesto sobre una serie de toscos peldaños de roca para sostener una especie de techo vegetal curiosamente irregular, lo más alejado de lo geométrico que pueda imaginarse. No era la primera excentricidad que descubrían en ese mundo signado por las desproporciones y las asimetrías. Si existía en el universo un lugar proclive a las rarezas ese era Judestel, el cuarto planeta de KPT-4326. De órbita totalmente redonda, carente de agua, de viento o de lluvia, tenía los días contados por la explosión de la cercana T-1238, algo que ocurriría en las próximas horas. Eltod y Koter intentaron aplicar oro sobre toda el sector de la galaxia usando sus máquinas espaciales, y ahí estaban, subiendo peldaño a peldaño, intentando rescatar el código génico temporal de la galaxia para ese día. Faltan 99 horas, apuntó Koter en su cuaderno.

Acerca de los autores:

jueves, 7 de julio de 2016

Sangre en los trigales – Sergio Gaut vel Hartman & Carlos Enrique Saldivar


Lidia fue dando vuelta las páginas del libro y se detuvo en los dibujos torpemente trazados por una mano infantil, llenos de figuras coloreadas con tonos chillones. Eso le recordó su propia niñez, cuando vivía en Turkmenistán, en la ciudad de Türkmenabat, antes llamada Chardzhou. Fue por aquel entonces que el coronel Reshenkov solía mirarla con fijeza, perdido en los sombríos pensamientos que, pocos años más tarde, lo llevaron a perpetrar el más horrendo genocidio de los tiempos modernos. Lidia se sintió incómoda, había transcurrido tanto desde aquello, ¿por qué lo recordaba ahora?
Reshenkov asesinando a su familia, tirando los cuerpos sobre los campos de trigo y secuestrándola. Ese criminal nunca sería castigado.
La mujer guardó el texto de su nieto y se dirigió a su alcoba. Ahí dormía el que había sido su esposo durante cincuenta y dos años.
Con cierta desazón, Lidia Reshenkov se acomodó junto a él.

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